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“100.000 pasos, más de 100.000 pasos en mis pies, pero el sol va a salir como cada día”. Hace años que Victor Osimhen se aburrió de esperar a que las oportunidades llegaran a él. No es que se hartara de esperar, la vida le puso en una situación en la que debía elegir: tiro hacia adelante o me quedo tal y como estoy, hundido. Osimhen nació en Lagos hace algo menos de 22 años, se crió en una familia pobre que residía cerca de un gran vertedero de basura. Cuando apenas tenía seis años vio cómo su madre fallecía y tan solo tres meses después su padre fue despedido del empleo que poseía. Ahí, en ese preciso instante, tuvo que madurar, dejó de actuar como lo que era, un niño, y comenzó a labrar una personalidad que aún es patente. Comenzó a buscarse la vida mediante trabajos como cortar el césped, hacer recados para los vecinos e incluso vender agua a aquellos empleados que trabajaban en el vertedero cercano a su casa. Todo por ayudar a su familia, todo por no tirar la toalla y mirar directamente a sus miedos: “no me vais a joder”.

“Crecí en un ambiente muy humilde, fue muy difícil para mi. Es un lugar donde no hay esperanza, donde nadie te dice que creas en ti. El fútbol es la única esperanza para que yo y mi familia podamos vivir una vida digna”, contaba el nigeriano. Efectivamente, nadie le dijo a Osimhen que creían en él, tuvo que ser él mismo quien peleara contra todo y contra todos. ¿Quién va a creer en ti en ese ambiente? El delantero comenzó a estar en boca de unos cuantos cuando se salió en el Mundial sub-17 celebrado en Chile. Campeón del mundo, máximo goleador con diez tantos y directo a la Bundesliga, el Wolfsburgo no se lo pensó demasiado a la hora de apostar por uno de los futbolistas con mayor talento. La aventura alemana no le salió bien a Osimhen. No se aclimató al estilo de vida germano, apenas contó con oportunidades y para colmo en un viaje a Nigeria contrajo la malaria. Con todos esos condicionantes decidió salir rumbo al Charleroi belga. No os penséis que esta fue su primera opción, fue rechazado por varios clubes y finalmente se decantó por aquellos que creyeron en él. Por fin alguien creía en él.

Su respuesta a esa confianza fue rápida: 20 goles en 36 partidos. Jamás se le discutió su potencial ni su olfato goleador, el delantero tan solo necesitaba confianza, sentirse querido. La fórmula de su éxito es así de sencilla. Ante estos números el Lille llamó a su puerta y se lo llevó a Francia a cambio de 22 millones de euros. En su única campaña en el Lille anotó 18 goles en 38 partidos, mantuvo las meritorias cifras que había logrado en el campeonato belga. Aunque parezca increíble, desde aquel Mundial sub-17 hasta el momento actual tan solo han pasado cinco años. Así de rápido le ha cambiado la vida al delantero. Desde aquellas bolsas de agua que vendía en Lagos a convertirse en el fichaje más caro en la historia del Napoli a cambio de 70 millones de euros. De aquella familia que apenas tenía para comer, a mover con tan solo 21 años unos 100 millones de euros en traspasos. “Estoy contento con el lugar en el que estoy ahora, he aprendido a no derrumbarme y a creer en mí mismo. He visto a mi padre luchar en la vida, creo que esto me ha enseñado mucho mientras crecía. Mi infancia fue dura, a diferencia de otros niños que pueden disfrutarla. Al contrario, yo luchaba para sobrevivir. Mi infancia fue dura, no hay nada que me haya gustado mucho”

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, señala.

¿Por qué Osimhen eligió este verano Nápoles? Sencillamente porque confiaron en él de manera ciega. Ya sabéis lo que le mueve al nigeriano: necesita sentirse querido y sobre todo capaz de todo. Gattuso ha dicho más de una vez que le asombra la madurez que posee el nigeriano, como si en esos 21 años que tiene hubiera vivido ya una o dos vidas. Pero es así, es tal cual. “Antes de fichar por el Napoli sentía que ya formaba parte del equipo. Me escribieron muchos aficionados y me hablaron de la ciudad. Lo leo todo. El 70% del trabajo para traerme a Nápoles se lo debo a la afición”, indica el nigeriano. Los napolitanos se identifican con la humildad, el trabajo y sobre todo con quienes luchan ante la adversidad. Conocen la historia de Osimhen y lo aman como si fuera uno más de ellos, como si hubiera nacido a dos calles de San Paolo. Osimhen grita cuando anota y sonríe cuando lo hacen otros, tan solo él sabe todo lo que ha peleado desde que saliera de su Lagos natal hasta convertirse en lo que es hoy en día.

 


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Fotografía de Getty Images.