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Joaquín Caparrós: feo, fuerte y formal

Cuando todo arde, aparecen los bomberos. En el fútbol existe una figura similar: los entrenadores apagafuegos. Estos últimos años, un nombre ha destacado entre todos ellos: Joaquín Caparrós

Caparrós

No vino aquí para hacer amigos. Pero sabes que siempre puedes contar con él. Cuando un equipo se asoma al abismo y la grada ya no grita, sino que suspira, aparece su figura con la camisa remangada, el acento andaluz, la mirada de quien ya ha vivido esto antes. Joaquín Caparrós es eso, un entrenador de otro tiempo. Uno de esos hombres que no necesitan prometer el cielo, solo advertirte de que te va a costar sangre volver a tener los pies en suelo firme.

Caparrós no es un técnico de laboratorio. Es un sentimental de vestuario. Dicen de él que es un tanto animal, pero en el fondo… En el fondo es otra cosa. Es el último de una estirpe. Un entrenador que no rehúye el barro, sino que se siente cómodo en la trinchera, donde la estrategia se mezcla con la épica y la táctica se reduce a una palabra: apagafuegos.

Bombero de vocación

El fútbol español ha recurrido a Caparrós siempre en los momentos de máxima urgencia. Cuando ya no hay tiempo para teorías. Cuando más que ideas se necesitan certezas. Fue así en el propio Sevilla, cuando en 2018 tomó un equipo obligado a clasificarse a competición europea a cuatro jornadas del final. Para sorpresa de nadie, el de Utrera consiguió diez puntos de 12 posibles y logró esa plaza para competir en el viejo continente. Pero él no habla de milagros. Habla de esfuerzo. De respeto al escudo. De dejarse el alma, aunque no haya nada que ganar.

 

No le interesa el ‘juego de posición’ si antes no hay voluntad. No quiere extremos que driblen si antes no bajan a cerrar su banda. Su fútbol es un espejo. Con el agua hasta el cuello, eso vale más que mil pizarras

 

“Mi familia no son gente normal”, cantaba Loquillo. La de Caparrós tampoco. Es la de los futbolistas de barro, los capitanes sin foco, los juveniles que él mismo subió cuando nadie sabía nada sobre ellos. Resuelven sus problemas de forma natural: “Para qué discutir, si puedes pelear”.

Caparrós no cambia su discurso según la rueda de prensa. No intenta ser simpático. Su propuesta no siempre es bella, pero siempre es honesta. Reordena defensas, despierta guerreros y exige correr hasta la extenuación. No le interesa el ‘juego de posición’ si antes no hay voluntad. No quiere extremos que driblen si antes no bajan a cerrar su banda. Su fútbol es un espejo, reflejando el carácter del equipo que dirige. Con el agua hasta el cuello, eso vale más que mil pizarras.

Vuelta al ruedo

Caparrós camina con paso firme aunque el fuego lo roce. Es un tipo duro, sí. Pero también lo ha pasado mal, como todos los sevillistas. El equipo de Nervión no atraviesa su mejor momento, y el bueno de ‘Jokin’, sevillista de cuna, lo sufre más que nadie. Caparrós ya no entrenaba cada semana, aunque sí que seguía como director de desarrollo de talentos de la entidad andaluza. A sus 69 años, volvió a ponerse el mono de trabajo para socorrer a su equipo a falta de siete jornadas.

 

Su sitio está en el lugar incómodo, en la arenga antes de salir a morir por el escudo, en ese instante en que el fútbol deja de ser teoría y vuelve a ser sudor, corazón y orgullo. No vino a aquí para hacer amigos, vino a hacer lo que otros no se atreven

 

Esta vez la situación era diferente, el ‘Rey de la Europa League’ miraba con vértigo los puestos de descenso. Aunque para él, nunca ha supuesto un inconveniente. A falta de tres jornadas, Joaquín apagó un fuego que parecía propagarse sin control. Quizás el conjunto hispalense no pase por su mejor momento, pero sí que puede decir que la “Giralda presume orgullosa de ver a Caparrós en el Sánchez Pizjuan”.

Porque Joaquín Caparrós no necesita el reconocimiento de otros para dejar huella. Su sitio está en el lugar incómodo, en la arenga antes de salir a morir por el escudo, en ese instante en que el fútbol deja de ser teoría y vuelve a ser sudor, corazón y orgullo. Es de esos tipos que no piden permiso ni perdón. Solo dan la cara. No vino a aquí para hacer amigos, vino a hacer lo que otros no se atreven. Un tipo que cuando te da su palabra, jamás la romperá.

 


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Fotografía de Getty Images.