“El jugador de fútbol tiene la mejor profesión del mundo: coches, ropa, mujeres, hoteles de cinco estrellas… Pero entre medias y en los fines de semana uno tiene que saber qué hacer con ese pedazo de cuero”

Renato Gaúcho.

 

Renato Portaluppi (Guaporé, Brasil, 1962) ha vivido siempre con el corazón en la boca. El entrenador del Grêmio tiene una personalidad complicada de llevar, repleta de altibajos emocionales y de salidas de tono, como su propia trayectoria deportiva. No sabe tomarse la vida en buches pequeños. El hombre que dijo haber sido mejor que Cristiano Ronaldo, que confesó haber estado con más de 5.000 mujeres y que fue excluido de un Mundial por irse de fiesta, consiguió el pasado 30 de agosto su séptimo título en el banquillo ‘gremista’. Con este Campeonato Gaúcho, arrebatado en la final al Caixas, Renato empata a Scolari como el segundo técnico más prolífico del equipo. El título permite al Grêmio, más de tres décadas después, completar su segundo triplete estatal (Copa, Liga y Recopa de Rio Grande do Sul). Antes, en 2017, Portaluppi se había convertido en el primer brasileño que lograba adornar su salón con una Libertadores como futbolista y otra como entrenador.

Ególatra de manual, los años no han calmado el afán de protagonismo de Renato, pero tampoco el hambre de victorias. Por eso en Porto Alegre, donde ya fue ídolo sobre el verde, le aceptan y veneran tal y como es. En 2016 empezó su tercera etapa como técnico en el Grêmio, un equipo que llevaba 15 años sin festejar un título, y desde entonces no ha dejado de ganar. Incluso ahora, que su escuadra ha comenzado el Brasileirão jugando mal y venciendo poco, presume con arrogancia de las consecuciones recientes: “La única crisis por la que está pasando el Grêmio es la de conseguir títulos”. Igual de ambicioso que de costumbre, comentó justo después de su última conquista que ya piensa en la siguiente: “Quiero superarlo todo como entrenador, ganar tantos títulos como sea posible. Como jugador también lo quería, pero ya no puedo volver al pasado. Cuantos más títulos consiga, más historia habré hecho”.

Renato Gaúcho era igual de insaciable sobre el verde, aunque muchas veces el fútbol no era suficiente para él y tenía que apaciguar ese apetito lejos de casa. Era obsesivo con todo, pero las garotas siempre fueron su gran debilidad. “Una vez coincidí con Pelé en un programa de televisión, pusieron un gol suyo y me dijo: ‘Mira, Renato, uno de mis 1.000 goles’. Yo le contesté: ‘Cada gol suyo es una mujer mía’. Solo que Pelé paró con mil y pocos y yo no”, se vanaglorió en una rueda de prensa. En una entrevista para Meia Hora, realizada en 2008, aseguró haber yacido con más de 5.000 mujeres, en una cuenta que empezó con apenas trece años: “Conté y reconté. Nunca nadie tuvo tanto sexo como yo, soy un verdadero fenómeno”.

Su ‘performance’ del Día de los Enamorados del 85, cuando apareció en televisión con un enorme ramo de flores, todavía se recuerda en Brasil. “Estoy ‘tristinho’, lejos de mis amores y cerca de estos marginales [sus compañeros de selección], así que me gustaría mandarles una flor”, explicaba Renato al bromista reportero de Globo que le sostenía el micro. Una a una, fue felicitando a “sus novias” mientras simulaba enjugarse las lágrimas de tristeza. El momento fue icónico, pero un tiempo después confesaría que todo era una broma, y que aquellos nombres eran los de las madres del resto de jugadores de la concentración.

Este carácter provocador, despreocupado y hedonista perjudicó seriamente su imagen como jugador, y quizá por ello nunca llegó a triunfar en Europa. “Los que saben de fútbol se quedan junto al mar, jugando al ‘futvoley’, los que no se van a Europa para intentar aprender”, comentó en una ocasión. Su única experiencia en el viejo continente la vivió en la Roma y apenas duró un año, a pesar de las altas expectativas. “Es el Gullit blanco”, aseguró antes de su llegada Niels Liedholm, técnico romanista. “Más que los defensas, de mí tienen que preocuparse las mujeres”, fue la declaración de intenciones de Portaluppi, que no anotó ningún tanto en los 23 partidos de liga que disputó. “Es el único futbolista al que he visto llegar borracho a un entrenamiento en mis 16 años en el club”, explicaría años después Giuseppe Giannini, mítico capitán de los ‘giallarossi’.

