Hubo un tiempo en el que Florentino Pérez presidía tan fuerte que a todo aquel que contrataba le ponía la rúbrica del “ha nacido para jugar en el Real Madrid”. Alfredo di Stéfano, desde su cargo honorífico, tan encogido y tan gigante, a veces no daba crédito. La frase valía un día para Figo y otra para Owen.

Sergio Ramos fue presentado por el Real Madrid el 9 de septiembre de 2005. Aterrizó en la capital española con traje blanco, zapatos negros y oro en los dedos, una horterada solo apta para los inconscientes, es decir, para los valientes. O los temerarios. No hizo falta que Florentino reprodujera la coletilla. Saltaba a la vista que aquel chico de Camas, nariz torcida y melena brava, había nacido para jugar en el Real Madrid.

Han pasado 16 temporadas, un tiempo en el que el defensa andaluz ha logrado 22 títulos, uno menos que Paco Gento, el futbolista más laureado de la entidad, entre ellos cuatro Ligas de Campeones. Tenía 28 años cuando se hizo con la primera; hasta entonces, en la máxima competición de clubes el conjunto blanco solo había acumulado derrapes y desgracias. Desde que llegó, además, el Barça iba a ritmo de Champions cada dos temporadas. Hasta dos ciclos exitosos del eterno rival se comió el internacional español antes de levantar la Décima. El primero, el de Rijkaard y Ronaldinho. Porque Ramos ya estaba ahí -su cadera haciendo ‘crac’ y el señor del bigote pegando un bote desde su localidad- cuando el brasileño asaltó el Bernabéu. El segundo, el de Messi y Guardiola, tantas veces frenó a Leo por lo criminal, una frustración que parecía no tener fin. Hasta que saltó con todo en Lisboa.

Más que nacer para defender su camiseta, lo que ha hecho Ramos en el Madrid ha sido cambiar su historia. No es ninguna exageración. En 2014, en la primera finalísima europea del conjunto blanco después de 12 largos años, el Atlético estuvo a segundos de coger la ‘Orejona’ y llevársela al Vicente Calderón. Sergio lo evitó. Evitó la derrota, el desastre, la burla, el meme. Un cabezazo en el 93’ que selló la remontada, a corto y a largo plazo, porque como ocurrió con Mijatovic y La Séptima, aquel gol desatascó un tapón de mierda en la bañera y el agua volvió a correr. Como en el 98, llegaron varios Champions más. El empujón que necesitaba el club madridista para sentirse poderoso, para volver a intimidar, para volver a creerse mejor que el resto. Aunque a veces no lo fuera.

Cuestiones futbolísticas al margen, ahí radica la suerte de Sergio Ramos, más jerarca que capitán: nadie lo superará jamás en materia de fe. Ha creído más que nadie, en las buenas y en las malas. Y más importante: ha convencido al resto de que nada era imposible. No se retirará en el Real Madrid, como habría querido, pero este es el club de la “historia por hacer”, no la historia hecha, y su última temporada no ha jugado a su favor en el pulso mantenido con Florentino Pérez, un presidente que, entre sus dos mandatos, solo ha visto colgar las botas en el Santiago Bernabéu a Sanchís e Ilgner. Han pasado dos décadas.

Tiene edad, galones y fútbol Sergio Ramos para lograr un último contrato. No será en el conjunto blanco, donde es tan fácil nacer y tan complejo, ni siquiera para las leyendas, envejecer.


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Fotografía de Imago.