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Texto de Rubén Martínez / Declaraciones recogidas por Javier Blanco.


Tras dos décadas de ausencia, Logroño ha vuelto al fútbol profesional. En la capital riojana hay chavales que han acabado sus carreras, que se han comprado un piso o tenido un hijo, pero que todavía no habían escuchado en la radio el mítico Goool en Las Gaunas. Tras la llorada desaparición del CD Logroñés en 2009 se fundaron dos escuadras en la ciudad: la SD Logroñés y la UD Logroñés, siendo esta última su heredera más aventajada, la que el pasado fin de semana consiguió, por fin, sacar a la ciudad del ostracismo futbolístico. Después de varios intentos frustrados de ascenso, la UD consiguió hacerse un hueco en la categoría de plata tras superar en los penaltis al CD Castellón, otro de los campeones de Segunda División B. Ahora, como apunta uno de los entrenadores blanquirrojos más legendarios de la historia, Carlos Aimar, solo queda seguir haciendo las cosas bien para acabar en Primera, el lugar que le corresponde al equipo”. Para conocer de primera mano cómo se vivió la gesta en el vestuario riojano le pedimos a Rubén Martínez, extremo criado en La Masía, que nos prestase sus ojos y oídos para describir todo lo acontecido. El futbolista balear (Mahón, 1989) nos cuenta las sensaciones experimentadas en un relato cargado de emoción.

***

No suelo ponerme nervioso en las previas de los partidos, pero esta noche dormí poco (y mal). Tampoco quiero calificar como miedo aquello que sentía, por si alguien cuestiona mis 167 centímetros ‘de pura hombría’, así que vamos a llamarle respeto. Si normalmente a las diez y media estoy frito, esta vez pasaron las once, las doce, la una… y seguía sin coger el sueño. “Venga, va, Rubén, que mañana es un día especial y tienes que estar descansado”, me repetía, como el niño que quiere dormirse pronto para disfrutar de los Reyes. Yo me había portado bien todo el año -nos habíamos portado muy bien- pero la posibilidad de recibir carbón estaba al 50%. Estos play-off son un invento del demonio.

Cuando abro los ojos, Jon (Errasti) ya está incorporado en su cama. Nos vestimos sin hacer mucho ruido; en la habitación contigua sigue durmiendo César (Caneda), que se lo toma con algo más de tranquilidad. Con 41 años, más de 850 partidos oficiales y tres ascensos (dos a Primera y uno a Segunda), ya ha aprendido a despertarse solito. Mientras bajamos las escaleras hacia el restaurante del hotel, sonrío: “Voy bien del gemelo, Jon”. Este, cómplice, me lanza una carantoña al cuello. Sabe, como yo, que por poco no me pierdo aquella final.

Fue apenas dos semanas y media antes. Estábamos jugando un partidillo preparatorio cuando alguien puso un centro que intenté rematar de cabeza. Al caer, un defensa me pisó involuntariamente con los tacos, pero tampoco le presté demasiada atención. Al término de la sesión, y con la pierna ya hinchada y morada, me hicieron unas pruebas: tenía dos roturas en el gemelo y muy poco tiempo para recuperarme. ¡Vaya putada! Me había preparado a conciencia durante el confinamiento y me veía muy, muy bien físicamente. Ahora me tocaría verlo desde la grada.

El médico del club, que vio mi cara, intentó quitarle hierro al asunto diciendo que este tipo de roturas -con tacos- suelen cicatrizar mejor. “Aun así, vamos a llegar muy justos al partido, si llegamos”, me avisó. Desde aquel momento me puse a trabajar al margen del grupo: unas seis o siete horas al día de máquinas, fisios y demás. Como decidimos callarnos para no dar pistas al Castellón, tampoco podía compartir mi incertidumbre con amigos o familiares, y las dos semanas se volvieron eternas. 

El hotel del equipo en Estepona tenía unas inmejorables vistas al mar.

