Dicen que la primera vez nunca se olvida, pero yo, no lo negaré, casi no recuerdo nada de aquel día. Ni el año ni el rival ni la categoría. Solo un Montilivi que me impresionó, pero que a ojos de los espectadores más experimentados no debía de ser precisamente impresionante; solo un Girona que orbitaba alrededor de la Tercera División y cuyo único argumento para atraernos hasta allí a mi padre, a mí, y a un puñado de seguidores más, era su estatus de equipo de la ciudad. El nuestro, pero sin romanticismo: era el único club que nos pillaba cerca. Años después, a todo aquello lo llamaríamos ‘infrafútbol’. Pero, para mí, como para cualquier niño de los 90 obsesionado con el balón, aquella experiencia estaba muy por encima del propio fútbol. A diferencia del de la tele, el del ‘Dream Team’, el de la flamante Champions League, el de los resúmenes de los domingos, tan agradables a la vista, aquel espectáculo imperfecto reclamaba todos los sentidos. Un aprendizaje en el que los ojos eran un complemento más. El balón era una roca. Los jugadores colisionaban. Los golpes dolían. Los sonidos eran secos y cortantes. El grito de un gol resonaba en los ecos de la tribuna y te erizaba la piel. El olor a césped era intenso.

Con los años, las visitas a Montilivi se espaciaron hasta casi desaparecer. Alejado del centro de la ciudad, el campo del Girona nunca pareció un sitio acogedor para el gironí, que ya de por sí tiene fama de acomodado, de apostar solo al caballo ganador. En esa dualidad de hinchada y club, nunca se supo quién era más frío de los dos. Cuanto más baja era la categoría en la que sobrevivía el equipo de fútbol, más acusada parecía ser la cuesta que había que trepar hasta el campo, y más reluciente y acogedora era la pista de basket.

Mi amigo J. nos acompañaba de vez en cuando en esas tardes esporádicas de fútbol local. Lo pasábamos a recoger y subíamos juntos hasta el estadio. Un día, nos esperaba junto a su padre. Mientras su hijo subía al coche, el hombre nos deseó suerte a los tres: “Que vaya bien. ¡Y que gane el Valvi!”. Tuvimos que explicarle que no, que ese domingo íbamos al fútbol, no al baloncesto. El Valvi, equipo de la máxima categoría, era entonces el orgullo de la ciudad, el único capaz de plantar cara a los grandes, a la influencia infinita de Barcelona; el único que lograba que los mejores se aprendieran nuestro nombre. El pabellón de Fontajau, por supuesto, ofrecía muchas más comodidades y emociones que las que prometía Montilivi. Especialmente en invierno. Pero nosotros aquella tarde íbamos al fútbol, persiguiendo el frío y húmedo olor a césped.

 

La temporada que viene se producirá un hecho insólito: Girona tendrá equipo de ACB y de Primera de forma simultánea, después de que ambos consiguieran el ascenso con poco más de dos horas de diferencia

 

Girona era entonces una ciudad de basket. Yo mismo, futbolero empedernido, acumulaba VHS de los Bulls de Jordan y dedicaba los sábados por la mañana a darme codazos en la zona con pívots más grandes que yo, para mi desesperación y la de un joven entrenador que, muchos años después, el 19 de junio de 2022, llevaría desde la banda al baloncesto masculino local de regreso a la máxima categoría. Ciudad pequeña. Ciudad feliz. La temporada que viene se producirá un hecho insólito: Girona tendrá equipo de Liga ACB y de Primera División de forma simultánea, después de que ambos consiguieran el ascenso con poco más de dos horas de diferencia. Creímos que uno estaba para rellenar el hueco del otro. Y no. Los vasos comunicantes se han desbordado. Ni rastro de canibalismo. Solo fiesta mayor. La madrugada más larga de una ciudad a la que le gusta (le gustaba) dormir. La ciudad que desde este fin de semana solo sueña.

Cuando la crisis atropelló al deporte de la canasta en su punto álgido, y el Akasvayu (antiguo Valvi, antiguo Casademont) se vino abajo, aquel Girona Futbol Club gris de mi infancia empezó a reclamar los focos del deporte profesional de la ciudad. 14 años después de un ascenso a Segunda A que nos cogió desprevenidos, no solo ha mantenido el tipo, sino que, yendo en contra de la esencia de lo que un día fue, no ha ofrecido ni una sola temporada de indiferencia. O cielo o infierno, pero siempre algo por lo que sufrir cuando llega el calor. La que viene será su tercera temporada en Primera, después de tres intentos en el play-off. Deberíamos estar acostumbrados a pensar en grande. Pero a mí me siguen pareciendo inconcebibles hasta los aspectos más simples de todo este fenómeno. Partidos por la tele. Plazas llenas de banderas. Una rúa. Los niños y las niñas que salen de la escuela con la camiseta rojiblanca.

Un ascenso es una manera de mirar al pasado. Sirve para contarle a los hijos, o bien lo grande que fuiste un día, o lo pequeño que llegaste a ser. Sigo acudiendo a Montilivi. Ahora hay asientos donde antes había cemento. Hay una enorme (para nuestros estándares) grada ampliada donde antes crecía la maleza. Hay un videomarcador donde antes se cambiaban los números a mano. Llego hasta allí andando, porque de repente el estadio no me parece tan lejano ni el desnivel tan insuperable. Llego hasta allí solo, aunque ahora somos miles los que nos animamos a venir (y en Girona, siempre hay alguien a quien saludar). Y ya nadie nos pregunta por qué estamos ahí, a la intemperie. Pero, aunque el entretenimiento haya mejorado sustancialmente, aunque el equipo haya regresado a Primera División, cuando en agosto suba otra vez las escaleras y me asome al verde, seguiré sintiendo lo mismo. Algo primario, infantil. Olor a césped. Fútbol que se parece a todo lo demás. Un suspiro de los mejores años de nuestra vida.

 


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Fotografía de portada: @GironaFC (Twitter).