Hizo todo lo que pudo para encubrir su considerable nerviosismo. Nunca antes un balón le había despertado una inquietud de tales magnitudes, ni siquiera hacía muchos años atrás, cuando trataba de conducirlo con éxito en las filas del Birmingham, club en el que nunca consiguió triunfar. Tampoco la cercana experiencia de su hermano Dean, que llegó a marcar 32 dianas con el Derby County, podían apaciguar su andar precipitado y sus manos sudorosas. Manchester City Football Academy. Aquello eran palabras mayores. A medida que avanzaba entre las parcelas de entrenamiento del complejo, dirección a los despachos donde se cerraría el acuerdo, Michael Sturridge no podía dejar de pensar que el nombre de su hijo aparecería el día siguiente en las páginas de todos los tabloides deportivos. Los ‘citizens’ iban a desembolsar medio millón de euros por un muchacho que acababa de cumplir los 13 años. Operación demasiado llamativa como para no levantar un enorme alud de expectativas en torno a ese chico tan talentoso como insultantemente joven.

Al pequeño ‘Danny’ eso no parecía importarle mucho. No sería hasta unas cuantas primaveras más adelante cuando entendería el dolor que producen las astillas de la presión mediática. De hecho, la situación no era nueva para la familia. Antes de que el City tocara a la puerta, dos grandes filiales británicas ya tentaron con éxito el entorno del jugador; primero recaló en el Aston Villa (el chico solo tenía 9 años) y más tarde le pescaría el Coventry.

En la Nike Cup de 2003, ‘Danny’ se llevó los galardones de máximo goleador y mejor futbolista del torneo. Un logro solo antes conseguido por un tal Carlos Tévez

Su carta de presentación en las inferiores del ‘otro’ Manchester fue la Nike Cup de 2003, la competición del momento más reconocida de jugadores sub15. Se adjudicó simultáneamente los galardones de Máximo Goleador y Futbolista más Valioso del torneo (un logro solo antes conseguido por un tal Carlos Tévez). Y en su primera aparición en la FA Youth Cup, ya en 2006, el hijo de los Sturridge confirmaría su vitola de preciada promesa volviendo a coronarse como el más prolífico artillero, pese a ser el futbolista más joven entre todos los que participaron.

No extrañó a nadie que a partir de ese instante el City le ofreciera un gran contrato profesional y que se apresurase a hacerle debutar con el primer equipo a los 17 años. Aunque las incursiones de Sturridge en el más tarde nombrado Etihad Stadium tuvieron mucho de fugaces y poco de consolidadas. Tres obstáculos impidieron que pudiera dejar algo más que algunos goles vistosos y un puñado de chispazos de calidad intermitentes. El recién aterrizaje de los nuevos dueños árabes en el club, obsesionados con acabar con todo lo preestablecido anteriormente, unas molestias en la cadera que le frenaban sistemáticamente y las primeras secuelas engorrosas de una presión que él mismo se había levantado.

Mejor de rojo que de azul

Los nervios que sintió el padre en los primeros compases de la trayectoria de su hijo empezaron a cobrar sentido entonces. Las fantasiosas demostraciones que el chico había patentado cuando aún no sabía ni atarse las botas le habían permitido disponer de todo cuando quiso: celebridad, elogios desmesurados e incluso suculentos salarios. De todo, menos de paciencia. El fútbol no entiende ni de matices ni de oportunidades a largo plazo. Y suele ser tremendamente cruel ante casos de talentos precoces como el de ‘Danny’.

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Una estrella mediática precoz. Siendo un niño, Sturridge ya aparecía en las revistas oficiales del City

El Chelsea, aun así, no dudó de su proyección y le firmó para cuatro años, en una operación en la que tuvieron que intervenir los Tribunales por las siempre pantanosas cuestiones referentes a los derechos de formación (Sturridge todavía no había cumplido los 24). Pero el tono ‘blue’ tampoco le aseguró la continuidad anhelada. Tuvo que marcharse cedido al Bolton para destapar momentáneamente todo su ingenio. En el Reebok Stadium anotó ocho dianas en 12 encuentros. Pero al volver le esperaba otra vez el ostracismo. Su renovada oportunidad en el Bridge se truncó en el mismo momento en el que Villas-Boas fue destituido de su puesto. Con Di Matteo al frente, para Sturridge volvieron la resignación del banquillo y la mirada punzante de las masas, siempre más pendientes de “lo que pudo y no consiguió ser”.

Todo cambió en enero del pasado año. Pese a que el crédito del futbolista ya no presumía del relumbrón de antaño, el Liverpool se postuló como el último ‘valiente’ en redescubrir sus cualidades. La cantidad que pagaron por él los ‘reds’ indigestó a más de uno: 14 millones de libras. Y hubiera merecido la pena pagar muchísimos más, deben pensar hoy sus dirigentes. Porque fue pisar Anfield y que Sturridge recuperara su divertida sonrisa. Con los focos más lejanos, liberado tácticamente y acomodado a la sombra de su compañero Luis Suárez, los números del ariete han ascendido como la espuma. Sus cifras en el presente curso rozan la perfección: 19 goles en 22 partidos disputados. Y tras marcarle al Fulham en la última jornada, enlaza siete encuentros consecutivos viendo puerta, otro hito personal para enmarcar.

Con solo 13 años, toda Inglaterra ya estaba pendiente de él. Daniel Sturridge creció bajo la presión de todas las expectativas que había generado siendo apenas un adolescente. Demasiada exigencia para un espíritu libre como el suyo, que se estampó contra las críticas y el rumor de las gradas. Pero fue precisamente cuando la resignación se apoderó de la muchedumbre, cuando le dieron por perdido… Cuando Sturridge reapareció liberado, se tiñó de rojo y conmovió a toda la Premier al son de sus bailes robotizados. Su padre, al fin, puede respirar tranquilo: su apellido, ahora sí, se ha instalado en la cúspide del fútbol británico.