F. Scott Fitzgerald solo tenía 16 años cuando soñó por primera vez con escribir la gran novela americana. Acababa de matricularse en Princeton. Solo habían pasado tres cursos desde la publicación en un periódico escolar de su primer texto, una historia de detectives. En la universidad empezaría a colaborar pronto con revistas y grupos de teatro. Le sobraban talento, ambición e incluso admiradores, porque tanto sus compañeros como sus profesores ya reconocían por aquel entonces algo especial en su fraseo. El gran Gatsby, que vio la luz una década después, en 1925, alcanzaría ese estatus totémico con el que tanto había fantaseado su autor. El único inconveniente es que ese reconocimiento llegó tarde, muy tarde. Tanto, que cuando eso ocurrió aquel joven prodigio que escribía persiguiendo un anhelo ya había tenido tiempo de crecer, conocer el amor, fracasar y morirse.

No puede ser malo en esta vida tener sueños, como los que poseía Fitzgerald, pero siempre y cuando contemples la posibilidad de que el destino los capture con una mano, haga una bola con ellos y los arroje al contenedor más cercano. Desear alguna cosa con todas tus fuerzas quizá te acerque a ella, pero no es garantía de nada más. Carles Pérez, por ejemplo. El extremo de Granollers pasó toda su adolescencia con la ilusión de hacerse algún día con un puesto en el primer equipo del Barcelona. Probablemente ese afán lo ayudó a escalar por las categorías inferiores del club, a llamar la atención de Ernesto Valverde y hasta a debutar y a marcar en la Liga y en la Copa de Europa. Pero cuando ya divisaba aquello que tanto había ansiado, cuando ya casi podía colocárselo en la falda y acariciarlo, ¡plaf!, alguien aprobó un cambio de guion inesperado, y Pérez salió despedido hacia Roma dejando tras él una humareda de frustración e impotencia.

Tolstói decía que las personas somos responsables de inventarnos nuestros propios sueños. “Nos levantamos en la mañana y construimos los sueños que después nos contamos a nosotros mismos”. En la teoría del maestro ruso hay un motivo para inquietarse, el de creer que nuestras visiones nocturnas tienen menos que ver con la fantasía que con la realidad, y un aviso para navegantes: soñar es peligroso, porque no es muy diferente a autoengañarse. Cuando João Félix aterrizó en Madrid, y afrontó la primera pretemporada con su nuevo equipo, parecía decidido a reafirmar lo que los famosos 126 millones decían por él, que el Atlético había fichado a la estrella del futuro. Después de todo, si ya eres bueno ahora, no cuesta nada creerse que dentro de poco lo serás aún más, y aprovechar un puñado de encuentros veraniegos para brillar y avivar ese optimismo. Ocurre que después de julio vino agosto, y después septiembre, y después octubre, y a aquel fenómeno que con el tiempo tenía que agrandarse le pasó lo contrario, empezó a contraerse, como un papel quemado, lo que hizo saltar las alarmas entre los aficionados rojiblancos.

Hay más casos, como el de Luka Jovic en el Bernabéu, o incluso el de Ousmane Dembélé con el Barça. Futbolistas que dieron el salto a sus grandes clubes dispuestos a dar pasos hacia delante pero que, curiosamente, desde que se convencieron solo han logrado lo contrario, darlos hacia atrás. A fin de cuentas, son muy pocos los que pasan a la historia después de proponérselo. La vida suele tener para ti los planes que tú no tenías reservados para ella. Y no hay ninguna ley, por más que debiera haberla, que prohíba que estos te acaben decepcionando. “Ya solo sueño”, escribe Kafka en sus diarios, “lo que resulta más fastidioso que estar en vela”.

 


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