Los aficionados del Everton ya no saben con qué cara levantarse. Va por días. Cuando llega el fin de semana, sudores fríos y temblores. En los últimos 88 años, su equipo nunca había sumado menos triunfos ligueros que los que acumula a estas alturas de la temporada. Una estadística amarga y punzante que explica por qué el equipo de Roberto Martínez es ahora mismo 14º en la clasificación, cuando a principios de curso se le presuponía capaz de pelear al menos por la última plaza que da acceso a competición continental. Desde que estrenamos 2015, el periplo ‘toffee’ en la Premier es calamitoso: solo dos victorias en diez encuentros.

Sin embargo, cuando amanecían los jueves en el condado de Merseyside, más de uno salía a la calle sacando pecho. La Europa League había actuando a modo de aspirina en Goodison Park. El club había ganado seis partidos, empatado dos y solo había mordido el polvo en uno. Tras superar sin despeinarse la fase de grupos y vapulear al Young Boys en el primer cruce directo, ahora viaja a Kiev con el pase a cuartos bastante encarrilado después del 2-1 de la ida. Por números y sensaciones, el Everton había sido uno de los equipos más solventes de lo que se llevaba de campeonato. Cartel suficiente para imaginarnos a los ingleses compitiendo hasta las últimas rondas del torneo, con alguna que otra posibilidad de éxito final. Pero una mala tarde ante el Dinamo de Kiev, un doloroso 5-2, acabó con el sueño.

Cuando amanecían los jueves en el condado de Merseyside, más de uno salía a la calle sacando pecho. La Europa League actuaba a modo de aspirina en Goodison Park

Como suele pasar ante este tipo de fenómenos, en los que un mismo sujeto actúa de manera tan polarizada dependiendo del escenario, en el noroeste de Inglaterra están levantando las alfombras buscando teorías que expliquen lo inexplicable. Jugadores, cuerpo técnico, periodistas e incluso hinchas. Todos van detrás de una tesis que justifique por qué narices Doctor Jeckill y Mister Hyde han decidido hacer parada en Liverpool. Encima de la mesa ya están colocadas algunas consideraciones: el desgaste físico que supone afrontar dos competiciones, la poca profundidad de banquillo de la que dispone ‘Bob’, la tendencia a la irregularidad que pesa sobre los mejores futbolistas del plantel o el hecho de que un Stoke City, por muy poco que cruce el Canal de La Mancha, sigue siendo más que un Krasnodar.

Pero para que se acabara completando este bloque de cábalas, todas ellas igual de creíbles, quizás faltaría ver el prisma desde una última perspectiva. Desde un ángulo mucho menos académico, seguro, pero igual de considerable, más tratándose de un fenómeno futbolístico. Me refiero al componente místico del asunto. Este año se cumple el treinta aniversario del único título internacional que reposa sobre las estanterías del Everton: la Recopa de 1985. Tras tres décadas en las que la institución no ha conseguido clasificarse para los cuartos de ninguna competición del viejo continente, ahora, tiritando en las Islas, llegó una brisa entusiasta desde Europa.

LA MEJOR NOCHE DE TODAS

Por aquel entonces, en vez de la barba descuidada de Howard, bajo los palos del Goodison lucía el meticuloso bigote de Neville Southall. En la retaguardia, los gritos que hoy pega Jagielka, iban a cuenta del mítico Kevin Ratcliffe. En la sala de máquinas no estaba Osman (¡qué difícil es imaginar un Everton sin su actual capitán!), sino que los hilos los movía un orejudo que llegaba a todas partes, Peter Reid. Y arriba, los goles aún no los ponía Lukaku, sino que se los sacaba de la chistera Adam Gray. Así era el equipo que regaló a los aficionados azules de Liverpool su gran alegría europea, ahora hace 30 años. Aquella Recopa fue muy festejada en el club. Pues el Everton, pese a ser una insignia histórica, miembro fundador de la liga inglesa en 1888, nunca antes se había colgado una medalla continental en el pecho. A diferencia de sus vecinos de Anfield Road, por ejemplo. Poniéndonos en la tesitura de un ‘toffee’, no debe ser fácil digerir que aquel logro fuese una excepción en el currículo de un conjunto que, entre otras cosas, se distingue por ser el poseedor del record de más temporadas jugadas en la primera división inglesa (110).

Todos van detrás de una tesis que justifique por qué narices Doctor Jeckill y Mister Hyde han decidido hacer parada en Liverpool

Lo curioso de aquella Recopa, a parte del nombre del ganador, son los recuerdos que han quedado de ella en las orillas del río Mersey. En la memoria de muchos hinchas del Everton seguramente permanece más intacta la eliminatoria de semifinales que enfrentó a los ingleses con el todopoderoso Bayern de Múnich que la mismísima final de aquel torneo. Algo que, dicho así, a bote pronto, suena un poco extraño. Lo cierto es que en el último envite, el grupo entrenado por Howard Kendall no tuvo que apelar a la épica. Despachó con contundencia al Rapid Viena (3-1) bajo el cielo de Rotterdam. En las semis, en cambio, sí que se precisó de una heroicidad, sobre todo por la entidad del rival que jugaba enfrente. Tras arañar un empate sin goles en Baviera, los ‘toffees’ necesitaban que su estadio se vistiera de gala para afrontar una vuelta histórica. Y lo que acabó sucediendo sobre el césped aquel día estuvo a la altura del ambiente que se respiraba en las gradas. Pese a que un gol de Hoeness permitió al Bayern irse al descanso por encima, los locales le dieron la vuelta por completo al marcador gracias a las dianas de Sharp, Gray y Steven en la segunda mitad. Con el pitido final del colegiado, estalló el júbilo entre los vencedores. Esa fue la noche de todas las noches, sin duda. Para muchos, sigue siendo el mejor partido de la historia del club.

Los partidos imborrables, como este que acaba de ser descrito, nunca pueden ser previstos. Aparecen por sorpresa, sin avisar, cuando ya has apagado la luz y te das por acabado. ¿Quién les iba decir a los aficionados del Everton que su momento de gloria se desencadenaría durante esa noche del ’85? Nadie. Así se rige la maravilla del fútbol, con estas incoherencias irresolubles. ¿Y qué hay que contarles a estos mismos hinchas cuando hoy nos preguntan por los causantes de la bipolaridad de su equipo? Nada. Mejor dejar que el tiempo dicte sentencia. A veces, cuando todo va como menos te lo esperas, la mística tiene más que decir que el mismísimo balón. Dejémosle que hable, pues.