Un día del pasado caluroso noviembre griego estuve con mi suegro en su pequeño pueblo de 50 personas situado en una de las montañas de la impresionante región de Lasithi, en la isla de Creta. Después de un bonito paseo, nos paramos un momento en el café local o ‘kafenío‘, como lo suelen llamar los griegos, para tomar algo y picar alguna de las tremendas especialidades gastronómicas de la región. Por casualidad, nos sentamos en una mesa con un par de personas del pueblo. Mi suegro me presentó a los demás. “Buenas tardes, este es mi yerno João que viene de Lisboa, de Portugal”.

Entre las personas en la mesa se destacaba claramente un cura ortodoxo, de unos 75 años, vestido con su túnica negra hasta los pies y su característica larga barba blanca. Les saludé a todos con un yasas y aún antes de sentarme, el único fraile del pueblo me preguntó: “João, ¿juegas a fútbol?” Me quedé sorprendido. La pregunta fue tan directa que me resultaba difícil de creer cómo a un hombre tan profundamente religioso con esta edad se le había ocurrido preguntarme si tenía un afán por la pelota. “Juego, por supuesto, ¿pero por qué esta es la primera pregunta que le ha venido a la mente?” La respuesta del cura fue contundente. Para él ser portugués y joven significa que al menos te gusta el fútbol. ¡Mi nuevo amigo no podía estar más en lo cierto!

Hablamos todos mucho sobre fútbol en la mesa y lo pasamos genial pero, sin embargo, esta primera interacción con el cura me quedó bien presente y me hizo reflexionar al día siguiente. Estaba seguro que si hubiese entrado mi padre en ese café en la isla de Creta hace 30 años, nadie le hubiese preguntado: “¿Juegas a fútbol?”. ¿Qué es lo que ha cambiado durante estas tres últimas décadas para que el binomio Portugal-Fútbol salga de la boca de los demás de una manera tan natural y clara como en la actualidad?

Justo este año 2019 se celebran 30 años desde la inesperada victoria de la selección sub-20 portuguesa en el Mundial de Arabia Saudí de 1989. Se puede decir que cronológicamente ese fue el punto de partida hacia el gran cambio del destino futbolístico portugués. Es verdad que la camiseta de Portugal ya la habían llevado futbolistas de renombre como Eusébio o Paulo Futre, y que los lusos ya habían incluso alcanzado las semifinales de la Copa del Mundo en 1966 y las semifinales de la Eurocopa en 1984. Pero, por otro lado, hay que admitir que aquellos fueron personajes y resultados fortuitos que salieron de un contexto deportivo muy aleatorio.

 

Han pasado tres décadas desde la inesperada victoria de la selección sub-20 portuguesa en el Mundial de Arabia Saudí. Ese fue el punto de partida hacia el gran cambio del destino futbolístico del país

 

El cambio de paradigma del fútbol portugués empezó a ser trabajado por la Federação Portuguesa de Futebol (FPF) justo antes del año 1989 por medio de una mayor profesionalización de todos los escalones del fútbol base que llevó a una consecuente profundización de todos los procedimientos técnicos. Esta inversión ha proporcionado lo que para mí es la clave para la evolución de este lindo deporte en Portugal: la consistencia. Las canteras de los equipos con recursos, pero también las que no tenían el mismo potencial económico, empezaron a cultivar jugadores de diferentes grupos de edad y de mucha calidad, que a la vez formaban parte de una gran familia en las respectivas categorías de la selección. Después del éxito del 89 llegó otro título mundial sub-20 en el que Portugal fue el país anfitrión y así nació la ‘Geração de Ouro’, con nombres como João Pinto, Sá Pinto, Fernando Couto, Paulo Sousa, Luis Figo o Rui Costa.

La consistencia de los procesos acabó llegando naturalmente a la selección absoluta que, desde aquella primera hornada de chavales de 1989, alcanzó dos semifinales de la Eurocopa, una semifinal del Mundial, una final de la Euro en 2004, un increíble título en el torneo continental de Francia en 2016 y el trofeo de campeones de la primera edición de la Liga de las Naciones de UEFA en la temporada 2018-19. Estos datos demuestran hasta qué punto existe una relación evidente entre el estatus actual del equipo nacional y aquel conjunto que logró la conquista del Mundial Sub-20 en Arabia Saudí.

El pasado 17 de noviembre, frente a la selección de Luxemburgo, los portugueses aseguraron su undécima aparición consecutiva en la fase final de una gran competición internacional. Nos damos cuenta de la importancia de esta fecha al fijarnos que los portugueses solamente habían tenido cuatro apariciones en las primeras 26 Copas de Europa y del Mundo de la historia. Antes de la participación en la Eurocopa de 2000, Portugal había conseguido estar presente en apenas dos fases finales mundialistas (en 1966 y en 1986) y en otras dos fases finales de la Eurocopa (en 1984 y en 1996). El camino para la anhelada ‘consistencia’ no fue fácil y de hecho hubo momentos muy difíciles de digerir, como las eliminaciones para el Mundial de 1994 o el de 1998. Desde entonces, los responsables de la FPF han aprendido de sus errores y han mejorado las deficiencias evidentes de aquellos años, llevando a los portugueses a este número de 11 apariciones que enorgullece hasta a los seguidores más exigentes de la armada de Fernando Santos.

Una conversación entre un cura griego y un portugués no estaría completa sin un par de aguardientes más y sin traer al debate la mítica final de la Euro de 2004 en Lisboa. Portugal tenía un equipazo pero Grecia, conducida por Otto Rehhagel y con el papel de Cenicienta, demostró al mundo que soñar es posible y ganó la competición en casa de su rival. En ese trágico momento, el proceso hacia la ‘consistencia’ podría haberse derrumbado como un castillo de naipes, pero esa final perdida acabó resultando como una lección muy válida para todos e incluso motivó un espíritu de unión más fuerte entre la selección portuguesa y los cerca de 10 millones de personas que habitan su nación. Yo abrí mi corazón y dejé salir mis sentimientos al comentar con mi amigo cura que la selección portuguesa, en la final del 2016 en Francia, había vestido la piel de los helénicos de 2004 y, con humildad y sacrificio, había derrotado al equipo favorito que dos años después se convertiría en campeón del mundo.

“João, a ver si vemos juntos algún de partido de Portugal en el Euro 2020, hay que ver el poker de ases juntos en acción!”. El momento nostálgico de 2004 se había disipado al instante. Los cuatro jugadores que traen más chispa y más alegría al fútbol del equipo dirigido por el técnico más respetado de la historia de la selección culminaron la conversación de manera ilusionante. Bruno Fernandes, João Félix, Bernardo Silva y un tal Cristiano Ronaldo (que llegará con 35 años a la competición) son las grandes armas que Portugal tiene para intentar la muy difícil tarea de defender su corona europea.

No sabemos qué va a pasar, pero estoy seguro que mi amigo y yo somos simplemente un ejemplo más de las muchas interacciones entre futboleros en tantos otros pueblitos portugueses de por ahí. Por muy desconectados que estén de la actualidad, su sed por el buen fútbol dará un toque especial a la competición que viene. Y cuando CR7 se acerque más a su récord personal y Portugal pelee otra vez contra los gigantes del viejo continente, yo estaré pensando: “sí, sí que juego a fútbol”.