Didier Yves Drogba Tébily se mudó a Francia siendo un niño y con un objetivo muy claro: convertirse en futbolista profesional. Hasta aquí, nada muy distinto a tantas otras historias de muchachos africanos que parten hacia el Viejo Continente hipnotizados por la misma ilusión. Las diferencias las marcaría él mismo con el tiempo. La primera vez que nos vino al oído su nombre (ya acotado simplemente como Dider Drogba) fue durante el curso 2002-2003, cuando el costamarfileño explotó con 17 tantos en la máxima categoría gala a las filas del modesto Guingamp. Pero por aquel entonces ni él mismo se imaginaba que, once años después, poco de su identidad futbolística se aparejaría a un conjunto francés. Ayer su corazón dio un brinco al quedar emparejados en los octavos de la Champions League un equipo inglés y otro turco. Chelsea y Galatasaray, sus dos casas.

Si hubiera que elegir un momento crucial entre la embutida trayectoria triunfal del ariete, éste sería sin duda el día en que Roman Abramovich decidió convertirle en una de sus primeras grandes adquisiciones para su proyecto celestial en el Chelsea. 24 millones extrajo el magnate ruso de su bolsillo para que Drogba abandonara Marsella y clavara sus tacos en el césped del Bridge. Siempre con el ’11’ en su espalda, el delantero se vestiría de ‘blue’ durante ocho temporadas seguidas. Tiempo suficiente para no dejar indiferente a nadie. Individualmente, emergió una nueva estrella. Multitud de distinciones individuales como Máximo Goleador de la Premier League o Mejor Jugador de África así lo refrendan. Y en el plano colectivo, la aventura de ‘Didi’ en las Islas también fructificó, contribuyendo decisivamente a convertir el Chelsea en una potencia exitosa tanto en Inglaterra como en el panorama europeo. Los puntos más álgidos de la historia del jugador y del club coincidieron en el tiempo.

“Soy el hombre con más fortuna de Europa”, declaró Drogba tras enterarse de lo acontecido en el sorteo de la UEFA. Hoy apurando sus últimos coletazos de genialidad en el Galatasaray -a sus 35 años volvió locos a los defensas de la Juventus en el partido decisivo de la fase de grupos-, el costamarfileño sabe que durante la próxima ronda de octavos va a reencontrarse con multitud de sentimientos. Sobre todo al pisar ese estadio que todavía hoy le idolatra como el mejor jugador que nunca haya acogido (galardón conmemorativo que le brindaron en el día de su despedida).

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Más reencuentros

Pero el destino no sólo tenía preparado para Didier Drogba el placer de coincidir con el equipo de su corazón. También se volverá a ver las caras con José Mourinho, el técnico al que se le atribuye toda la responsabilidad de convertirle en una leyenda ‘blue’. Es difícil dictaminar que es lo que realmente cambió la vida al delantero: si su ingreso en las filas del club londinense o el hecho de someterse bajo las pizarras del entrenador portugués, sin duda la persona que más ha sabido explotar su potencial sobre un terreno de juego.

Y ya para rematar el cúmulo de reencuentros especiales, cómo no destacar también que en el próximo mes de febrero ‘Didi’ volverá a enfrentarse con el otro gran ídolo que ha dado África en los últimos tiempos, Samuel Eto’o. Hoy en el Chelsea, el camerunés se atrevió a hacerle sombra durante su época triunfal como hombre gol del Barcelona. Sus duelos personales en muchas noches europeas de antaño no van a caer en el olvido con facilidad.

Drogba abandonó el hogar que le encumbró como muy pocos saben hacer: por la puerta grande. Empeñado en los mismos propósitos que su presidente, el costamarfileño no quiso despedirse hasta que no consiguió tocar el cielo con su equipo. El mismo que marcó en 2012 la deseada consecución de la Champions League. Cumplió lo prometido, erigiéndose como el máximo protagonista de un torneo que al fin voló hacia Stanford Bridge. Una competición que ahora le ha llevado a toparse con sus recuerdos más fabulosos. A jugar una eliminatoria dos veces en casa.