Decía Quevedo que “siempre se ha de conservar el temor”, aunque hacía hincapié en que ese sentimiento, esa emoción, “jamás debe mostrarse”. En la vuelta de las semifinales de esta edición de la Champions League, loca e imprevisible como hacía años que no se mostraba la mejor competición de clubes del planeta, hubo pánico y miedo a mansalva. Unos supieron sobrellevarlo, fueron capaces de mirarlo a los ojos, retarlo y superar las dudas que les habían conducido al pánico, mientras escondían esos mismos temores bajo llave, a buen recaudo, para que nadie se enterara que ellos también sufrían. Otros, conmocionados, revelando aquello de que los ojos son el reflejo del alma, desnudaron su pánico y acabaron pereciendo a orillas de la final de la Liga de Campeones.

 

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La del 7 de mayo de 2019 fue la noche en que vimos a adultos inmersos en plena treintena, a campeones de todo, a futbolistas que llevan una década dominando en la élite, tiritar ante un escenario que si ya de por sí intimida, aquel martes lo hizo aún con mayor fuerza. Se comieron tanto el coco con Roma que solo tardaron siete minutos, los mismos que necesitó Divock Origi para dar esperanza a los suyos, para chocarse con el Coliseo en la ciudad de los Beatles. Si para los gladiadores “había un sueño que era Roma”, a los culés esa imagen se les presentó como la peor de las pesadillas, como un clavo ardiendo del que les fue imposible desquitarse. Tras cada gol del Liverpool, un dejà vú infranqueable para sus mentes les desviaba hacia sus últimas desventuras por los mejores céspedes de Europa. Tras cada gol del Liverpool, tembleque de piernas, sudores fríos, miradas perdidas. Tras cada gol del Liverpool, sus caras eran el fiel reflejo de impotencia, incredulidad y sumisión. Tras cada gol del Liverpool, el Barça no encontró nada más que el abismo.

 

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De la manera más cruel, de la manera más dolorosa, el Ajax de Ámsterdam escribió, sin quererlo, el final de su precioso cuento de hadas. Como la Naranja Mecánica de sus progenitores que reinventó este juego en el 74, como la Brasil que enamoró al mundo entero en el Mundial’82, este Ajax, juvenil, descarado y valiente, se ha ganado un lugar entre aquellos campeones que no necesitaron levantar un título para sentirse como tales. El pánico, en este caso, no lo reflejaron los ‘ajacied’ en ningún momento. Desde luego que no. Aquí, los temores los evidenciamos todos aquellos que hemos disfrutado de este maravilloso equipo. Porque nos dan pánico los faraónicos proyectos que imaginan torneos exclusivamente elitistas y tenemos miedo de ver que algún día puedan desaparecer aventuras tan bellas como la que nos han regalado estos jóvenes venidos desde Holanda. Unos jovenzuelos que, intentándolo hacer lo más sencillo posible, juegan rematadamente bien a este deporte.

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No estaba Mohamed Salah, no estaba Roberto Firmino y sí que se había presentado al convite Leo Messi, el único capaz de atemorizar a la hinchada ‘red’. Quizá el pavor era menor para los ingleses que para los catalanes, pues poco había por perder en Anfield después del engañoso 3-0 de la ida que, a priori, dinamitaba cualquier esperanza. Así, con un ataque de circunstancias -Origi y Shaqiri junto a Mané-, el Liverpool salió con todo lo que tenía y a por todo lo que podía ir. Anfield y más de 50.000 gargantas ayudaron a que así fuera; una inestimable ayuda que provocó que los de Jürgen Klopp pronto olieran el miedo del Barcelona. Tan tempranero fue, que se agarraron a esos temores desde el primer minuto para mantenerse con vida en la eliminatoria. De hecho, no solo los agarraron, sino que incrementaban la inseguridad del enemigo a cada segundo que pasaba. Si el Barça trotaba, el Liverpool galopaba; los intentos de presión los respondían con asfixia; y los avisos del bando azulgrana los devolvían sin notificaciones, simplemente golpeaban sin cortesías ni cordialidades. De este modo, arrollaron, compraron su billete hacia Madrid y dejaron grabada para la posteridad una remontada que ya forma parte de la historia de la Copa de Europa.

 

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De la maldición de Wembley en competiciones europeas a la locura en el 95’. De una fase de grupos entre agonías, dudas y sufrimiento a la primera final de la Champions League en la historia del club londinense. De los goles de Harry Kane que alargaron la vida del Tottenham en Europa a la vida entre camillas de una enfermería. De la irrelevancia de Fernando Llorente a lo largo de casi todo el curso a su magnífica actuación el día adecuado, en el momento determinado. De un Lucas enganchado a la línea de banda a un Moura reciclado como punta para llevar a su equipo hasta cotas nunca antes alcanzadas. ¿Quién se hubiera imaginado, en septiembre, o incluso en febrero, al Tottenham a tan solo 90 minutos de poder ganar su primera ‘Orejona’? Seguramente ni ellos ni el resto del planeta. Quizá esta haya sido la temporada menos regular de los ‘Spurs’ con Mauricio Pochettino al frente, pero esta competición no entiende de constancias, estabilidad ni orden. Y el Tottenham es la clara representación de todo esto. Bendita Champions.