A pocos días de volver a la ciudad en la que lo fue todo, Cristiano Ronaldo ayudó a la Juventus a sumar una nueva victoria en la Serie A, esta vez ante el Frosinone. En el encuentro, que se jugó el viernes y acabó 3-0, el portugués aportó un tanto y una imagen. Lo primero hace tiempo que dejó de ser noticia. Lo segundo ayuda a entender, precisamente, por qué tal cosa ya no consigue sorprendernos. 

La instantánea nos muestra a un futbolista mordiendo la red de una portería porque ha intentado algo y no le ha salido (probablemente hacer gol, tratándose de un delantero). Es, por lo tanto, el reflejo de una frustración. Pero no de una frustración cualquiera. Ojo. Es el reflejo de una frustración de Ronaldo, lo que equivale a decir que es también la representación de un volcán. Porque nunca la decepción resultó ser tan eruptiva en otro ser humano. 

Se descubre antes qué clase de jugador es Cristiano viendo su reacción a un gol fallado que a uno anotado. Es ahí, en el enfado, la irritación, o incluso el asombro, desde donde brota la leyenda de un futbolista que a los 34 años nadie se atreve todavía a bajar del pedestal de los mejores. Al ‘7’ siempre le pareció más necesario saber fabricarse obsesiones que ocasiones. Acertó. Porque fue a partir de esa insaciabilidad crónica que su carrera se elevó a la condición de histórica. 

2015 fue un año extraño para la literatura porque Alice Munro y Philip Rorth anunciaron que dejaban de escribir. Ambos admitieron que eso les había llevado a experimentar un gran alivio. “Me siento un poco cansada, pero agradablemente”, resumió Munro. Sin saber por qué, empatizamos con esas decisiones, advertimos en ellas una cierta lógica. Como lógica también es la teoría que nos conduce a pensar que Ronaldo, por el contrario, seguirá trabajando el cuádriceps en el gimnasio a los 58 años por si hay que machacar el enésimo balón al segundo palo.