Debemos entrar en el terreno del cómic y los superhéroes para que la historia que queremos contar se ponga de pie. Sabemos que Stan Lee le puso en la boca al tío de una sus creaciones, Spiderman, una frase que salta de un mundo a otro, de la ficción a la realidad, para comprender ideas que corresponden a muchos protagonistas: “Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Esta sentencia se ajusta como un guante en la historia que ha dado forma Pepe, hipocorístico del sonoro y musical Kepler Laveran Lima Ferreira, uno de los futbolistas más importantes del siglo entendido desde el análisis, pero sobre todo una persona que ha contado una historia, pues no todos tienen una que contar, con introducción, nudo y desenlace. En el centro del relato, un superpoder, también su descubrimiento, su dominio y sus consecuencias, entre las que se encontraron la villanía, su posterior redención y reconciliación, así como la comprensión, al final del camino, de una carrera marcada por su singularidad.

Pepe fue un mutante, sirviéndonos de verbos en pasado para quien no lo viera en plenitud física. Sus tejidos, sus músculos y su morfología corporal nunca fueron comparables con las de ningún otro defensor anterior o contemporáneo, anulando alguno de los principios lógicos que aplicamos al ver la física de un cuerpo humano. Digamos que cuando una persona va muy deprisa, por inercia, tardará en frenar, del mismo modo que si uno decide entrar en un lugar, elimina la posibilidad de hacerlo en otro. Con Pepe esto no tenía el mismo resultado, valor o trascendencia. En base a su físico, el brasileño y posteriormente portugués siempre pudo tomar una decisión, generalmente la anticipación y la disputa, sin que ello le eliminara de una corrección posterior. Desafiante con esas leyes, Pepe corría con una zancada enorme sin la penalización de poder frenarse en seco metiendo el cuerpo, parando a la misma velocidad del que corre con pasos cortos y veloces, pongamos un Raheem Sterling. Y tampoco se eliminaba de las jugadas por meter la pierna a destiempo tragándose un quiebro, porque su reacción tanto mental como física le hacía volver a tener una segunda oportunidad para recuperar la pelota o interceptar un disparo.

Este superpoder llegó a ser el más omnipotente de todos durante sus mejores años, condicionando al rival no sólo en lo individual sino colectivamente –“Pepe no defiende jugadores, defiende equipos”, diría Abel Rojas-, hasta el punto de apoyarse únicamente en este inmenso talento para defender, encontrando con los años una contradicción interesantísima para el relato que posteriormente cerraría la circunferencia a nivel literario. Por un lado, su equipo, el Porto primero y el Real Madrid después, podría defender hacia delante sin tirar el fuera de juego, en una era de marcaje zonal, mientras él iba ganando duelos individuales por todo el campo, dándole la iniciativa a su equipo sin tener la pelota, como si el que tuviera el balón fuera él y la primera decisión estuviera en su poder. Un defensa que de algún modo atacaba. Del otro lado, su zona oscura, el comienzo y desarrollo de su habitación más tenebrosa, la poca reflexión con la que acompañaba a su poder, viviendo permanentemente del impulso y la emoción.

 

La de Pepe es una carrera nacida y abocada para entender y controlar sus superpoderes, principalmente físicos, hasta encontrar la calma en la veteranía, que no es sino el refugio de las emociones

 

Cómo llegaría a ser de gigante su capacidad física y precisión en el quite para que Pepe compensara con ello su tendencia a defender por impulsos, siendo la defensa un oficio que debe tener en cuenta el constante cálculo para no quedar eliminado de las jugadas y exponer al equipo, midiendo bien cuando, dónde y cómo entrar en acción o darse en paso para ganar una mano posterior junto al compañero. En este reconocimiento y control del impulso o la emoción, Pepe halló dos problemas defensivos cuando en lugar de un partido de Liga su equipo se la jugaba a 180 minutos: la defensa del juego aéreo directo en el que chocar con alguien superior en peso y estatura y la protección del área tanto yendo al primer palo como defendiendo el centro o el segundo. Ahí Pepe se notaba más frágil de lo normal y su protagonismo corría más riesgo del debido, aunque sonara paradójico, pues a campo abierto y como último hombre la anticipación de sus tentáculos no parecía entender de riesgos.

La eliminatoria que le midió a Robert Lewandowski en la primavera de 2013, ejemplar sobresaliente en el juego aéreo, jugando de espaldas y moviéndose en el área, le sacó completamente de su contexto y le puso contra las cuerdas, casi en juicio sumarísimo sobre el futuro de su carrera, pareciendo amortizado como central dominante. Fue entonces, unos cuantos años después, cuando Pepe dio un giro a su carrera, comenzó paulatinamente a pasar peso de una balanza a otra, y dio sentido a la historia que en su epílogo está cerrando de manera brillante. El tiempo le dio experiencia y perspectiva mientras le restaba facultades físicas absolutas, dando lugar a una humanización igual de competitiva. El portugués marchó a Turquía y después al Porto para alejarse de la máxima exigencia diaria. Allí comenzó a mimar su físico, dosificando esfuerzos y energías, y a acudir a los duelos de forma más calculada. Con la Eurocopa 2016 como cima de su trayectoria, Pepe depuró los excesos y no le dejó nada a deber al ejercicio defensivo.

Cumplidos los 38 años, su fútbol es producto y fruto del equilibrio justo entre las variables necesarias que hacen falta para seguir siendo élite al borde de los 40. No se llega a ese momento sin la dosis exacta de experiencias, caídas, talentos, aceptaciones y sacrificios. En el caso de Pepe, la suya es una carrera nacida y abocada para entender y controlar sus superpoderes, principalmente físicos, hasta encontrar la calma en la veteranía, que no es sino el refugio de las emociones, su principal enemigo. El líder del Porto disfruta más ahora porque entendió que todo gran poder conlleva una gran responsabilidad, el atributo que mejor encaja con la UEFA Champions League y que ha logrado conectar y empatizar con el aficionado varios años después. El Pepe actual, que sigue ganando eliminatorias, es el que se dedica a escribir sus memorias.

 


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Fotografía de Imago.