Durante siglos, la capital del Imperio romano fue el ombligo del mundo, conectada por más de 400 vías que serpenteaban desde los confines de Europa hasta África. 70.000 kilómetros de piedra firme que garantizaban que, sin importar el lugar de partida, siempre había un sendero para regresar a casa.
En el barrio de Testaccio, allí donde el mármol se mezcla con el aroma del pan recién hecho y las cicatrices del pasado aún respiran entre esquinas desgastadas, creció un muchacho de mirada curiosa y corazón granate. Su padre tenía una carnicería y él, más allá del mostrador, empezó a entender que en la vida, como en el fútbol, todo requiere oficio, paciencia y respeto. Aquellas calles empedradas fueron su primer campo de entrenamiento. Aquella Roma, su primera casa.
La infancia de Claudio Ranieri transcurrió entre callejones y travesías, entre aromas de tomate hervido y radios que retransmitían goles con la voz rota de los locutores. La Roma era un sueño de infancia que se abrazaba con los ojos cerrados. En cada esquina del barrio se discutía de fútbol como si se discutiera de política o de Dios. En ese entorno, Ranieri aprendió que los colores no se eligen, se heredan. Que el amor no necesita explicaciones.
‘Todos los caminos llevan a Roma’. O, por lo menos, eso debe pensar el bueno de Claudio. Lo curioso es que él nunca pareció alejarse del todo. Incluso cuando entrenaba lejos, cuando firmaba milagros en otras tierras, Roma seguía hablándole en el oído con su voz antigua. El dialecto del barrio. El olor del Tíber al anochecer. El grito lejano de una ‘Curva’ que nunca lo olvidó.
El padre de Ranieri tenía una carnicería en Roma y él, más allá del mostrador, empezó a entender que en la vida, como en el fútbol, todo requiere oficio, paciencia y respeto. Aquellas calles empedradas fueron su primer campo de entrenamiento
Sus etapas en el banquillo de la Roma no fueron gestas épicas que se tradujeran en coronas de laurel. No lo necesitaban. Fueron retornos. Actos de fidelidad. Como si cada vez que el club se tambaleaba, alguien susurrara su nombre y él acudiera. No como salvador, sino como hijo. Un hijo que nunca olvidó quién era, ni de dónde venía.
En 2009, asumió el cargo tras un mal arranque de temporada y llevó al equipo hasta el subcampeonato de la Serie A, disputando el título hasta la última jornada. En 2011, tras una dolorosa remontada del Genoa en un partido que parecía ganado, decidió marcharse. Ocho años después, en 2019, regresó por segunda vez para conducir al equipo en las últimas doce jornadas, manteniéndolo firme en la lucha europea.
Y en 2024, Ranieri volvió a sentir el temblor en el pecho. Estaba retirado, sí. El cuerpo ya no pedía campo, ni focos, ni rueda de prensa. Pero el alma… Ah, el alma. Cuando le volvieron a hablar de su Roma, algo se removió en su interior. No era ambición, ni nostalgia, ni deber. Era amor. Un amor primitivo, visceral. Como quien, al caminar por una calle lejana, huele el guiso de su abuela y comprende que debe volver.
Y volvió. Claudio Ranieri salió del retiro para socorrer a su querida Roma de una temporada que parecía haberse desviado por los cerros de Úbeda. Recogió el testigo del conjunto romano con la misión de darle un lavado de cara. Lo consiguió. Con un promedio de dos puntos por partido, una media de 1.7 goles anotados y apenas 0.3 encajados por encuentro, sumó 53 puntos de 72 posibles y acabó metiendo al equipo en Europa. No era la gloria, pero sí la dignidad recuperada.
El Olímpico se rindió ante él. Entre aplausos y lágrimas, dio la vuelta al estadio como quien se despide de casa sin marcharse del todo. No se trataba de ganar títulos. Se trataba de estar. De no dejar a la Roma sola en la noche
El Olímpico se rindió ante él. Entre aplausos y lágrimas, dio la vuelta al estadio como quien se despide de casa sin marcharse del todo. Porque no se trataba de títulos. Se trataba de estar. De dar la cara. De no dejar a la Roma sola en la noche. Porque a veces, lo más grande que puede hacer uno por su club es acompañarlo en silencio, sin prometer milagros, solo compañía. Y Ranieri, que aprendió el valor de la dignidad en el mostrador de una carnicería, lo entendió mejor que nadie.
Hoy, mientras la Roma continúa su camino incierto, él camina por Trastevere o por su Testaccio natal con la misma mirada humilde del niño que fue. Porque Roma no es un sitio del que se va. Roma es un sitio al que siempre se regresa.
Quizá todos los caminos llevan a Roma. Pero algunos, como el de Claudio Ranieri, nunca se atrevieron a salir del todo. Permanecieron allí, ocultos bajo el empedrado, esperando el momento justo para volver a latir.
Porque hay hombres que son de su ciudad como las columnas del Foro, como el aroma del café recién molido, como el susurro del viento entre los cipreses. Hombres que, en lugar de dejar huella, se confunden con el paisaje. Y Ranieri, en Roma, es uno de ellos.
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Fotografía de Getty Images.


