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Javier Mascherano es el fútbol en la sombra. El que no se ve, el oscuro, el que la grada nunca valora. Con el que nadie, absolutamente nadie, sueña en su infancia. Porque en el imaginario de todo iluso que anhela ser un día futbolista, las imágenes que proyectan su mente solo dibujan pases milimétricos, regates de dibujos animados, goles en el 93’. Y Javier Mascherano siempre fue el tipo que despedazaba esos sueños, el encargado de evitarlos, de borrarlos de la realidad. Como aquel día que Niklas Bendtner creyó ser más Lord que nunca por un instante. O ese en el que Arjen Robben pensaba haberle dado el pase a una final a 17 millones de tulipanes.

Javier Mascherano es el amigo fiel a quien le confiarías tu existencia. El Sancho Panza de don Quijote. El Robin de Batman. El Watson de Holmes. La vida vista desde un segundo plano para que los que respiran en el primero lo hagan aliviados, seguros. Confiados de saber que siempre que fallen, porque lo harán, habrá alguien a su lado que entorpecerá su caída, para seguir firmes, en pie, hacia el objetivo. El escudero perfecto.

Javier Mascherano es el liderazgo innato, sano, natural. El de verdad. Ese que no necesita gritar una palabra más alta que la otra, el que no tantea portadas ni reconocimiento, ni tampoco busca ser un espejo en el que mirarse pese a serlo. Quizá por eso lo sea. Porque nunca entendió que en el fútbol el yo fuera por delante del nosotros. Porque si tocaba actuar de central, lo hacía, aunque en su corazón se sintiera mediocampista. Porque si, siendo uno de los mejores mediocentros del mundo, le tocaba chupar banquillo, no rechistaba, luchaba y se reinventaba para revertirlo. Porque nunca se vanaglorió de una exhibición individual, era parte de su trabajo, aunque todo un país lo ascendiera a los Olimpos tras dejarse la piel, y el ano, para que la Argentina acariciara con la yema de los dedos una copa de oro que acabó escapándose de sus manos.

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Javier Mascherano es un profesional. Según la RAE, en su cuarta acepción, este es quien “ejerce su profesión con capacidad y aplicación relevantes”. Y el fútbol de élite ha visto pocos, muy pocos, quién sabe si haya alguno, con mayor capacidad de sacrificio, de entrega y de compromiso que él. Aplicación, carácter, tesón y perseverancia al servicio de River, Corinthians, West Ham, Liverpool, Barcelona, Hebei Fortune, Estudiantes y la ‘Albiceleste’.

Javier Mascherano es amor por el fútbol. Un amor verdadero, único, desinteresado. El primero. Decía Nietzsche que “la madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño”. La madurez que demostró siempre Mascherano fue jugar al fútbol, vivirlo, sentirlo, amarlo, de la misma manera en la que lo hacía el pequeño Javier en los potreros de su San Lorenzo natal, soñando con algún día dedicarse al fútbol, sabiendo que sus ganas, su esfuerzo, llegarían donde no lo hiciera su talento.

Javier Mascherano es ejemplo, orgullo, superación, carácter, humanidad. O al menos eso han dejado entrever los tantísimos compañeros, rivales, entrenadores y amigos que, tras enterarse de su retiro, no dudaron en inundar las redes sociales del ya exfutbolista argentino de felicitaciones y agradecimientos por estos 18 años de carrera profesional.

Javier Mascherano es, ha sido y será un honra para un deporte que este domingo se despidió de él y que cada vez ve menos futbolistas que se desvivan por la profesión de la misma manera en la que lo hizo el ‘Jefecito’.

 


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Fotografía de Getty Images.