Hace un par de años tuve el privilegio de poder intercambiar ideas con Ángel Cappa y Fernando Santos, dos figuras más antagónicas en términos de estilo que William Faulkner y Ernest Hemingway.

Siendo un rotundo ejemplo de radicalismo, Cappa representa para mí una debilidad personal que me vincula directamente con la figura de mi padre y mis primeras tardes de fútbol a conciencia, con aquel Atlante exotiquísimo de finales del siglo XX que libraba cruentas batallas para meter 5.000 personas cada 15 días en el estadio Azteca. Durante más de una hora el argentino hablaba de lo válidos que eran los equipos que “jugaban bien” al fútbol y lo condenables que eran los que no lo hacían, bien fuera por falta de voluntad o por falta de recursos. Como veía que la atmósfera comenzaba a tornarse peligrosa, me aventuré a interrumpir su verso transatlántico en una sala madrileña para asestar, animado por un colega y mi mancillado prestigio en el chat que compartía con otros amigos periodistas, un inquisitivo “¿qué es jugar bien?”.

Después de explicarme que “jugar bien es restarle posibilidades a la suerte”, Cappa, al ver que no doblaba sonrisa, recurrió a una potentísima frase del poeta andaluz Antonio Machado, como si fuera perfectamente consciente de mi condición de valdanista de clóset, para censurar, con delicadeza, cualquier amenaza de debate: “Yo sólo me quedo con la emoción de las cosas, y se me olvida todo lo demás”.

Con Fernando Santos, el día previo a un partido ante Países Bajos en Oporto, el romántico terminé siendo yo, preguntándole si no pensaba que, de alguna manera, corría el riesgo de infrautilizar todo el caudal de talento que tenía a su disposición. Antes de responder, nos miramos de la manera en que sólo pueden mirarse dos personas que creen que el listo es él —guiño a Manuel Jabois por la lección aprendida—, y me dijo que lo único que le interesaba, más allá de filosofías y herencias ideológicas, era ganar y competir lo mejor posible a partir del diagnóstico del rival en turno.

Un día más tarde, ya con el título de la UEFA Nations League en el bolsillo, me volví a encontrar con él en la sala de prensa. Luego de felicitarlo, le pedí referencias sobre el plan maestro que había desarrollado para desactivar a Frenkie de Jong durante el partido en Do Dragão. Me aclaró, después de admitir que buena parte de las posibilidades de su equipo radicaban en quitarle ritmo con balón al futbolista del Barcelona, que no fue un marcaje individual, sino que los tres centrocampistas del sistema —Bruno Fernandes, Danilo y William Carvalho— tenían la instrucción de no dejar recibir en libertad al neerlandés. Entonces, eufórico, le mandé un mensaje a Eduardo Zavala, un entusiasta promotor de Fernando Santos como entrenador de élite, y le pedí al scout brasileño Pedro Lampert que me ayudará a detectar algunas frases en portugués que no me terminaban de cazar con la —horrorosa— traducción simultánea.

Es curioso, un entrenador que hable de fútbol es algo parecido al periodista con el periódico bajo el brazo: se encuentran menos de lo que deberían. Y que no me lo tome a desafío don Ángel, en el barrio y en las míticas noches de FIFA en la consola de videojuegos, yo también me distingo por intentar “jugar bien”.

 


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Fotografía de Imago.