“Vamos Pablito Aimar, que la gloria volverá. Como Kempes y el ‘Piojo’, otro pibe inmortal”. Ese cántico de la afición valencianista evocaba a los tiempos de otros dos grandes cordobeses que dejaron huella en su paso por el Valencia. El ‘Matador’ fue ídolo en los 70 y los 80. Y Claudio López siguió el legado de su paisano a finales del siglo pasado, en una de las últimas grandes generaciones blanquinegras.

Llegó a Mestalla como un semidesconocido. A punto de cumplir 22 años y después de que los chés pagaran cerca de tres millones de euros a Racing de Avellaneda, el ‘Piojo’ se instalaba en una ciudad que no acababa de aceptar los fichajes que estaba haciendo la entidad. Después de ser subcampeón de liga en la temporada del doblete del Atlético, el Valencia veía cómo su ídolo Pedja Mijatovic se iba a traición al Real Madrid y piezas clave como Mazinho o Viola también se marchaban del club. A cambio, venían Claudio López, Goran Vlaovic, Valery Karpin y un Romário más pendiente de disfrutar de la noche valenciana que de hacerlo marcando goles. Y con Luis Aragonés en el banquillo, la relación con el brasileño tenía toda la pinta de ser más bien efímera. En noviembre, el ‘Sabio’ ya no era entrenador del Valencia y Romário ya había hecho las maletas para ir cedido al Flamengo.

Durante ese pequeño periodo al ‘Piojo’ las cosas tampoco le habían ido muy bien. Solo sumaba dos goles como valencianista y su adaptación era cuestionada. Con Jorge Valdano como técnico no fue a mejor. Uno, amante de lo sutil, del toque y del romanticismo; el otro, acelerado, algo torpe con el balón y sin el punto de calma que se le exigía. Parecían condenados a no entenderse. Y nunca lo hicieron. De hecho, Valdano estuvo a punto de enseñarle la puerta de salida en el siguiente verano por ocupar una plaza de extracomunitario, pero el destino les tenía preparado un giro en los acontecimientos al ‘Piojo’ y al Valencia.

 

Ningún futbolista causaba tantos sudores fríos entre la parroquia culé como él y Louis van Gaal reconocía que ese tipo con pintas de tímido y reservado le sacaba de quicio: “No tengo a nadie que pueda pararlo”

 

Como en el curso anterior con Luis Aragonés, en la 97-98 era Jorge Valdano el que salía del club al poco de iniciarse la temporada. Llegó Claudio Ranieri y se abrió un nuevo mundo para el delantero argentino. El técnico entendía el fútbol del mismo modo que lo hacía Claudio López. Un polo opuesto a la idea de juego preciosista de Valdano. Les gustaba eso de esperar atrás al rival, aguardar encerrados y bien colocados el momento exacto para salir escopeteados hacia arriba. Un fútbol a cara de perros, aguerrido y peleón. Y en las transiciones rápidas hacia el ataque era cuando todas las miradas se centraban en el ‘Piojo’. Lo suyo no era estar cerca del arco rival para ser un depredador, él necesitaba correr, correr y correr. Quería decenas de metros por delante para devorar al enemigo con su velocidad endiablada. Junto al rumano Adrian Ilie formaron una pareja demoledora al contragolpe. Para ellos, un despeje al cielo de Mauricio Pellegrino o de Jocelyn Angloma no era más que otra oportunidad para mudarlo en una ocasión clara de gol. Por detrás iban bien custodiados por Gaizka Mendieta, Javier Farinós y compañía en el caso de que el recurso del ‘patadón’ no surgiera, porque ese grupo tampoco iba falto de calidad en los pies. Así, ese Valencia se convirtió en un equipo mítico que viviría éxitos y lamentos en los próximos años.

Si hay algo que quedó grabado del paso del argentino por Valencia, son aquellos duelos contra el Barcelona de Louis van Gaal. Fueron enfrentamientos icónicos de nuestra liga a finales de los 90. Y el ‘Piojo’ López uno de los máximos responsables de que esas noches en el Camp Nou y en Mestalla fueran de todo menos aburridas. En la 98-99, su mejor año en el club, se convirtió definitivamente en el azote del barcelonismo. Ningún futbolista causaba tantos sudores fríos entre la parroquia culé como él y Louis van Gaal reconocía que ese tipo con pintas de tímido y reservado le sacaba de quicio: “No tengo a nadie que pueda pararlo”. Era verdad, se aprovechaba al máximo del estilo de posesión de aquel Barça. Sus galopadas enfilando directo hacia Ruud Hesp parecían las del más veloz de los caballos, dejando atrás a los defensas blaugranas retratados como desvalidos e indefensos potros.

En febrero del 99 se cruzaron tres veces, dos en Copa del Rey y una en liga, en apenas nueve días. Los días suficientes para que el ‘Piojo’ le metiera seis goles al Barça, dos por encuentro, y eliminarlos del torneo copero y enfilar directo hacia las semifinales contra un Real Madrid que cayó apisonado en Mestalla por 6-0. La victoria ante el Atlético de Madrid en la final de Copa del Rey, con doblete de Claudio y el golazo de Mendieta, fue el colofón a una temporada histórica en la que el Valencia se clasificaba por primera vez para jugar la Champions League.

Aquel último año del ‘Piojo’ en Mestalla, la temporada 99-00, acabó con un sabor agridulce. Claudio Ranieri ya no dirigía al equipo, pero Héctor Cúper supo prolongar y adaptarse a aquella manera de jugar al fútbol que había calado hondo en Valencia. En el mismo año del exitoso Súper Dépor, el Valencia quedaba tercero en liga y llegaba a la final de la Champions League pese a ser un novato en la máxima competición europea. Superó al Bayern en la primera fase de grupos, luchó contra el United en la segunda, se cargó a una potentísima Lazio en cuartos y volvió a ser la pesadilla del Barça en semifinales. El Valencia llegaba a la final con el cartel de favorito pese a cruzarse contra el Real Madrid. Su paso por la competición había sido fulminante y los merengues se metieron en la final con más dudas. Los pronósticos al final quedaron como lo que son, como meros vaticinios de lo que pueda pasar, y el Real Madrid se comió al Valencia en el último partido del ‘Piojo’ López con la camiseta del Valencia. Ponía rumbo a la Lazio en los tiempos dorados del calcio y cerraba su etapa como ídolo en Mestalla, donde siempre será recordado como un pibe inmortal.