Recuerdo aquel 11 de setiembre del 2010 como si fuera hoy. Antes de salir, que aquellos días eran las fiestas de Olot, fuimos, junto a Alex, a un bar a ver un partido de aquel Barça que acababa de conquistar el cielo de la mano de Guardiola. En aquellos días livianos, etéreos, a medio camino entre el final de las vacaciones y el regreso al instituto, en los que nada parece importar demasiado ni ser definitivo, y entre quien sabe cuántas cervezas, ni siquiera nos molestó que Nelson Valdez, bien escoltado por el mítico David Trézéguet, dinamitara los cimientos del Camp Nou con dos goles inmortales e inolvidables para la hinchada del Hércules. Y para mí, que desde aquel feliz 11 de setiembre del 2010, y, sobre todo, desde aquel triste 5 de octubre del 2011, siempre me he sentido un poco unido al conjunto alicantino.

Visto con perspectiva, y analizando su plantel, aquel Hércules que en la segunda jornada de la liga se impuso al Barça con un legendario 0-2 era un equipo con el que resultaba imposible no simpatizar. Los mencionados Valdez y Trézéguet, junto a Royston Drenthe, Abel Aguilar, David Cortés y Matías Fritzler, se sumaron, en aquel verano del 2010, a los Juan Calatayud, ‘Juanra’ Cabrero, Sergio Rodríguez (‘Rodri’), Abraham Paz, Paco Peña, Tiago Gomes, Javier Farinós, Francisco Rufete, Kiko Femenía, Sendoa Aguirre, Cristian Hidalgo, Jorge López (‘Tote’) o Javier Portillo; que unos meses antes habían logrado devolver el Hércules, por fin, y casi tres lustros más tarde, a la máxima categoría del balompié español.

 

El Hércules hizo realidad el sueño de regresar a la élite al vencer al Real Unión en la última 
jornada, en un 19 de junio del 2010 eterno e inolvidable para la afición del José Rico Perez

 

Después de acabar cuarto en la temporada 2008-09, a apenas tres puntos de un Tenerife que subiría a Primera junto al Xerez y el Zaragoza, el casi centenario conjunto del José Rico Pérez supo sobreponerse al duro revés encajado y, empujado, también, por los tantos de Ionel Dănciulescu (10) y Andrija Delibašić (9), firmó una gran temporada. Tras proclamarse campeón de invierno, y a pesar de una pésima racha de resultados en el tramo inicial de la segunda vuelta, se plantó en la última fecha del campeonato de la categoría de plata sabiendo que dependía de sí mismo para hacer realidad el sueño de regresar a la élite.

Con la Real Sociedad y el Levante ya ascendidos, y con un solo billete a Primera en juego, el equipo de Esteban Vigo, que había recalado en Alicante tras subir al Xerez a Primera División por primera vez en toda su historia, visitó el Stadium Gal para medirse al Real Unión notando el aliento del Betis en la nuca. Las cuentas eran más que claras tanto para los alicantinos, que se aseguraban el ascenso sumando los tres puntos, como para los sevillanos, que, a la misma hora, debían derrotar al Levante en el Estadio Ruiz de Lopera y rezar para que el Hércules no consiguiera el triunfo ante un Real Unión con el agua al cuello.

Pero, sabiéndose a tan solo un paso de la gloria, el Hércules no falló aquel 19 de junio del 2010. Apenas habían transcurrido 17 minutos, de hecho, cuando Portillo, que había recalado en Alicante en invierno, procedente de Osasuna, culminó, desde dentro del área pequeña, una gran jugada del catalizador de los ataques blanquiazules, Tote. Y, ya al inicio de la segundo mitad, una internada del propio Portillo desde el flanco derecho del ataque alicantino propició un gol en propia portería de Iñaki Descarga que ratificó el ascenso del Hércules y el descenso a Segunda B del Real Unión, que se despidió de la categoría de plata junto al Cádiz, el Murcia y el Castellón.

El éxtasis y la decepción afloraron, a la vez, sobre el césped del Stadium Gal al finalizar el encuentro. La afición del Betis, que acababa de atropellar al Levante con el 4-0 más agridulce de la historia, se desgañitaba al grito de “¡Lopera vete ya!” al constatar que debería permanecer un curso más en el infierno, a pesar de haber iniciado el año futbolístico siendo el gran rival a batir y el principal candidato al ascenso y de haber contado con el presupuesto más alto de la categoría y con futbolistas internacionales, como Achille Emaná, David Odonkor, Mehmet Aurélio, Sergio García o Capi. El conjunto verdiblanco acabó el curso con los mismos 74 puntos que el Hércules y el Levante, y a tres de la Real Sociedad y con seis más que un Cartagena que se erigió en la gran revelación de la temporada al ser quinto, pero los resultados de los enfrentamientos directos entre los tres equipos beneficiaron a los dos conjuntos valencianos y alejaron a los andaluces del tan anhelado ascenso.

 

El José Rico Pérez sigue refugiándose en el pasado para soñar con un futuro más feliz que el 
presente. Para soñar con revivir aquel 19 de junio del 2010 o aquel 11 de septiembre del 2010

 

Pero, a pesar de que en la primera vuelta batió al Barça y al Sevilla y goleó al Levante, al Málaga y al Atlético de Madrid, el Hércules se hundió en el segundo tramo del campeonato y su vigésima aventura en la máxima categoría no fue más que un breve paréntesis, que un oasis en el árido desierto que ha atravesado en la segunda década de este siglo, marcada por una grave crisis deportiva, económica e institucional. El club entró en una espiral negativa que en solo tres años llevó al primer equipo de vuelta a Segunda B. Y ahí sigue seis años después, y ahí seguirá por séptima temporada consecutiva (gracias a que el coronavirus ha obligado a suspender la competición sin descensos). Porque, en el momento en el que la liga se canceló sine die, el Hércules, que esta temporada ha tenido tantos entrenadores como victorias ha conseguido (5), era antepenúltimo en la clasificación del grupo III de Segunda B.

Desde que en los años 30 comenzó a labrarse un nombre en la élite del fútbol español, el Hércules nunca había estado tantos años seguidos sin pisar el fútbol profesional. Y mientras el verde de la corona de laurel de su escudo luce cada día más apagado, y cada año más amarillento, la afición del José Rico Pérez sigue refugiándose en el pasado para soñar con un futuro más feliz que el presente. Y para soñar con revivir aquel 19 de junio del 2010. O aquel 11 de septiembre del 2010.

Aquel 11 de setiembre comenzamos viendo como el Hércules escribía una de las páginas más gloriosas de su historia, y terminamos, bien entrada la madrugada, en la planta -1 del parking de la casa de Alex; haciendo la antepenúltima, la penúltima y la última mientras hablábamos sobre cualquier tontería. Aquella noche aprendí que, con moco, los escupitajos llegan mucho más lejos. Y aquel 5 de octubre del 2011, el día en el que la vida se cebó con un chaval de 16, aprendí que, tal y como hemos constatado durante estas grises semanas, perdemos demasiado tiempo anhelando grandes cosas sin entender que la felicidad está en las pequeñas, y sin comprender que lo que más recordaremos cuando alguien nos deje y miremos hacia atrás para reencontrarnos con él son los Barça – Hércules, las tonterías, las clases de escupitajos, un porro a las 4 de la madrugada o una sonrisa.