No logró adaptarse en Italia, y eso que fútbol tenía de sobra. Era un extremo con gol, potencia y una técnica privilegiada que, en ocasiones, le valió para que le comparasen con Garrincha. Cuando el máximo organismo internacional del balompié decidió implantar el uso obligatorio de las espinilleras, Renato se posicionó en contra. “Ay, FIFA, ¡dame un respiro!”, solicitaba ante las cámaras. No tenía miedo de las patadas rivales y casi siempre iba con las medias por los tobillos. Su mejor protección era el regate.

De todo esto se había dado cuenta el Grêmio cuando tenía apenas 17 años, pero su padre, fanático del Internacional de Porto Alegre, acérrimo rival, se negaba a autorizar el acuerdo. Ese primer contrato tuvo que firmárselo a escondidas uno de sus hermanos mayores de edad. Con solo 20 debutó con el primer equipo ‘tricolor’, y apenas una temporada más tarde, en 1983, ya era una pieza indispensable en el plantel que conquistó la Libertadores. En la Intercontinental de ese año, celebrada en Tokio ante el Hamburgo de Kevin Keegan, anotó los dos tantos del encuentro y fue elegido mejor jugador del partido. Renato, que parecía no tener techo, pidió por primera vez una estatua en su honor.

“Fui mejor jugador que Cristiano Ronaldo, no tengo dudas, yo era más versátil”, comentó en la previa del Mundialito de Clubes de 2017. No es casualidad que los comparasen, pues la posición en el campo y el carácter engreído de ambos pueden parecer compatibles, pero también existen notables diferencias entre ellos. La principal: Renato jamás tuvo la profesionalidad exigible a una superestrella. Él mismo se consideraba un peladeiro, un futbolista capaz de maravillar con su juego pero que, al mismo tiempo, aborrecía someterse a la disciplina táctica o a los códigos de conducta.

‘Amistad sin límites’

Cuando aconteció el etílico ‘affaire’ de Leandro y Renato en la concentración de 1986 con la ‘Verdeamarela’, el extremo de Guaporé apenas tenía 24 años. Telê Santana, entrenador disciplinado, serio e inflexible, lo convocó con la nariz tapada por sus indiscutibles méritos deportivos, pero no acababa de fiarse de él. En el primer día libre para el ocio del equipo, y cuando aún quedaban 20 días de stage, Portaluppi se las ingenió para defraudar al técnico y ganarse la expulsión del plantel.

Lo que prometía ser una inofensiva barbacoa en casa de Éder, con final programado para las 22 horas, se convirtió en una farra épica hasta las tantas de la mañana. El guateque acabó con Renato y Leandro, los grandes protagonistas de la historia, intentando saltar el muro del hotel donde se alojaba la ‘Canarinha’. Según los informes de la prensa, los futbolistas, borrachos, fueron incapaces de trepar la valla, así que decidieron entrar por la puerta principal, donde supuestamente les aguardaba Telê Santana.

“Otros jugadores hicieron lo mismo, pero saltaron el muro de la concentración. Leandro y yo al menos entramos por la puerta principal y asumimos nuestro error”, explicó el futbolista tras ser apartado de la convocatoria. Leandro, que consideró injusto que castigaran únicamente a su compañero de juergas y fatigas, declinó viajar a México alegando problemas físicos, pero el propio Portaluppi confirmó que lo había hecho “en solidaridad hacia él”. El incidente trajo cola, copó portadas y protagonizó años después diversos capítulos en las diferentes biografías de los actores del culebrón. La prensa atacó a los indisciplinados futbolistas: a uno por individualista, impulsivo e incontrolable; al otro por alcohólico, introvertido e influenciable. Ninguno de los dos encarnaba, supuestamente, los valores que ha de tener un jugador de la selección. De repente, aficionados y periodistas comenzaron a hacer cábalas: ¿No sería que los inseparables compañeros eran algo más que amigos?. Nunca antes se había visto en el fútbol una renuncia como la de Leandro.

