Cada mañana de este mes de agosto, cuando paseo por la playa de Riazor, me persigue la misma imagen: la estatua de Arsenio Iglesias en una de sus entradas. A la altura de la parroquia de Las Esclavas, junto a un quiosco en el que todavía se vende prensa, esta estatua es un compromiso vivo con la nostalgia y con una época que ya pasó. Tiene una misión que cumplir, explicar la leyenda de un hombre que hoy ya tiene 87 años y que desafió lo imposible. Hace 24 años, a 300 metros de aquí, en el estadio, perdió una Liga con el Deportivo por culpa de un penalti cuando ya “no quedaba tiempo ni para respirar”. Entonces, según el periodista Rubén Ventureira, lo único que le faltó contar a los periodistas es que él, Arsenio Iglesias, “ya venía llorado de casa”, con ese sentido del humor tan suyo. Único e inexplicable, como todas las cosas que no tienen explicación. Por eso aquella rueda de prensa de Arsenio sigue recordándose como “una lección magistral de saber perder” en los libros de historia. La única diferencia es que él la resumió a través de uno de esos jeroglíficos suyos que también marcaron la diferencia: “mucho que contar y poco que decir”.

No hablamos, efectivamente, de un hombre al uso. Quizás por eso hoy estoy recordando todo esto: el impacto de la estatua. Cada día que la veo me recuerda algo distinto. La última cosa que me ha advertido es que no se trata de contar al hombre (ése ya está contado), sino de justificar la nostalgia (el paso del tiempo). La dificultad de explicar a un tipo que lleva más de 20 años jubilado y que para las nuevas generaciones es un hombre del que han escuchado grandes cosas. Por eso es fácil y es difícil como justifica Jorge, un chaval de 22 años del barrio de Labañau que estudia psicología y que no había nacido el día que Arsenio se jubiló. “Pero mi padre se preocupó de que supiese quién era Arsenio y a mí me entusiasmó la idea. El primer año en la universidad hice un trabajo en una asignatura, en el que trataba de explicar la personalidad del ser humano, y pedí una entrevista a Arsenio y me atendió estupendamente. Tuve la valentía un día de ir a esperarle a que saliese de su casa, en la Torre de los Maestros, porque en el fondo La Coruña es una ciudad pequeña en la que se sabe casi todo… Tenía miedo a como me respondiese, pero a la tarde siguiente me citó a tomar un café en la cafetería Manhattan: yo cara a cara con Arsenio. Mi padre no se lo podía creer”.

En realidad, yo también lo he pensado: acercarme uno de estos días a esperar a que Arsenio salga de su casa. Sólo por el instinto de curiosidad, por el placer de volver a ver a un hombre que me parece un mito. Pero creo que esta vez no sería buena idea porque hace tiempo que algo pasa. Celso, uno de esos jubilados de Riazor, un exmarino mercante que cada mañana sale a caminar por el Paseo Marítimo, me cuenta que hace mucho tiempo que no coincide con él “y Arsenio era un hombre al que cada mañana veías por aquí en chándal haciendo footing hasta el Obelisco Milenium, que es un recorrido muy típico en A Coruña”. Sin embargo, ahora ya solo se deja ver con un inseparable bastón. De ahí que uno regrese a los silencios de esa estatua suya que no hace más que recordarme a ese hombre que, en aquella época, me parecía un viejito cascarrabias que no sólo te recordaba que “el fútbol es orden y talento”. También te explicaba que “al que le guste perder es tonto” o que “la derrota es más humana” sin necesidad de esa retórica que, después de él, invadió las ruedas de prensa de los entrenadores.

 

“En A Coruña solo podemos darle las gracias por todo lo que hizo. Gracias. Siempre gracias. No encuentro una palabra mejor” 

 

Pero es que han pasado más de veinte años desde la última vez de Arsenio. Veinte años que nos recuerdan que el tiempo no se para ante nadie. Sin embargo, Arsenio sigue viviendo en la misma casa, una casa céntrica de A Coruña, en la calle Juan Flórez, a 50 metros de la Plaza de Pontevedra. La misma casa a la que se iba caminando, después de los partidos del Deportivo en Riazor. La misma que Carlos Ballesta, su eterno segundo, un hombre que hoy tiene 62 años, conoce bien, “porque no pasan más de quince días sin que hablemos o quedemos para tomar una cerveza o un vino”, según me cuenta. “Ahora es más difícil porque anda fastidiado y no tiene un diagnóstico claro. Está más lento para todo: para hablar, para caminar, para la vida… De hecho, sus paseos ahora son muy cortos. Cada día va a rehabilitación. Pero me complace ver que sigue luchando, lo que nos incita a creer en su recuperación”.

Por lo tanto, ya sabemos donde está Arsenio: alejado del chándal pero no de la vida como le explico a Celso, a ese exmarino mercante, el día en el que le vuelvo a encontrar en Riazor. “Entonces, si se recupera, deberemos volver a darle las gracias por lograrlo”, me contesta él, “porque en A Coruña solo podemos darle las gracias por todo lo que hizo. Gracias. Siempre gracias. No encuentro una palabra mejor para definir a ese hombre que nos demostró por primera vez que podíamos luchar por todo”. Jorge, que está a un año de terminar la carrera de psicología, está de acuerdo. “Tuve la oportunidad de darle las gracias en persona por mí, por mi padre y por todo lo que hizo”. Pero es que yo mismo, que la única afinidad que tengo con ese hombre es la distancia, también pienso así. Es más, si no pensase así, no daría tanta importancia a la estatua ni haría tantas preguntas a Ballesta acerca de Arsenio. Porque, al margen de su familia, de su mujer y de sus cuatro hijos, puede que no haya nadie que compartiese tanto tiempo con él. “Siempre que viajábamos dormíamos en la misma habitación. En un viaje que hicimos a Jerusalén para ver a unos futbolistas, como la calefacción del hotel estaba estropeada, incluso dormimos en la misma cama, vestidos y todo. Fueron tantos momentos…. Algunos tan trascendentes que ahora, cuando nos vemos, rehuimos cualquier tipo de conversación trascendental. Aquella época ya pasó entre nosotros”.