Ya el domingo antes del partido corrí de nuevo, pero fruto de la inactividad se me cargó el gemelo y volvieron las dudas. El lunes me lo tomé de descanso -como estaba previsto- y el martes me probé en un partidillo con el resto de los compañeros. Para sorpresa de todos, mi equipo ganó 3-0 y yo anoté los tres goles. Respiré aliviado: puedo estar en La Rosaleda. Me preguntó el míster y le contesté que “yo no voy a perderme un partido así”, y que “me ponga a jugar hasta que pete”. Tenía muy claro que, después de haber peleado tanto, iba a tomar los riesgos que fuesen necesarios.

Pensando en todo esto acabo de llenarme el plato del bufé y me dirijo a la terraza, donde ya desayunan algunos de mis compañeros. Las vistas son preciosas, el cielo está despejado y me parece ver el mar más azul que de costumbre. Jugueteando con la cucharilla del café empiezo a pensar en mi familia, en aquellos que habían peleado tanto para verme donde estaba. Se me viene a la cabeza la imagen de mis padres cargando el coche cuando nos mudamos de Menorca a Barcelona. Me llamaron de La Masía cuando tenía 12 años y mi padre, que era policía, pidió el traslado ipso facto. Aunque el inspector Martínez murió antes de que yo cumpliera los 19, le seguía debiendo una alegría como esta.

La vida de un futbolista no es tan fácil como la gente cree. Siendo prácticamente un adolescente te marchas de casa, sin tener ni idea de la vida, y dejas atrás a las personas que más quieres. No estás en los momentos más importantes de tu familia: cumpleaños, bodas… A mis sobrinos, que tienen 12 y 13 años, los veo poquísimo. Sé que están muy pendientes de mis partidos, pero nunca será lo mismo. Los ves crecer en fotos y videos, sin poder tocarlos, abrazarlos, y se hace bastante duro. Pensando en los míos, en mi chica (Mireia) y en mi hijo (Leo) apuro el café de un trago. Como si fuera un vaso de chupito, golpeo con fuerza la mesa antes de dirigirme a la habitación: “Lo haré por ellos”, me digo entre dientes.

El resto del día transcurre tranquilo en el hotel. Parece que la gente siente su parte de responsabilidad y tiene pocas ganas de bromear. A diferencia de la temporada anterior, en la que el play-off era un premio y el hipotético ascenso un regalo, en esta hemos sido tremendamente ambiciosos desde el principio. Sabíamos que oportunidades como esta no vuelven y teníamos que aprovecharla. Jamás contemplamos otra cosa que no fuera el ascenso, y ahora estamos a un paso de lograrlo.

 

“A diferencia de la temporada anterior, en la que el play-off era un premio y el hipotético ascenso un regalo, en esta fuimos tremendamente ambiciosos desde el principio”

 

En el autobús hacia el estadio vas pensando en todo, calibrando qué puede ocurrir bien y mal durante el encuentro y visualizando el enorme premio que está en juego. Yo, particularmente, me siento en deuda con Logroño y voy especialmente motivado. En mis 30 años jamás había estado más de una temporada en un equipo, pero esta ciudad y esta afición son geniales, y me han dado la estabilidad que necesitaba. Nos han arropado mucho, tanto a mí como a mi gente, y cuando se portan así contigo solo puedes dejarte la piel e intentar responder sobre el campo lo mejor posible. 

Una vez en Málaga, de nuevo el cague: el test del termómetro. Por cualquier motivo te sacan unas décimas, aunque sea por otra movida, y se lía. Es un miedo paralizante, muy parecido al que sentíamos cuando nos hacíamos las pruebas del Covid: realmente no sabes si te has podido contagiar en el parque con el niño o en la cola del supermercado, no depende solo de las precauciones tomadas. Gracias a dios todo sale correcto y entramos en el estadio. De camino al vestuario (nos tocó el visitante) me invaden los sentimientos. He de recordar que mi primera experiencia en el fútbol, recién acabada mi etapa en el juvenil del Barça, fue en el Atlético Malagueño. Que esté en La Rosaleda jugándome el partido más importante de mi vida tiene que ser una señal, hay que cerrar el círculo.

Dejo las cosas en la taquilla y salgo al césped para intentar relajarme un poco y desconectar. Las sensaciones son extrañas, no acaba de acostumbrarse uno a esto del fútbol sin aficionados. Saludo a un par de colegas del Castellón y me fundo en un gran abrazo con Pintu, el delegado de nuestro equipo, al que noto algo nervioso y sensiblón. Pintu es un tipo cariñoso, humilde y simpático que se merece todo lo bueno que le pase. “Venga, que lo vamos a conseguir”, le susurro al oído justo antes de que nos llamen a la caseta.

