El día que cumplí tres años, mi padre le metió tres chicharros al Málaga en Sarrià. Yo nunca los vi, pero al día siguiente la foto del Dicen… era definitiva, la prueba del goleador: ni balón firmado ni hat-trick ni pollas, ahí estaba yo, un querubín rubiales en pantalón corto levantando tres dedos con mi padre detrás sonriendo en cuclillas, cuello vuelto y pantalones campana.

Mi abuela Elisa compró dos periódicos: uno para colocar el recorte en un marco de plata y otro para conservar un ejemplar intacto de aquel diario deportivo barcelonés que desapareció con sus puntos suspensivos en 1985. Todavía lo conserva en el mismo cajón que el Interviú de Marisol en pelotas, el ¡Hola! de la boda de Carolina de Mónaco con Philippe Junot, los recordatorios de la comunión de mi hermana y las escrituras de la casa.

Este año [2014], mi hijo Nicolás, el primer nieto del futbolista Rafa Marañón, internacional, jugador del Real Madrid y máximo goleador de la historia del Real Club Deportivo Espanyol de Barcelona, cumple tres años. Es zurdo como su abuelo, se ha saltado la generación perdida: la del diestro que despuntó en los juveniles blanquiazules, llegó hasta el Espanyol B y jugó hasta los 36 años por pura pasión y algo de pasta para los gastos por esos campos de la Tercera de Dios. El día que mi hijo cumpla tres años intentaré escribir tres críticas largas en la revista Cinemanía. Si no la cago aquí, igual hasta me vuelven a dejar teclear algo para Panenka, pero con eso no basta para que nos saquen retratados en ningún diario deportivo. Y no veas cómo me jode. Porque yo también sigo creyendo que soy futbolista.

No tengo pensado retirarme nunca del fútbol, pero el día que colgué las botas (unas Copa Mundial con seis tacos de aluminio, seis, y restos del último barrizal que quedaba en la España de la hierba artificial; ahora con las multitaco vale para jugar las pachangas a cara de perro con Petón, con Francino y con los colegas del AS y de la SER) me di cuenta de que había estado toda mi vida intentando devolverle a mi padre lo que él me había dado. Todo el amor al fútbol que había sido capaz de transmitirme. Sin éxito, por supuesto. Y lo peor es que creo que seguiré intentándolo mientras vivamos.

Me caí del guindo el otro día, en una reunión familiar de Semana Santa, entre piruetas con un balón de plástico de Bob Esponja, tratando de triangular con los dos zurdos a los que más quiero, pasándole la bola a mi hijo para que a su vez él se la pasara a mi padre y, de paso, volviendo a juzgarme a mí mismo a través de la pelota. Pensando que si mi hijo no atinaba su instintivo puntapié en la jeta chillona de Bob Esponja hacia su abuelo goleador, también sería culpa mía, como cuando me dieron la baja en el Espanyol. Suspense.

De aquel triplete cumpleañero sólo recuerdo la foto. Tampoco vi ninguno de sus más de 70 partidos con el Real Madrid, incluyendo los de las jornadas anterior y posterior a mi nacimiento: ¿Qué es eso de perderse un partido por el nacimiento de un hijo?, pensaban a mediados de los 70 en la España de las santiaguinas y los chándales de Molowny.

Mis primeros recuerdos vitales comienzan hacia los cuatro años. La muerte de John Wayne en el telediario, el estreno de Grease en el cine y el drama del Mundial de Argentina se mezclan en mi cabeza. Me impactó un Austria-España televisado en el salón de casa, en cónclave familiar a lo Cuéntame, esperando que Kubala moviese el banquillo para sacar al dorsal número 15, Marañón, y para remontar el 2-1 en contra. Ni una cosa ni la otra. Sin saberlo del todo, aquella fue mi primera decepción futbolera. No me hizo falta esperar a Cardeñosa ni escuchar las historias de terror de La Martona.

Sería fácil contar el resto de mi vida como un Paul Ashworth cualquiera. Aunque lo narre con mucha menos gracia que Nick Hornby y aquel Espanyol de Meler no ganase la Liga como el Boring, Boring Arsenal, el protagonista de Fiebre en las gradas no mamó el fútbol como yo. Ser hijo de futbolista puede molar, pero ser hijo del capitán del equipo pequeño de Barcelona curte: en mi clase, 39 eran del Barça, incluidas las niñas, y luego estaba yo.

