En una de las escenas más memorables de The Wire, Jimmy McNulty vuelve a casa en coche después de cerrar todos los bares. Podría reventar un alcoholímetro solo con echarle el aliento. Con un ojo cerrado y el otro entornado, tarareando una canción al volante, toma una curva y choca contra una enorme columna. Él sale prácticamente ileso y el vehículo sólo ha perdido uno de los faros delanteros. McNulty regresa al coche, da marcha atrás y vuelve a tomar la misma curva, uno no sabe si para hacerlo bien o para hacerlo todavía peor. El choque es más dramático que el anterior y la escena acaba con McNulty aturdido por el golpe, sangrando, completamente ebrio y superado por la vida.

Hay quien ve en esta escena de McNulty a Luis Enrique en cada convocatoria. Un conductor desnortado, al que poco le importa lo que pasa alrededor, que choca una y otra vez con la misma piedra. Más allá de lo anecdótico del momento, es fácil imaginarse a Luis Enrique como uno más de la policía de Baltimore. Además de un razonable parecido físico con McNulty, hay una frase del mítico agente que no extrañaría escucharle al asturiano en la próxima rueda de prensa: “Pueden masticarte, pero tendrán que escupirte”.

Jimmy McNulty es uno de los antihéroes por antonomasia, una tradición seriéfila que empezó con Tony Soprano y que llega hasta hoy. Personajes imperfectos, contradictorios y complejos. Unos hijos de puta, pero nuestros hijos de puta. Este arquetipo, magnético porque en él podemos ver nuestros errores, funciona muy bien en la ficción pero no tanto en la realidad, y mucho menos en el fútbol. No hablemos ya de si encarna la figura más importante del país. Más que un seleccionador, a veces se pide un salvapatrias. Si Pedro Sánchez se somete a una sesión de control cada miércoles, a Luis Enrique lo señalan en Twitter después de cada convocatoria. Y lo que más te molesta: él parece disfrutar. En el fútbol necesitas héroes, cuentos de hadas, buenos y malos, Reyes Magos y no padres apurados por conseguir el Scalextric. Este juego se está convirtiendo en un deporte de trincheras y los que vienen con su pantone de matices te complican la vida. Luis Enrique es un personaje con grises, nada más real, nada más incómodo. Es una silla sin respaldo. El resto del anacardo que se te queda en la muela. Un jersey de lana que te pica todo el día.

Dicen que hace vaciladas en cada convocatoria. Que es un troll. Que ha conseguido aunar a los millones de seleccionadores que hay en España: todos están de acuerdo en que no están de acuerdo con él. Le clamaron que Llorente no era lateral, ahora que Gavi ha jugado tres ratitos. Si lo catalogan de antimadridista, él llama a Sergio Roberto, ahora pitado en el Camp Nou. “Disparadme”, le falta decir al final de cada convocatoria, “estoy aquí para que me odiéis”. Empatizábamos con el antihéroe cuando veíamos la cara oscura, a la que casi nadie tenía acceso. La terapia de Soprano o las borracheras de McNulty. Nunca podremos descifrar el ceño fruncido de Luis Enrique o su afonía crónica de mafioso. Esto será como todo: si gana dará igual que ponga a Doña Rogelia de delantera. El fútbol es una serie en la que solo importa el final.

 


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Fotografía de Imago.