Para qué esforzarse en atrapar el fútbol con el lenguaje cuando este se muestra indefinible. Para qué. Sergio Ramos hizo el intento nada más acabar el encuentro y le crecieron los enanos, porque lo que había hecho su compañero Casemiro ante el Sevilla era un motín contra las palabras: cualquier término que se hubiera empleado para definir el gol le habría rozado un costado y hubiera pasado de largo.

Hay acciones del juego que solo admiten el silencio como respuesta justa.

No hablar es otra manera de comunicarse. Jorge Luis Borges e Italo Calvino se encontraron una vez en un hotel sevillano. Ocurrió en 1984. El segundo, que era extremadamente tímido, entró al vestíbulo de la mano de su mujer, Chichita, y ahí descubrieron a Borges, que ya hacía años que era ciego. Ella se animó a sacarle conversación, como buena porteña, mientras su marido aguantaba de pie a su lado con los labios cerrados, incapaz de decir nada. Llegados a cierto punto, Chichita quiso aclarar la situación: “Borges, Italo también ha venido…”. A lo que el escritor argentino, sin alterarse lo más mínimo, contestó: “Sí, lo he reconocido por su silencio”.

Sucede a menudo con los golazos como el de Casemiro que alteran el orden natural de los acontecimientos. Lo antinatural, por más que nos forcemos, es tratar de explicarlo, de alabarlo, colocarle rápidamente un sustantivo encima que justifique nuestra emoción. Cuando en realidad, después de este clase de acciones, a algunos nos sería más fácil callar, enmudecernos, disfrutar en nuestro fuero interno del salvaje impacto que nuestros sentidos acaban de recibir.

En el fondo, no hay mayor elogio. Cuando el fútbol es asombroso no hace falta nada más. Solo eso: fútbol. Ya hablaremos en otro momento.