No hay un Barça que haya encadenado tantas bofetadas europeas como el contemporáneo. Roma, Anfield, Lisboa… Desplazamientos felices que acabaron a navajazos. Pero no, querido millennial: no han sido estas las únicas noches negras que ha vivido el club azulgrana.

En los 90 el ‘Dream Team’ sucumbió ante el Milan en Atenas. Nadie en la historia de la Champions se despeñó tan elegantemente en una final. Aquello fue terrible, el fin de una era. Pero poco después, cuando la adicción al estrépito parecía curada, de nuevo el mismo marcador. Esta vez en casa, durante una fase de grupos, en un Camp Nou lleno… y con Louis van Gaal poniendo cruces en su libreta.

El 5 de noviembre de 1997 el Dinamo de Kiev de Valery Lobanovski tomó el Camp Nou como nadie lo había hecho antes. 0-4 en la derrota más amplia que encajaba como local el cuadro catalán en la máxima competición de clubes. Solo un precedente europeo, el de la Copa de la UEFA 80-81, cuando el Colonia aplastó al Barcelona por el mismo resultado.

El conjunto ucraniano se plantó aquella noche en el estadio culé para recordarle al Barça que el 3-0 de la tercera jornada no había sido casualidad. De hecho, fue el mismo resultado con el que terminó la primera parte. En 44 minutos Andriy Shevchenko ya le había marcado un hat-trick a Vitor Baía, que completó una de las peores actuaciones individuales de su vida. Figo y Rivaldo, los únicos capacitados para obrar el milagro, observaban el naufragio desde la lejanía, mientras el centro del campo formado por Óscar, Celades y Ciric todavía buscaba su sitio. Con la ventaja que da el tiempo, aquel triángulo en la zona ancha ofrecía menos garantías de éxito que un libro en ‘La Isla de las Tentaciones’.

En el segundo tiempo, Sergiy Rebrov puso la puntilla. La pareja atacante de ’Sheva’, dos años más pequeño que el futuro Balón de Oro, ya sabía lo que era marcar en el Camp Nou. Lo había hecho cuatro años antes, con una volea impresionante que sorprendió a Zubizarreta, aunque en aquella ocasión no sirvió para nada.

Se puede decir que el actual entrenador del Ferencvaros ha vivido las dos caras de la moneda en un mismo escenario, dos ‘fiestas’ con resacas muy distintas. Si ante los de Van Gaal el Dinamo envió un potentísimo mensaje al mundo (mensaje que iría acompañado de hechos, como eliminar al Real Madrid, vigente campeón, en la edición posterior); en 1993 y en el contexto de la vuelta de unos dieciseisavos de final que parecían decantados para los de Kiev (3-1), vio cómo el equipo entrenado por Johan Cruyff se sacaba de la manga una de sus mayores exhibiciones en un terreno de juego, una remontada gestada a base de talento individual y genialidad táctica. El 4-1 final -con gol de Ronald Koeman, el técnico con el que esta noche se medirá Rebrov en los banquillos- está recogido, por cierto, en el especial de Panenka con los 100 partidos que hay que leer antes de morir.

Aunque con un equipo mucho más modesto -el Ferencvaros regresa a la Liga de Campeones un cuarto de siglo después- y con unas gradas completamente vacías, a Rebrov se le agolparán los recuerdos cuando salte al Camp Nou, un estadio que entró en ebullición cuando lo visitó por primera vez y al que silenció la segunda ocasión en la que saltó a su terreno de juego. Pudo haber habido una tercera, tan solo un año después, pero el Bayern se hizo grande en semifinales y acudió a la final de Barcelona para ser ejecutado por el United en el tiempo añadido.

Dicho esto, no será este el único partido con una carga emocional añadida para el preparador del cuadro húngaro. Rebrov también se medirá en el grupo a su exequipo, el Dinamo de Kiev, con el que jugó 11 temporadas en dos etapas distintas y se convirtió, con 123 goles, en el máximo goleador histórico de la liga ucraniana. Algunos de estos goles los marcó al lado de Shevchenko, de largo la pareja atacante llegada del este más peligrosa de los años 90. Una de sus grandes noches la vivieron en el Camp Nou.

 


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Fotografía de Getty Images.