Hoy, Ballesta es un hombre que sigue trabajando para el Deportivo y al que no le molesta escuchar que Arsenio representa a una clase de entrenador que ya no existe. “Porque es así. Ahora, los cuerpos técnicos de los equipos son de doce o catorce personas. Sin embargo, en el Súper Depor, en los años noventa, éramos dos: él, yo y Franganillo, el preparador físico. Así que uno hacía de todo, desde ojeador hasta preparar a los porteros. Y, si había que viajar para analizar a algún rival, ni siquiera estaba en los partidos”. Pero aun así se fabricó un equipo en una ciudad como A Coruña, acostumbrada a las penurias futbolísticas, que en el año 93 sin ningún motivo amenazó con ganar la Liga a Real Madrid y Barcelona. Un equipo que dirigía Arsenio, un hombre en edad de jubilación que, excepto en los años dorados del Hércules, había transitado por carreteras secundarias como entrenador. “No esperábamos tanto de ningún modo. Porque si bien es cierto que Bebeto y Mauro Silva costaron 200 millones y Djukic ocho, el resto vinieron gratis: Rekarte del Barcelona; Aldana del Madrid; Nando del Valencia; Liaño del Sestao…. No se podía ni explicar que un equipo así, basado en su mayoría en futbolistas que venían libres, llegase hasta donde llegó y, al siguiente año, se quedase a un penalti de ganar la Liga”.

Pero es lo que hoy seguimos sin explicarnos ni nos explica esa estatua ni nos lo explicará el futuro. Porque hace más de veinte años no éramos tan viejos. Ni siquiera Arsenio, en edad entonces de jubilación, y que vio como Xose Hermida, periodista de El País, escribía un libro suyo, ‘El fútbol del brujo’, que se vendió a nivel nacional. El mérito es que entonces no era como ahora. Apenas se publicaban libros de fútbol y que saliese el de Arsenio da una idea de la influencia que llegó a tener. Toda esa sabiduría campesina que reflejaba en las ruedas de prensa y con la que, sin embargo, Ballesta no está especialmente de acuerdo. “Arsenio es un hombre muy preparado. Quizás no haya un título académico que lo acredite. Pero la vida sí y en esa vida no hay más que ver ahora el currículum de sus cuatro hijos, todos licenciados y, excepto la chica que es profesora de inglés, con cargos directivos en multinacionales. De alguna manera eso da una idea del ambiente que se respiraba en su casa donde, además, la mujer de Arsenio era maestra nacional. De hecho, por ese motivo, viven en la Torre de los Maestros. Tuvieron esa opción”.

Ahí sigue Arsenio, que nunca pretendió ser una divinidad. Quizás porque conoció mejor la gloria del derrotado que no le separó nunca de la calle ni de su casa de siempre ni de la ciudad ni de esas fotografías con los que nunca se olvidarán de él. Por eso Celso ha bromeado tantas veces con él en el Paseo Marítimo de Riazor estos últimos veinte años, los dos jubilados en esas mañanas frente al Atlántico. “Él siempre se esforzaba por caminar un poco más rápido”. La clase de esfuerzo, en realidad, de la clase media que Ballesta también explica a través de Arsenio. “Ahora ya no, porque no conduce, pero los coches suyos que recuerdo son un Ford, un Volkswagen… Nada de Mercedes ni de BMW. Nada de alejarse de su vida de siempre, de sus baños en la playa de Barrañán, en Arteixo, de sus vinos con los amigos, porque Arsenio es así hasta que llegó el día que vimos que algo pasaba. Cada vez costaba más convencerle para que viniese y era porque no se encontraba bien”.

Pero así es el tiempo. El mismo que nos invita a escribir y a recordar. El tiempo, que hoy a los que tenemos cuarenta y tantos años, no nos ha permitido olvidar a ese entrenador del Súper Depor, a ese hombre que entonces podía ser nuestro abuelo. La estatua que hoy recuerda al mar esos años en los que Arsenio fue tan importante que el Real Madrid le convenció en el año 96 para sacarle de un apuro: ya se había jubilado pero hay tentaciones impecables. Y Arsenio volvió a decirle a Ballesta, “tú te vienes conmigo”, pero alguien en el Madrid lo impidió. Alguien que no era Celso, el marino mercante, unos quince años más joven que Arsenio, que guarda un recuerdo más generoso. Trabajaba en esos años largas temporadas en Alemania. No tenía que explicar a nadie qué equipo era el Depor ni dónde estaba A Coruña. Hoy no se le ha olvidado. “Por eso yo no solo veo a esa estatua y veo al entrenador que casi gana la Liga con el Depor. Veo al futbolista que jugó frente a Di Stéfano o al que marcó un gol a Ramallets en su debut con el Depor. Veo, en definitiva, a un hombre del que, veinte años después de retirado, aún seguimos hablando”. A Ballesta tampoco le extrañó mi llamada. “Arsenio tiene tanto pasado y tan importante…”. Pero ahora hace falta que también haya futuro, que Arsenio se recupere, que la vida continúe como antes y que la próxima fotografía del Brujo de Arteixo para Panenka sea él junto a su propia estatua. Porque, como recuerda Jorge, el chaval que va a terminar la carrera de psicología, “mi abuela tiene 91 años y está estupendamente. La edad no tiene por qué ser una condena”.