Tengo que reconocer que enfilo el camino a vestuarios creyendo que iba a ser titular, pero no lo soy. Sergio (Rodríguez) acaba de dar su charla técnica y, como suele hacer antes de cada partido, gira la pizarra descubriendo el once titular. “Hostia, no estoy”. Aquello me deja un par de minutos chafado, pero al momento cambio el chip: hay un objetivo común muchísimo más importante que el ego de cualquiera, en este caso el mío. Antes de saltar de nuevo al verde me hago el remolón, cojo el móvil y le mando un mensaje a Mireia. “No juego”, le pongo. Mi mujer me contesta: “No pasa nada, lo vas a conseguir; lo vais a conseguir. Disfruta mucho, que esta es la oportunidad que esperabas”, y ya no me hace falta nada más. Me centro en poder ayudar cuando sea y en lo que me pida el míster. 

El partido empieza raro. En el campo, vacío, pueden escucharse todos nuestros gritos. Tenemos miedo hasta de pedir el pase atrás cuando llegamos hasta línea de fondo: nos da pavor que el central nos escuche, corrija su posición y nos pillen al contragolpe. Aunque empezamos el choque algo inquietos, protestando cualquier cosa desde el banquillo, Sergio nos pide rápidamente que dejemos de actuar así: no podemos transmitir nuestros nervios a los compañeros que están sobre el verde. Desde ese momento nos limitamos a animar, especialmente cuando todo se pone en contra.

Si algo tenemos claro y habíamos trabajado en los dos meses y medio previos a la final es que todo se puede ir al traste si fallamos en el balón parado. Dicho y hecho: minuto 15 de partido y Lapeña se eleva más que nadie, conecta un cabezazo y nos deja en desventaja. 1-0. En ese momento te quedas conmocionado, y un montón de pensamientos negativos se te agolpan en la frente. Llego a sentir hasta pánico de la reacción que puedo tener si no remontamos el partido. Pero de repente alguien alza la voz desde el banquillo, nos acordamos de la gran recompensa que nos espera y, poco a poco, vamos recomponiéndonos sobre el terreno de juego. 

Con algunas dudas en los minutos finales llegamos al descanso. La gente camina hacia el vestuario cabizbaja, alguno da en la pared un golpe de frustración, pero tras entrar el entrenador se hace de nuevo el silencio. A Sergio Rodríguez lo conocemos muy bien, es parte de lo bueno que tiene apostar un proyecto largo: sabemos perfectamente qué espera de nosotros en cada momento. Una de las cosas que más admiro de Sergio como técnico es su personalidad lineal y serena. En la UD Logroñés ha vivido de todo: desde verse con la soga al cuello hasta conseguir, como ha ocurrido esta temporada, llevarnos al parón como líderes del Grupo II y siendo el club con más puntos de toda la Segunda B. Pero él no se deja llevar por las emociones, y gestiona todas las situaciones con la misma prudencia y compromiso. Ni peca de euforia en los buenos momentos ni pierde la compostura en los malos. Esto, que puede parecer una tontería, aporta mucha estabilidad a los futbolistas.

En cuclillas, mirándonos uno a uno, el entrenador nos pide tranquilidad y nos promete que está por llegar nuestra oportunidad. “Vamos a remontar”, asegura. No lo dice con la boca pequeña, lo expresa con rotundidad porque está convencido, y esto cala entre los allí presentes. Ya nos ha pasado muchas veces: algo que el cuerpo técnico nos ha adelantado en la caseta se ha acabado cumpliendo sobre el verde, y esto nos ha llevado a confiar plenamente en ellos. Los que antes se tapaban la cabeza con una toalla y miraban huidizos sus botas ahora aprietan el puño, asienten convencidos y dan palmadas de ánimo. Ya en ese momento me mandan salir a calentar, e intuyo que voy a saltar pronto al terreno de juego. 

