Era 11 de marzo de 2020 y no teníamos ni idea de la que se nos venía encima. No imaginábamos qué era estar dos meses encerrados en casa. Nunca nos habíamos descargado tantas aplicaciones. No habíamos lavado en la vida la comida recién llegada del súper. No nos habían hablado nunca de confinamientos, mascarillas, distancias de seguridad, teletrabajo ni salud mental -y de esto último necesitamos hablar todavía más-. No conocíamos la mitad de virtudes y defectos de aquellos extraños con los que convivíamos bajo un mismo techo. No sabíamos quién era Fernando Simón, y estuvo invitado dos meses seguidos, puntual, sin falta, a todas nuestras comidas. Era 11 de marzo de 2020 y no teníamos ni idea de que Marcos Llorente, pivote de los de toda la vida, podía jugar unos metros más adelantado, tirar desmarques al espacio, marcar golazos, darlos y comerse a un Anfield a reventar poco antes de encontrarse con el vacío.

Han pasado ya dos años. Todo ha cambiado. Nos dábamos la mano, pasamos a los codos y regresamos a los apretones. Nos acurrucábamos como koalas y nos separamos dos metros. Por si acaso. Veíamos las sonrisas para luego pasar a intuirlas. De hecho, llevamos dos primaveras intuyendo. Intuyendo cuándo se acaba esto. Si viene otra ola. Si son solo mocos o toca hacerse antígenos. Si abren pronto los bares. Si eres contacto estrecho. Si es arriesgado ir a casa de la abuela. Si cierran en breves las discotecas. Si habrá Navidad. Si nos podremos ir en Semana Santa. Intuyendo sin parar. Como intuyó el ‘Cholo’ que un tipo que vivió siempre escuchando los gritos de sus centrales sin distancia de seguridad podría cambiar de posición. Y pasar a chillar el nombre de sus delanteros para darles el balón o recibirlo, destrozar defensas adelantadas, hacer conducciones vertiginosas. Vivir, definitivamente, muy diferente a como lo había hecho hasta entonces. “Anfield fue un punto de inflexión en toda regla, el detonante para que mucha gente -entre ella, yo mismo- descubriese una nueva posición en la que podía llegar a sentirme verdaderamente cómodo”, recordaba el propio Marcos Llorente para el #Panenka105.

 

Ahora ya tenemos clarísimo que el Atlético puede sacudir un estadio del noroeste inglés contra un equipo que viste de ‘red’. Sea ‘scouser’ o sea ‘devil’

 

Como Marcos Llorente, todos hemos cambiado. No teníamos ni idea de lo que éramos capaces. Quizá el Atlético, aquel día en Anfield, sí que tenía alguna idea de cómo darle la vuelta a un partido que se le había puesto patas arriba. Porque el 2-0 de Roberto Firmino en el 94’ parecía dictar sentencia. Igual que nos vimos todos sentenciados con dos largos meses en casa. Y salimos de esa. Así que quizá tenemos mucha más idea de lo que creemos. Puede que Llorente se supiera perfectamente capacitado para marcar dos goles -97’ y 105’-y de paso regalarle una asistencia a Álvaro Morata para acabar de firmar uno de los partidos más memorables en la historia del club ‘colchonero’, en un estadio que lo más normal del mundo es que se te coma en una situación como la que estaba viviendo el Atlético. A veces, cuando lo tienes todo en contra, cuando piensas que ya no hay más motivos para soñar, cuando todo está negro, oscurísimo, te empiezan a dejar salir a la calle para pasear un rato de seis a ocho de la tarde y se vislumbra una luz a lo lejos.

Dos años después ya no hay rastro del Marcos Llorente mediocentro. Entremedio, el Atlético, teniendo las ideas bien claras, volvió a hacer pedazos el binomio de la Liga. Paso a paso, partido a partido, como a ellos les gusta. Así vamos tirando el resto. Poco a poco. Con el convencimiento de tener mucha más idea de todo. Porque hace dos años creíamos que no sabíamos nada. Por dudar, podíamos dudar hasta de las capacidades de ese equipo. Y ahora ya tenemos clarísimo que el Atlético sabe sacudir un estadio mítico del noroeste inglés contra un equipo que viste de red. Sea scouser o sea devil.

 


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Fotografía de Imago.