Solo quedan 180 minutos para saber quienes serán los 16 aspirantes a levantar la ‘orejona’ en la recta final del torneo y aún hay muchas papeletas en juego. La cuarta jornada de la Champions League ha dejado, como siempre, sensaciones dispares entre los 32 participantes de esta edición. Cal para estos, arena para aquellos. Extrañas sonrisas en unos rostros y lágrimas de emoción en otras caras. Es tan fina la línea que separa los sentimientos contrapuestos que el cuerpo humano -ininteligible, imprevisible y sorpresivo como él solo-, ante la espontaneidad del momento, es capaz de reproducir gestos, expresiones, que no concuerdan con la lógica del momento. ¿Por qué lloras cuando marcas tu primer gol en la mejor competición de clubes del planeta? ¿A qué se debe esa sonrisa picarona de Jürgen Klopp después de caer en el feudo a priori más sencillo de los que tenía que visitar en la fase de grupos? Quizá no haya respuesta a ninguna de estas preguntas. O puede que la única respuesta la tenga el balón, pese a que no nos quiera dar explicación alguna.

 

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Entre telas de araña, rascacielos neoyorquinos y archienemigos de lo más macabros, Peter Parker se planteaba los pros y los contras que conllevaban ser un héroe que debe salvaguardar a su gente de la tragedia: “Independientemente de lo que me depare esta vida, nunca olvidaré estas palabras: ’Un gran poder conlleva una gran responsabilidad’. Esa es mi virtud y mi maldición”. En esas andaba Harry Kane por los verdes prados de Wembley cuando la clasificación para los octavos de final pintaba más negra que nunca. 0-1 en el marcador y el minutero avanzando impasible mientras el resto de mortales eran incapaces de rascar algo positivo frente al entramado defensivo tulipán. Y cuando todo parecía perdido, cuando los Spurs no podían ver nada más que el abismo, apareció una vez más el Huracán para calmar las aguas. ¿Su virtud? El instinto asesino que le ha llevado a celebrar 13 tantos en 14 apariciones en la Champions. ¿La maldición? El martes, seguramente, solo se escucharían maldiciones en el vestuario visitante al término del partido, acordándose los holandeses de toda la estirpe de los Kane.

 

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“Es hora de empezar a andar, se acabaron las lágrimas. Es hora de empezar a andar. ¡Rompe tu jaula!”, cantaban Huecco y Hanna para salir del pozo. En su debut en la Champions League, Malcom de Oliveira se aplicó el cuento. Tiró abajo los barrotes que le separaban del césped, coló su disparo por un pequeño hueco en el arco de Handanovic y las lágrimas, por suerte, fueron de alegría.

 

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En Pilsen, el Real Madrid jugó al son de lo de que Karim Benzema quiso. Y es que cuando el lionés se desquita de todos los males que le persiguen desde el primer día que se enfundó la camiseta blanca allá por 2009, su fútbol y el de los que se mueven a su alrededor entran en otra dimensión. Si no piensa en las ataduras de llevar a la espalda el ‘9’ sin ser realmente un ‘9’ al uso, si se olvida de sus batallas acústicas con la afición de Chamartín y si su rostro deja de ser el de un tío apático que pasaba por ahí y se ha calzado las botas para echar un ratillo sobre el pasto, el fútbol sonríe. Sonríe por la estética que cobra, por su sutileza. Sonríe cuando el galo aparece, desaparece, combina, cede espacios y disfruta arrancando desde la posición de ariete sin querer cobrar ese papel de killer porque no va con su rollo. Sonríe porque hay diversión, espectáculo, magia, fantasía. Ya lo dijo él tras el encuentro: “A veces la gente no entiende lo que hago sobre el campo”. Y cuando Karim quiere que le entiendan, la gente y el fútbol sacan la mejor de sus sonrisas.

 

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Una de las imágenes de la jornada europea nos la dejó el Oporto-Lokomotiv de Moscú. El chubasquero de Iker Casillas bajo la cortina de agua que caía sobre el Estadio do Dragao era, cuanto menos, llamativo. Les fue bien. Ganaron, golearon y salieron de ahí con una sonrisa. Al mal tiempo, buena cara.

 

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Jose Mourinho es uno de los mayores antagonistas que ha tenido la historia del fútbol. Provocador, irritante e incluso un poco malévolo. Nunca sabes por dónde irán sus tiros; ni en la victoria ni en la derrota. Si te gana, dependiendo de cómo lo haga, es tan capaz de sacar de quicio a 40.000 turineses con el simple gesto de llevarse la mano cerca de la oreja, como de presentarse en el vestuario rival para felicitar el trabajo enemigo. Si cae derrotado, más de lo mismo. O raja a diestro y siniestro de todo aquel que se entrometa en su camino o tira de argumentos insostenibles y desafiantes o ensalza al rival hasta el punto que no sabes si realmente piensa eso o lo contrario. Mourinho es así, es el malo de la peli que aunque quieras que acaben con él, sin entender muy bien por qué, le acabas pillando cariño. Puede que sea porque al final los malos no lo son tanto como quieren aparentarlo y todo lo resuman las palabras de Heath Ledger actuando magistralmente como uno de los mejores villanos de la historia: “No me vas a matar por tu absurda sensación de superioridad moral y yo no te voy a matar porque me divierto mucho contigo. Tú y yo estamos condenados a seguir así de por vida”. Hasta que a Mourinho le apetezca, tendremos a un villano en los banquillos.

 

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Llegó a un equipo en ruinas y, con el pasar de los partidos, más que una reconstrucción, lo que se atisba es una demolición arrolladora. Antes de saltar al césped se conocía la detención del presidente Dmitri Rybolovlev por corrupción. A la media hora, ya iban 0-3. ¿Dónde te has metido, Tití?