Entro en el minuto 60, aproximadamente, justo en un bache de juego del equipo. Me llama el segundo, Javi Pina, para darme instrucciones, pero le escucho como el que oye llover. Creo que me llega un rumor lejano que habla de tácticas, pero yo solo pienso en que deje de hablar y que el colegiado me dé el ok para entrar en el campo. Cada segundo que pase con él es un segundo menos que voy a estar sobre el césped. Llega el momento, el cuarto árbitro levanta la tablilla y muestra el ‘11’. Se me acerca Sergio: “Rubén, abre el campo, pero cuando el lateral suba pégate a él, ciérrate”. Pongo el mismo gesto de aprobación que con Javi: “Llevamos dos meses y medio preparándonos para esto, sé perfectamente lo que esperáis de mí y voy a dároslo”, le digo con la mirada. 

Con los primeros balones que toco ya voy sintiéndome cómodo, el gemelo no me da problemas y veo cómo nos acercamos al área rival con peligro. Pero los minutos siguen pasando. En el 78’ llega la jugada del gol fantasma, la que pudo habernos dado la victoria en el tiempo reglamentario. Recibo un centro lateral de Zelu que ni Muguruza, el central ‘orellut’, ni yo acertamos a conectar. Aunque por la diferencia de peso y estatura me carga y me desequilibra, veo que el balón queda suelto, en una posición franca de disparo, y lo golpeo con todas mis ganas. A pesar de darle con la derecha, la de subir al autobús, el chut coge potencia y sobrepasa al portero, da en el larguero y veo, claramente, que bota detrás de la línea. El árbitro no ve lo mismo y extiende los brazos: “sigan”.

Instante en el que el disparo de Rubén Martínez bota dentro de la portería defendida por Álvaro Campos.

Es entonces cuando me acuerdo del trabajo mental que he venido haciendo todos estos meses. Como le comentaría más tarde a Mireia, una de las cosas de las que me siento más orgulloso es de haber conseguido que esa jugada no me sacara del partido. No me pongo nervioso, no doy gritos ni me desespero, que es lo que hubiera hecho hace años. Desde el banquillo me confirman que el balón ha entrado, voy al colegiado y se lo digo, con toda la tranquilidad del mundo: Arbi, que sepas que todos nos equivocamos, que lo entiendo, pero la pelota ha pasado la línea, lo han visto por la tele. Ha sido gol”

En esta ocasión, la experiencia me ayudó a no tirar unos minutos que nos costaron todo un año conseguir. Siempre que quiero relativizar una situación adversa y sacar lo mejor de mí me pongo en lo peor, y eso hice. Suelo acordarme de mi etapa en el Celta, cuando tenía 22 años y estaba cerca del primer equipo, pero una fractura de tibia y peroné frenó en seco mi progresión. Desde entonces me han tocado vivir más frustraciones que alegrías, así que no desaprovecharía ni un segundo de esta oportunidad única. Los golpes te duelen, pero también te curten.

Aprieto los dientes, agacho el culo y sigo corriendo. De fondo oigo los gritos de nuestro portero suplente, Pablo Fid, que no ha parado de animar durante todo el encuentro. De repente se oye un silbato: ¡penalti! “¡Vamos!”. Cometo la imprudencia de celebrar la decisión como si fuera un gol, pero es que tengo confianza plena en Andy, nuestro especialista. Es un tipo que, si pasa nervios desde los once metros, jamás los exterioriza. Coge carrerilla, engaña al portero y adentro. Es el minuto 83, volvemos a estar igualados. Cierro los dos puños y pienso “ganamos el partido”.

Aun así, la euforia dura poco. Todo se complica con la expulsión de Siddiki a un minuto del final. Tocaba remar a contracorriente, pero ya no teníamos tanto miedo a naufragar en la orilla, el gol nos había dado fuerzas extra. En ese momento te recompones como puedes y asumes que has de morir con las botas puestas. En los momentos críticos siempre hay un aficionado que desde la grada grita tu nombre, que te hace apretar las tuercas, pero en esta ocasión nos falta ese calor de la hinchada, así que le pido a los compañeros del banquillo que no dejen de ayudarnos. 

