Puso una de las primeras piedras a la lápida de José Mourinho marcándole tres goles al Chelsea. Uno, dos, tres. Tres zurriagazos directos al lumbago del portugués. El primero, engarzando un centro con la cabeza. El segundo, proyectando un latigazo cruzado desde la frontal. Y el tercero, a su manera predilecta, recibiendo uno de esos pases que encierran al delantero en el área como si fuera una habitación oscura, y resolviendo sin ángulo con un rayo de luz que se coló entre las piernas de Begovic. Apenas se había destaponado el mes de septiembre, quinta jornada de competición en el Reino Unido, y Steven Naismith, el escocés infatigable, ya volvía a responder a las muestras de amor del Goodison Park rebanando el aire con el puño y desgañitándose para celebrar cada uno de sus tantos a los ‘blues’.

Tres meses después de ese partido, el suelo ya estaba demasiado resbaladizo para Mourinho, que tropezó definitivamente y se precipitó desde lo alto del pedestal que le tenían puesto en Stamford Bridge. Golpe al mito, destitución y vuelta a empezar. Tampoco a Naismith le ha beneficiado el paso del tiempo. A los tres goles les siguió el desierto, tal vez porque todo aquello había salido demasiado perfecto. Cuando sumas 29 años, ya tienes la suela de la bota lo suficientemente gastada para saber que uno no se hace estrella de un día para otro. Condenado primero a los segundos tiempos, en octubre participó por última vez en un partido, y desde entonces su papel en el Everton ha consistido en hacer de apuntador desde el banquillo, esperando una oportunidad que ya no llega ni camuflada entre los minutos de la basura. Roberto Martínez, el mismo que descartó este verano la marcha del jugador al Norwich City, ahora tiene otros planes para el ataque de su equipo. Y Naismith, alejado del césped y nostálgico del olor que desprenden los goles recién pintados, piensa en recoger su brocha y buscarse un sueldo en otro lugar.

Pero, ojo, es Navidad. Y en la vida de Naismith eso significa que cualquier decisión de peso puede esperar otro punto y aparte.

Ya saben. Navidad. Época de villancicos pegadizos en el rellano y de sacos llenos de caramelos. De sobrinas de medio metro vestidas de blanco y recitando unos versos subidas en la silla. De abuelas con el caldo en las manos y de renos pateándose la atmósfera y de pedazos de papel de regalo en el suelo y de árboles que brillan como semáforos y de sobremesas de mediodía que se estiran hasta la madrugada y de todo ese rollo entrañable, tierno, blando, entusiasta, inagotable y, joder… muy azucarado. Y también son días de calles con cielo plomizo, por otra parte, de calles desiertas y desconectadas del ruido cálido que se desprende del interior de las casas, de calles solo abrazadas por ese frío espeso y cabrón que va matando poco a poco el año que acaba hasta que se da por empezado el siguiente.

Y en medio de todo ese oxímoron invernal de sopa caliente y viento, de culos apretujados de familiares y esquinas vacías, de luces y grises, también están Naismith y sus cenas solidarias. Organiza primero una en Glasgow y después otra en Liverpool, dos ciudades que reconocen sus remates y que alguna vez se han rendido a su brega y a su capacidad de sacrificio. El delantero hace cinco años que repite tradición: sus fiestas navideñas no se dan por empezadas hasta que no impulsa, con ayuda de varias ONG, dos comidas con personas sin hogar, garantizando un plato caliente y un espacio de reunión para todo aquel sin techo que ya sabe de antemano que Papá Noel este año también le dará la espalda.

Dichos gestos cuadran en el perfil de Naismith, un comodín ofensivo que ha sido internacional en más de 40 ocasiones con Escocia y que tiene de altruista todo lo que le falta de mediático. Nacido en Irvine, pueblo cuya comunidad de vecinos es en su mayoría de clase trabajadora, el futbolista es hijo de un trabajador social y una cajera de supermercado. Entre edificios desahuciados y negocios que subían la persiana antes de que el sol hiciese lo propio, se fraguó el almíbar solidario de un chico que cuando por fin supo qué se sentía al levantar el culo del asiento a miles de espectadores, lo hizo con el corazón en las nubes pero con los pies clavados en el pasado, recordando la dureza de su despegue.

El delantero hace cinco años que repite tradición: sus fiestas navideñas no se dan por empezadas hasta que no impulsa, con ayuda de varias ONG, dos comidas con personas sin hogar

Naismith sigue destinando a día de hoy varias horas a la semana para trabajar en la organización Loaves and Fishes, un colectivo británico sin ánimo de lucro que opera como banco de alimentos. También es embajador de la asociación Dyslexia Scotland, dando apoyo a víctimas de una enfermedad que él mismo padeció de niño, y es el representante más popular de la Glasgow’s Helping Heroes, organización que se vuelca con los problemas de los veteranos de guerra. Y más allá de todo eso, suele ser habitual que reparta entre los más desfavorecidos ropa, balones e incluso entradas para ver en directo al Everton o al combinado nacional de su país. Hazañas más propias de un Robin Hood callejero que de un deportista de élite.

Alguien podría haber sospechado que este año sería diferente. Que no habría cenas ni canciones ni regalos. Que Naismith ya tendría suficiente con lo suyo como para volver a preocuparse por los demás. Que las suplencias queman, sobre todo si va uno para casa cada domingo sin tener ni que pasar por las duchas del vestuario. Que estaría tocado, preocupado, centrado solo en resolver su futuro.

Pero llega diciembre y allí esta él otra vez, sin minutos de césped, cierto, pero con su suéter violeta pegado a los músculos y su sonrisa de bonachón dibujada en los morros, recorriéndose el comedor de punta a punta para asegurarse que a nadie le falta el guiso, sacándose fotos con la gente y charlando, charlando, charlando. Enfrentando capítulo a capítulo cada una de esas historias que él sorteó pero cuyas sombras le van a seguir acompañando en el tiempo.