Fue tan sonado el caso que Leonardo Turchi, sociólogo e historiador, lo analizó en el XV Congreso Brasileño de Sociología. Su tesina se titulaba Masculinidades en juego: el caso de la “amistad sin límites” entre Renato Gaúcho y Leandro. El doctor universitario escogió la misma expresión que la revista Placar había utilizado para titular el especial en el que narraba las peripecias de esta indivisible pareja. En él se insinuaba que la relación de los futbolistas podía exceder los límites de un afecto heterosexual. Otros tantos periodistas y aficionados reprodujeron la sospecha, ya que el desprendido gesto de Leandro sorprendía por insólito, especialmente en un mundillo tan egoísta e hipermasculinizado. Ni las lágrimas de Zico, compañero en el Famengo, ni las súplicas de Sócrates, lograron hacer que el carrilero cambiara de idea y jugara aquel Mundial.

“En definitiva, el apoyo en este momento, expresado por la renuncia a la mayor competición del deporte en favor del dolor del amigo, representa una inversión del orden masculino hegemónico. Es una transgresión de límites, porque en el ámbito deportivo no se espera una relación entre hombres marcada por la solidaridad, sino por la sumisión y la marginación de individuos y colectividades”, declaraba Turchi en su estudio, en el que intentaba describir y denunciar la homofobia existente en la sociedad brasileña de la época.

Aquello, a priori, no parecía más que una amistad especial, diferente, pero a nadie le tenía que importar lo que sucediese realmente dentro de su habitación. El extremo había apoyado a Leandro en un momento tremendamente oscuro y se sentía en deuda con él. La pareja de agapornis empezó a compartir cuarto, ropa y hasta enseres de higiene cuando viajaba con la ‘Seleção’; se hicieron inseparables. Este vínculo excepcional entre Renato y Leandro, a pesar de vivir en ciudades diferentes, había florecido como el galán de noche, al ponerse el sol. El defensa quería olvidar su divorcio bebiendo y follando, y en eso siempre podía echarle una mano Portaluppi, que fue a la vez su paño de lágrimas y su compañero de fechorías.

En la vuelta a la competición doméstica, el Charlie Sheen brasileño tuvo tiempo de vengarse de Santana. En 1987, cuando jugaba en el Flamengo con Bebeto y Zico y acabó siendo elegido mejor jugador del año, Renato eliminó al Atlético Mineiro de Telê anotándole un tanto en las semifinales de la Copa União. “Quería haber celebrado el gol tirándole la camiseta a la cara”, confesó al término del choque.

Fue ídolo en el Fla y también en el ‘Flu’, donde dejó uno de los tantos más recordados y celebrados de la historia del club: el Gol da Barriga. En un clásico entre ambos equipos, con el Campeonato Carioca en juego, el Flamengo de Romário y Savio partía como favorito, pero el Fluminense se adelantaba 2-0 con tantos de Leonardo y del propio Renato, que entonces ya tenía 33 años. En la segunda parte el cuadro rojinegro se puso las pilas y empató el partido, pero en la fase final, y tras un fallido despeje de un defensa a centro de Aílton, el ‘Gaúcho’ utilizó su vientre como recurso para alojar el balón en la red. Tras el extravagante gol fue coronado ‘Rey de Rio’ por encima de Romário, Túlio Maravilha y Valdir Bigode, los otros aspirantes al trono. “Ustedes siguen siendo buenos alumnos, pero el maestro ha vuelto”, les dijo entonces. Encantado de conocerse, posó con una larga capa de terciopelo y una enorme corona, tan grande como su ego.

