La vida está colmada de placeres delicados, como escuchar un freestyle de Cheb Rüben, triturar una pieza de fruta en la batidora o fumarse un cigarro, que se empeñan en parecerse a los disgustos por su brevedad. Entran también en esa categoría las presentaciones de nuevos jugadores, que por un momento amagan con congelar una imagen preciosa en el tiempo, la del fichaje sonriéndole a las cámaras, es decir, al mañana, pero que a la postre devienen en una amenaza, porque esa figura tarde o temprano tendrá que salir del marco, y entonces podrá palparse, pesarse, exponiéndose en consecuencia a posibles decepciones. Ya advirtió Roland Barthes que “el tacto es el más desmitificador de los sentidos, al contrario de la vista, que es el más mágico”.

Quizá no nos frustraríamos tanto cuando un recién llegado no rinde al nivel esperado si tomásemos consciencia de lo complicado que es que un futbolista que aterriza a un equipo en esas condiciones, solo y descolocado, como un tornillo tirado en un cajón, logre triunfar. El fútbol obedece a una maquinaria intrincada y compleja en la que el más mínimo cambio puede desencadenar el colapso. Ganaríamos años de salud si asumiéramos que nos enfrentamos a algo sumamente engorroso. Para que un fichaje florezca, y por tanto se convierta en un acierto de la secretaría técnica que lo ha firmado, hace falta que un montón de detalles confluyan, formando ese gran torrente que lo empuje con fuerza hacia el éxito.

El talento se da por descontado. Incluso tiene un precio. No se trata de descubrir si Lemar, Arturo Vidal o Batshuayi son buenos jugadores. Eso ya lo sabemos. De lo que se trata es de si a partir de ahora conseguirán demostrarlo. Como alguien aseguró alguna vez sobre la política, en el fútbol tampoco basta con tener razón; es necesario que te la den.

 

Como alguien aseguró alguna vez sobre la política, en el fútbol tampoco basta con tener razón; es necesario que te la den

 

Las caras nuevas que se presentan este temporada en LaLiga son como los personajes de una novela de Fitzgerald; lo que te intriga de ellos no es su pasado, que en las primeras páginas del relato asoma dulce y sofisticado, sino su futuro, porque ya supones que no les será sencillo adentrarse en él.

Para que el futbolista que llega a un conjunto encuentre se encaje, y se gane la aprobación del público, deberá tener en cuenta cientos de variables. Qué tipo de propuesta tiene su equipo, cómo quiere que se mueva su entrenador, cuántas veces deberá salir desde el banquillo para ganarse un puesto, dónde deberá instalarse para estar tranquilo en la ciudad… Es una lista que no acaba. Aunque antes, mucho antes de abordar todo esto, le será indispensable tener clara una premisa. Para que un fichaje triunfe, debe querer hacerlo. Y hay alguien que este pasado fin de semana, en Vallecas, demostró que ese primer punto de la lección lo tiene bien aprendido.

Lo mejor de André Silva no es su juventud, cómo recibe de espaldas o el oportunismo en el área. Lo mejor de André Silva es que el año pasado solo metió dos goles en 24 partidos con el Milan, y que este curso le calaría fuego a su coche por reivindicarse. Es lógico que en Sevilla ya se froten las manos con él.