Sentir el aliento de los nuestros nos espolea y hacemos una prórroga increíble, a mí no se me ocurre ponerle un pero. Con un jugador menos aguantamos al Castellón e incluso tenemos alguna oportunidad de anotar, pero el destino nos envía a la lotería de los once metros. Yo tenía la certeza de haber trabajado muy bien los penaltis, pero al final te juegas los sueños de una vida entera en un cara o cruz. Ya no depende ni de las habilidades técnicas de los lanzadores. Mira el ‘10’ de ellos, Rubén Díez, que es un jugadorazo, hizo un partido muy bueno y acabó fallando su lanzamiento.

Me gustaría haber tenido un marcapasos, eso sí, nunca he sentido una presión como aquella en el pecho. Cuando veo que Miño le para el tercer lanzamiento a Gálvez, y que nosotros solo necesitamos meter uno para pasar, se me destensan los músculos. Sé que el ascenso ya es nuestro. Aunque Dami (Petcoff) no puede anotar el suyo, mi tocayo se hace eterno deteniendo el chut de César Díaz. ¡Estamos en Segunda, no podemos creérnoslo!

La U.D. Logroñés, con Rubén Martínez en el centro, celebrando el ascenso sobre el césped de La Rosaleda.

En ese momento corres, no sabes muy bien a dónde ni con quién; como diría Toshack: “como pollo sin cabeza”. Supongo que en dirección al portero, pero tampoco me acuerdo muy bien de lo que hago ni de lo que digo, estoy en estado de shock. Ya no te duelen las piernas y vas chocándote con todos; saltando, gritando, bailando. “Lo hemos conseguido, lo hemos conseguido”

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, no paramos de repetir. Aquella fiesta se prolongará hasta altas horas de la madrugada, pero de eso no contaré nada si no es en presencia de mi abogado. Sí que diré que la sensación justo antes de dormirme, con los rayos de sol entrando por la ventana del hotel y yo espatarrado de satisfacción en la cama, fue única. Ese duermevela etílico lo voy a recordar para siempre.

Entre unas cosas y otras, estamos casi dos horas celebrándolo en el estadio. Me da tiempo a abrazarme con todos y cada uno de los de la expedición. Te acuerdas de los momentos vividos, de los buenos y de los malos, y sientes que todo ha valido la pena. Me doy una vuelta de 180 grados observando el precioso estadio blanquiazul: “Para esto hemos trabajado -le comento al primero que pasa por mi lado-, para venir a jugar a campos como este, para que a Las Gaunas vayan equipazos como el Málaga, el Espanyol o el Leganés. Joder, cuánto me alegro por la afición… ¡Y por nosotros!”.

Veo entonces a Pintu, me río de él y le digo que le va a tocar llorar. Al momento lo estamos haciendo los dos, a moco tendido y con los brazos entrelazados. Es un llanto de emoción, de placer por lo logrado, en el que expulsamos toda la tensión que teníamos dentro. Nunca pensé que una llorera iba a sentarme tan bien. 

En cuanto pasa toda esta vorágine me escabullo rápido a por el móvil para hacer una videollamada con las mujeres de mi vida: mi madre y mi mujer. Mi madre ha sido mi gran apoyo siempre, sin ella no podía haber llegado aquí, la adoro y nunca podré devolverle todo lo que ha hecho por mí. Pero cuando veo a Mireia, la mamá de Leo, se me viene abajo todo. Se me quiebra la voz. No me hace falta ni hablar con ella para romper a llorar como una magdalena. ‘Mire’ lo había dejado todo por mí. Al final es tu pareja y lo elige, está claro, pero no dejas de sentirte responsable. Ella abandonó todo lo que tenía por amor, para que yo alcanzase mis sueños, y se ha comido con gran aguante todos los reveses y desvelos de este maldito deporte. Si las frustraciones se comparten, los éxitos todavía más. Sin mi mitad favorita no hubiera conseguido ni un cuarto de lo que tengo, así que sorbiéndome los mocos y balbuceando logro decirle: “Lo hemos conseguido, gordi. Esto es tuyo, nuestro, y de todo Logroño. Por fin podemos vivir la parte bonita del fútbol.

 


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Fotografías de la Unión Deportiva Logroñés, cedidas por Rubén Martínez.