De todas maneras, Renato Gaúcho es una persona llena de contradicciones. Es un tipo egocéntrico y engreído, sí, pero también alguien cariñoso, desprendido y leal, especialmente con los más cercanos. Cabe recordar que creció en un ambiente pobre, en una familia con 12 hijos, y que con apenas 13 años ya empezó a meter dinero en casa, primero trabajando de ayudante en una panadería y algo más tarde en una fábrica de muebles. Comunista, pero solo de puertas hacia dentro, este votante de Bolsonaro le compró una casa a cada uno de sus once hermanos con la prima de su primera Intercontinental. Más recientemente, repartió el bonus logrado con el triplete Gaúcho entre todos los trabajadores del Grêmio.

Como técnico es un motivador excepcional, de ahí que siempre haya preferido pelear por la Libertadores (un torneo con eliminatorias) que por el Campeonato Brasileño, el gran trofeo que aún le falta como técnico y que este año, después de lo observado en el inicio de la competición, parece que tampoco levantará. Sus detractores le critican que improvise demasiado en sus esquemas tácticos, que haya poco de reflexión y estudio en su fútbol. Pero el entrenador ‘tricolor’, que ha vivido siempre ligado al sentimiento, sabe extraer el mejor rendimiento emocional de cada uno de sus jugadores. Lo idolatran, y es bastante frecuente verle bromear con ellos en los entrenos, contándoles batallitas de sus tiempos de futbolista. Él estuvo antes ahí: sabe lo que demandan sus pupilos e intenta ofrecérselo.

Sus métodos son, cómo decirlo, ‘diferentes’. En la previa de la final de la Libertadores de 2017 contra Lanús acusaron al cuadro ‘gremista de haber usado un dron para espiar a su rival. Portaluppi ni confirmó ni desmintió tal punto, tan solo dijo que el espionaje es una práctica habitual en el fútbol y que “el mundo es de los astutos”. El trofeo se fue para Brasil y Renato pidió, una vez más, la construcción de su estatua: “Si no lo hacen después de esto, me rindo”.

“Es honesto, tiene una confianza en sí mismo inquebrantable y sabe todo lo que hay que saber sobre el fútbol”, explicó a Reuters Pedro Geromel, capitán del Grêmio, sobre la manera de proceder de su entrenador: “Siempre está trazando analogías con su propia carrera como jugador, y eso hace que sea una persona divertida. Pero esto no significa que no esté preparado. Sabemos quiénes son nuestros rivales y dónde son fuertes, y él nos ha ayudado mucho en esto”.

Cuando se sienta en la sala de prensa a soltar barbaridades lo hace sabiendo que atrae toda las atenciones hacia él y que representa un escudo para sus futbolistas, pero tampoco es que le cueste mucho. Le encantan los focos. Observando sus movimientos se aprecia que la mayoría de lo que ocurre a su alrededor está forzado, que todo lo teatraliza y que hace demasiado tiempo que el personaje se lo tragó. Solo hay que ver el video en el que, siendo aún futbolista, se encaraba mentón al cielo con unos aficionados que lo increpaban. El Renato de ahora es igual de prepotente y fanfarrón.

Con una efigie de 4,10 metros ya levantada en los alrededores del Arena do Grêmio y casi 60 años de edad, Renato sigue siendo el mayor bocazas del fútbol brasileño, pero ya no tiene tantas fuerzas para andar trasnochando y conquistando jovencitas. Ahora se limita a vivir tranquilo, en un hotel, y a proteger a su hija Carol, una influencer con más de 1,5 millones de seguidores. “Antes era delantero, pero ahora soy defensa”, comentó acerca de su cercano vínculo con la joven, que suele acompañarle a los partidos y a las ruedas de prensa. A su señora, con quien parece haber llegado a una madurez (más) serena, le dedicó el último título del equipo.

Resulta paradójico que el técnico, que tantos corazones rompió durante su juventud, tuvo que pasar por la ITV en 2019 para reparar el suyo. Demasiado kilometraje; demasiadas revoluciones. Tendrá que cuidarlo Renato si pretende algún día cumplir la promesa que le hizo a Carol: entrenar a la selección. “Brasil está bien servido con Tité, pero yo trabajo en mi club y busco mis resultados para llegar a la selección. Si esa oportunidad puede llegar o no, no lo sé. Yo solo sé que estoy listo”. No será por confianza en sí mismo.

 


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Fotografías de Getty e Imago.