Dícese de esa forma de vida que se ve todo de color rojo. Un rojo en particular. Un rojo que identifica y une a toda una comunidad. Ese rojo se traduce en folklore de una de las fiestas más famosas del mundo. El rojo que sangramos. Es el rojo pasión. El rojo de Osasuna. El rojo de Navarra. El rojo de Enrique Martín. Y Martín es Osasuna.

Enrique Martín ya lo dijo, entrenar al club de sus amores casi le cuesta la vida. Y tuvo que dejar un partido para ser ingresado en el hospital. Osasuna perdió dos puntos casi ganados. Al salir, afirmó: “Osasuna y yo estamos un poco jodidillos, pero al final saldremos”. Seguramente Enrique necesita descansar, porque se lo merece, y dejar a un lado las emociones fuertes. Pero eso no existe cuando eres Osasuna. Digo cuando ‘eres Osasuna’, no cuando ‘eres de Osasuna’, que a fin de cuentas, es lo mismo. Pero no cuando representas a tu gente, cuando eres parte de ellos. Cuando la gente va al campo un frío domingo de febrero en Iruña. No hay nada mejor que hacer. O te gusta Osasuna o te gusta la ‘pelota’. No hay otra.

 

Osasuna se traduce en las ojeras de Enrique, porque su equipo le quita el sueño. Y parte de su salud

 

El técnico de Pamplona se muestra tal y como es cuando a dos semanas de San Fermín sale al campo para disputar la ida de un playoff de ascenso con el pañuelico. Y el escudo del club rojillo bordado. Osasuna se traduce en las ojeras de Enrique, porque su equipo le quita el sueño. Y parte de su salud. Y, paradójicamente, Osasuna en euskera significa eso: salud, fuerza y vigor.

Si por algo se caracteriza el equipo navarro es por su afición. En las buenas y en las malas. Y son más malas que buenas. Pero madre mía. ¡Que vengan a Pamplona cuando Osasuna va bien! El patxarán y el kalimotxo vuelan y, como bien sabéis, también son de color rojo.

No hay nada como unos sanfermines. Que se lo pregunten a Hemingway. Él estuvo en la trinchera y en la calle Estafeta. Como Martín. Y más aún cuando en todas las peñas de Jarauta se escucha por igual el nuevo éxito latino del verano a la par que la nueva canción del Graderío Sur. “Y es que yo sin ti, Enrique Martín, no sabría como subir. Llévame a Primera, llévame a Primeraaaa”.

Alguien dijo que ‘el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes’. Les aseguro que nunca estuvo en los sanfermines de 2016. Todo un pueblo se tiró a la calle a celebrar su fiesta, la del ascenso. Y a celebrar San Fermín también. Ese santo que se invoca en El Sadar cada vez que el rival falla una clara ocasión. Un pueblo que canta el ‘riau riau’ al unísono y que hace temblar todo navarro abstemio al fútbol.

El Club Atlético Osasuna es su mascota, ‘Rojillo’. Aquella misma que encontraron en 2002 tirada en un contenedor y despojada de cualquier orgullo pasado y dignidad. Y volvió a lo grande, anunciando su retorno en todos los contenedores de la ciudad. ‘Volveré’ (‘Itzuli nahi dut’ en euskera). Y volvió. ¡Y vaya si volvió! Reapareció contra el Alavés, el partidazo del año con dos aficiones unidas y hermanadas, disfrutando de la fiesta del fútbol como nunca. Y ‘Rojillo’ es el encargado de marcar de por vida a los ‘Osasuntxiki’ que van al Sadar. Esos futuros

Cruchaga, Patxi, Flaño, Torres, Oier, Merino, Berenguer, Olavide, Otegui y García. Y ése futuro Martín, quien sabe. Igual también a algún extranjero de Polonia que pase por allí y meta tres goles en el Bernabéu, como Urban. Porque allí me enseñaron que a los africanos que venden pulseras en fiestas se les llama Webó, en señal de respeto.

Porque los osasunistas no quieren superestrellas mundiales. No. Quieren a los chavales de su tierra. Un once navarro, valiente y luchador que defiende sus colores con brío arrollador. Así es como dice el himno. El equipo con el que ‘El Rifle’ Pandiani se identificó más. Por su carácter y por su afición. Un estadio donde los ‘tacos’ del ‘Vasco’ Aguirre han sido los sermones de un domingo. Una visita a domicilio marcada en rojo para el Barça y el Madrid. Allí los grandes se dejan puntos cuando la hinchada canta el ‘Estás asustado, tu vida va en ello’ de los navarros de Barricada.

 

Porque los osasunistas no quieren superestrellas mundiales. No. Quieren a los chavales de su tierra. Un once navarro, valiente y luchador

 

Una ciudad que cuenta con el frontón de ‘pelota’ más caliente de todos, el Labrit, también llamado ‘La Bombonera’. Y quien no haya apostado 20€ de su “bote de San Fermin” en un partido entre los ‘pelotaris’ Irujo y Olaizola no sabe de lo que hablo. El ‘txupinazo’ no será el cohete más potente, pero es el que más estruendo provoca. Nueve días de eco retumbando por las calles y bares del casco viejo. Un lugar donde se venera el pincho de tortilla y la chistorra ante toda muestra de cocina de autor, que la hay y buena. Allí la gente es de Osasuna. No importan las jugadas de Messi ni los misiles de Cristiano. Allí importan los huevos de Patxi. Con denominación de origen. Como muestra del plato estrella de la casa, ahí va la canción de ‘No podrán parar a Patxi Puñal’.

En Pamplona no entienden del 14 naranja mecánico del mítico Cruyff. Me afirmaron que su número 14 es de color rojo furia, “El 14 de Josetxo, chaval”. Un deporte donde los equipos de élite no permiten practicar actividades de riesgo a sus jugadores y, sin embargo, el capitán navarro Cruchaga corría el encierro.

No será el mejor entrenador, se equivocará como todos nosotros nos equivocamos en la vida. Pero no por éso dejamos de ser quienes somos. Y por todo ello y por más, Martín es Osasuna. Y Osasuna es Martín.