Al estadio de Sarrià iba con mi madre, Molinos era mi segundo padre (por delante del de La casa de la pradera), Theo Custers me regaló una tableta de Côte d’Or cuando aquel chocolate belga aún no se importaba y en aquellos entrenos de los sábados me quedaba mudo ante John Lauridsen y Tommy N’Kono. El gol 100 de Marañón con el Espanyol, al Betis, lo celebré desde la Tribuna Lateral, la nueva para el Mundial ’82, un torneo que disfrutamos en unas vacaciones con las familias de Dani (Athletic) y Solsona (entonces en el Valencia). Supera eso, Nick Hornby.

Luego llegó su polémica e injusta salida del Espanyol (mal, señor Baró, mal), y el paso por la Creu Alta, donde yo coincidía con los hijos de Periko Alonso, Mikel y Xabi. En paralelo con las temporadas en el querido CE Sabadell (de Segunda B a Primera en tres años), empezaban los primeros partidos serios del hijo de Marañón en el cole.

Mi padre, refractario a la figura del ‘papá de futbolista’, se escondía cuando iba a verme. Nunca me presionó para jugar ni me buscó posición en el campo. Jamás habló con mis entrenadores ni me arregló un club. Creía que lo mejor para mí era jugar en equipos medios hasta los 15 ó 16 años. Si había calidad, ya tendría tiempo de llegar arriba. Y así fue. Fiché por el RCD Espanyol con 18 años, previo paso por la entrañable UE Sants, donde llegué a debutar con el primer equipo. La calidad estaba. El carácter llegó demasiado tarde. Mientras mi padre tonteaba con su carrera de entrenador, mi despido del Espanyol también fue difícil: la desilusión, los pasos por Barça C y Sant Andreu sin ficha, la carrera de Derecho, el acomodo en el Martinenc, y la salida final, nada casual, al Erri-Berri de Olite mientras estudiaba Periodismo en Pamplona. En el mismo equipo en el que mi padre empezó a dar patadas al balón de niño, yo acabé jugando 14 temporadas. Ni mis goles en el sub-19 ‘perico’ pudieron tanto. Por fin le pillé. Mi último equipo fue su primer pecado de papá de futbolista: se le veía orgulloso de que hiciese 800 kilómetros desde Madrid todos los fines de semana. Supera eso, Sigmund Freud.

Hemos jugado mucho juntos, en el CD Universitari, donde yo jugaba ‘de estranjis’, sin que lo supiese mi club, y en los Veteranos del Espanyol; le he aguantado como entrenador, le he disfrutado como centrador y finalizador, nos hemos chillado y cagado en nuestras madres (lo que pasa en el campo, se queda en…) y nos hemos abrazado al marcar un gol mil veces (él mete muchos, yo bastantes), en un gesto que va mucho más allá de una relación entre padre e hijo.

Y en eso seguimos, con una deuda enorme sin saldar, a pesar de mis esfuerzos. No pierdo la esperanza: si sigo marcando goles para él y para mí, llegará un día, también a base de artículos y libros sobre fútbol y lo que no es fútbol, en el que acabaré compensándole por todos los partidos que jugó, por los golazos que marcó, por todo el amor irracional que me ha transmitido por los equipos en los que estuvo (sí, Erri-Berri, Oberena, Ontinyent, Sporting de Gijón, Real Madrid, Espanyol y Sabadell; y hasta la selección de Euskadi, junto a ‘La Roja’), y por los miles de chascarrillos, anécdotas, secretos, trucos, vivencias y conversaciones balompédicas, esas que aún hoy seguimos manteniendo en nuestra llamada de los lunes, monopolizada por nuestros partidos, por nuestros equipos, por el balompié.

La zurda del pequeño Nicolás pateó a Bob Esponja en toda la boca y la pelota de plástico cubrió la trayectoria soñada. Rafa Marañón la recogió y me la volvió a pasar con su izquierda, cerrando el círculo. “El peque tiene maneras”, dijo el eterno ’11’ blanquiazul. Con un solo pase al pie de mi hijo, de zurdo a zurdo, siento que he empezado a devolverle a mi padre, a su abuelo, todo su legado futbolero, que es mi vida. Eso sí, ahora a ver cómo le cuento yo al zagal que su papá no va a poder meter tres goles el día que cumpla tres años. Supera eso, Carlos Marañón.