Lunes de confinamiento. It became personal for me. Otro lunes. It became personal for me. Otro lunes más. It became personal for me. Así vivía el baloncesto Michael Jordan, como lo contaba en el documental The Last Dance, siempre con un motivo para ver al tipo de enfrente como un nuevo desafío. Daba igual el contexto, el argumento, la historia. Le bastaba un mal gesto de Isaiah o una mirada de Reggie para viajar a Vietnam. La dureza de los Pistons, el resultado en el último segundo ante Utah o a saber qué diablos había en aquella pizza también valían. Y si no existía nada de aquello, tranquilos, se inventaba él la película y ya tenía una excusa para tomárselo como algo personal. Necesitaba combustible para hacer cenizas a sus rivales. Michael Jordan, su figura, su éxito, nunca se hubiera entendido sin fuego y llamas a sus costados, sin ver arder el mundo baloncestístico que él mismo puso patas arriba.

Y esto de Jordan recuerda en algo a la personalidad de Neymar sobre un campo de fútbol. A mí, al menos. Por ese tú y yo callejero. El duelo en una cancha rodeada de verjas en Carolina del Norte. El desafío entre chanclas, obstáculos y porterías inventadas en Sao Paulo. Esa rivalidad que deja al balón en un segundo plano, como actor tritagonista de la escena, donde solo es una herramienta más para sentenciar al enemigo. Obi Wan Kenobi contra Darth Maul, pero sin luces de colores en los sables. Nada de efectos especiales. Te busco. Te encuentro. Te gano. Así de simple.

Y esto de Jordan no me recuerda a Leo Messi. Para él el balón siempre fue un amigo, el aliado perfecto. El Watson de Holmes. El Wilson de un náufrago. El Garfunkel de Simon. Quizá sea por llevar hasta límites inverosímiles la palabra pseudobíblica del dios pagano de Argentina: aquello de que la pelota no se mancha. Pues su mirada siempre se fijó en ella, nunca en nadie más. Como decía Casciari, Messi pone los ojos japoneses, atentos, intelectuales, cuando conectan con el balón. Solo ahí. Sin importar escenario ni rival. Excepto una vez (que yo recuerde). En el Camp Nou, en una final de Copa del Rey, contra el Athletic Club.

Había llovido un cuarto de hora de partido y a Messi ya le habían llovido tantos ‘palos’ como minutos de juego. Agarrones a la camiseta. Pequeños, pero constantes. De esos que no son falta aunque molesten lo suyo -y que así siga-. Pataditas a destiempo, suaves, o no tanto. De aquellas que nunca vendrán acompañadas de un silbato que las castigue -y que así siga-. Una. Otra. Y luego otra. Otra más. Y otra. Hasta que dijo basta. Se olvidó del balón, su amigo, para dejarlo en el mismo plano en el que lo depositaba Jordan o como también lo hace Neymar. Lo sostuvo bajo sus tacos. Aplastándolo contra el césped. Sacándolo fuera del cuento. Detuvo el ritmo, el partido y por un instante también pareció que hasta frenaba el mundo. Miró a Mikel Balenziaga y aquello pasó a ser algo personal, el tú y yo de Carolina del Norte y Sao Paulo. Sus ojos, por primera vez en su vida desde que salió de los potreros de Rosario, dejaron de observar el balón. Subió la vista un instante, cual estrella fugaz, en un gesto casi imperceptible, y la fijó en el ’24’ del Athletic. Pasaba a la acción.

Un minuto y 45 segundos después volvió a llegarle la pelota tras un envío de su socio Alves. En un lugar similar al de la mirada anterior, arrinconado entre Balenziaga y la línea de cal, Leo Messi vio aquel el mejor momento para perpetrar su ‘venganza’ personal. Acelerón hacia dentro y frenazo. De vuelta a la banda. Y a correr. A correr hasta que Balenziaga quedase atrás. De repente, Beñat. Otro frenazo, regate y adiós. Balenziaga de nuevo. ¿Otra vez tú? Pues autopase con desequilibrio incluido. Y a correr. Patada de Mikel Rico por detrás. ¿Qué importa? Otra más. Recorte hacia dentro para salvar a Laporte. Chute al palo corto. A trallón, de los que no se valen en el cole, para que Herrerín solo viera una sombra volando hacia él. Gol. 1-0. Ventaja para el Barcelona. Celebración en el Camp Nou. Otro gol de Messi para el recuerdo. ¿Cuántos van? Y, de regreso a campo propio tras abrazarse con Dani Alves, la retransmisión muestra por última vez una mirada de Messi hacia a saber dónde. Vuelve a ser instantánea, imperceptible. ¿Sería fijándose en un rival? ¿Buscaría sus ojos para demostrar que sí, que fue algo personal?

 


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Fotografía de Imago.