Acaba enero, pasamos la primera hoja del calendario y respiramos aliviados. Otro cigarro en la boca, otro día comiendo ese donut tentador, otro cobro del gimnasio, otro ‘mañana voy y lo hago’, otro año de promesas que no querías prometerte y acaban incumplidas. Si es que febrero es increíble. Los enamorados tienen un día reservado única y exclusivamente para ellos y los que no los aguantan tienen un día reservado para meterse con ellos, con su santo y su afán por buscar otra excusa consumista. Redescubres un nuevo botón en el cinturón después de empalmar sobremesa tras sobremesa con un cuñado, un tío o un primo del que no vuelves a saber nada hasta el próximo diciembre. Te despides a trompicones de la cuesta de enero, de sus dispendios y los días cada vez proyectan más minutos de luz. Además, la guinda sobre la alucinante tarta que es este mes de febrero es la vuelta del balón estrellado, el retorno de la mejor competición de clubes del planeta. Gracias, querido febrero.

 

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“Estoy preocupado porque me faltan jugadores clave”, reconocía Thomas Tuchel antes de visitar Old Trafford. Sin Neymar, sin Edinson Cavani y contra un Manchester United renacido desde la llegada de Solskjaer, los sudores fríos recorrían a sus anchas por el cuerpo del técnico alemán hasta que las diabluras de Ángel Di María y la frescura de Kylian Mbappé efervescieron las dudas de su entrenador. Uno, a sus 30 años, escurriéndose y percutiendo como siempre en el área cual pieza de pasta recién salida de la olla; el otro, como si de un juego de niños se tratase, sumando su enésimo tanto en otra de las mejores plazas europeas con apenas 20 años. Ya lo decía Santiago Bernabéu, “no existen jugadores viejos o jóvenes, los hay buenos y malos”, y Tuchel, de momento, puede respirar tranquilo, porque los suyos buenos son un rato.

 

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Sufrir. En innumerables tiempos verbales, en excesivos tramos del partido, en ataque, en defensa, en fases de creación, en periodos de contención. En todo. Las crónicas post-partido sentenciaban todas la misma idea. Pablo Pérez, en El País, expuso que “sufrió de lo lindo”; para Marca, Jose María Rodríguez escribió que el equipo “visitó el infierno”; Miguel Herguedas habló de “un campeón empequeñecido” en El Mundo; y, en el As, Luis Nieto definió a un grupo “encogido, sin la pelota, superado en casi todo”. Quien no viera el duelo, no supiera el resultado final o dejara a medias la lectura de los cronistas, en caso de no conocer a los contendientes, pensaría que aquello acabó en goleada a favor de unos jovenzuelos que tiraron la puerta abajo para presentarse al mundo como la nueva generación de oro. Vaya hecatombe, ¿eh? Pues no. El problema para esos muchachos fue el mismo que han vivido tantísimos equipos a lo largo del último lustro: los que estaban en frente. 1-2, el billete a cuartos más próximo que lejano e infinitas preguntas en el aire que tampoco esperan respuesta. Bienvenidos a la vida del Real Madrid.

 

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Precioso el You’ll never walk alone. Muchos quilates a cada lado del tablero. La estampa inicial, hermosa. Pero los 90 minutos de Anfield, donde la llanura de los de Klopp chocó con las medidas profilácticas de Kovac, se jugaron con la mente puesta en los 90 siguientes en Múnich. Tablas y todo por decidir.

 

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Es salir de casa y las puertas hacia el paraíso se le cierran al Barcelona en noches europeas. Como si más allá de las porterías del Camp Nou para los azulgrana no se atisbara nada más que la oscuridad. Se ahogó en dos ocasiones a orillas del Manzanares, se le fundieron las ideas en una nefasta noche en la ciudad de la luz, Turín fue un baño de realidad tras un milagro y Roma despedazó miles de corazones, rotos por un juego, un estilo y un amor propio que no comulgaban con su camiseta. Quizá regresar de Lyon sin festejar goles difuminó la facilidad con la que los de Valverde encontraron pasillos para verse en situación de gol, pero siguen consumándose pobres resultados lejos de casa y solo en el recuerdo ya quedan esos tiempos en los que daba más miedo recibir al Barça que no el propio temor del Barça a ser el invitado del convite.

 

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Lo de Diego Costa este miércoles fue la representación máxima de la identidad atlética. Correr, pelear, incordiar, caer, fallar -porque vaya fallo- y volver a intentarlo. Asfixiar, presionar, contagiar, molestar, tropezar y seguir combatiendo. A cada viso de peligro; otra oportunidad para presentarse ante Bonucci y Chiellini con el cuchillo entre los dientes. A cada error; otra excusa para volver a oler sangre. Y así hasta el último segundo que se sostuvo en pie sobre el césped. Cierto es que ya no estaba ahí cuando se marcaron los goles, pero él fue uno de los grandes culpables de la victoria. En noches como esta, el de Lagarto mejor en mi equipo.