De vez en cuando, a la grada de Balaídos le entra un ataque de morriña y vuelve a cantar su nombre. ‘¡Gudelj, Gudelj!’ fue el gran grito de guerra del Celta de los 90, representado en la figura esbelta de un “serbio de Bosnia”, según detalla el interesado, tan seductor fuera del campo (algunos le comparaban con el actor Patrick Swayze) como implacable ante el portero rival.

Aterrizó en Vigo procedente del Velez Mostar en 1991, pocos meses antes de que la guerra hundiese los sueños de los balcánicos, y cuando las bombas empezaron a caer, se dedicó a ayudar a los cientos de refugiados que llegaban a Galicia. Se estrenó en Segunda, fue Pichichi de la categoría y sus goles impulsaron al Celta a Primera, y ahí comenzó su idilio con una afición que aún le idolatra. Fue la ‘Gudeljmanía’, desatada gracias a su amplio catálogo de goles y de momentos inolvidables: su doblete en Tenerife para meter a su equipo en la final de Copa de 1994, su ‘hat-trick’ al Madrid de Capello en la última jornada de la Liga de 1997 para salvar al Celta de Segunda, su gol en Anfield… Donde otros dudaban, en la soledad del delantero frente al portero, él era infalible.

 

De vez en cuando, a la grada de Balaídos le entra un ataque de morriña y vuelve a cantar su nombre. ‘¡Gudelj, Gudelj!’ fue el gran grito de guerra del Celta de los 90

 

Cuando en 1999 Víctor Fernández le dijo que ya no tenía sitio en el Celta, Gudelj se resistió a dejar Vigo: bajó de categoría y subió en el mapa para jugar en el Compostela. Apuró su carrera en el Hajduk Split, pero no tardó en regresar al Celta. Jugó la Liga ‘indoor’ con los veteranos del club, pero no le fue demasiado bien (imposible desmarcarse con tan poco espacio). Más tarde fue relaciones externas, y luego, tras sobrevivir al ERE del club, delegado del primer equipo. La LFP hace unos años como mejor delegado de Primera, aunque también ejerce de embajador del Celta ante las peñas.

Es uno de esos tipos que te levantan el ánimo nada más verlo”, dicen desde las oficinas del club. Una gran foto suya decora una de las puertas de Balaídos, sigue firmando autógrafos, incluso a imberbes que solo le han visto en YouTube, y aunque de vez en cuando suelta alguna palabra en gallego, mantiene su fuerte acento balcánico (se estancó en su progresión lingüística, al más puro estilo Cruyff) y su buena estampa: se le ve a menudo corriendo por el parque Castrelos, cerca de su piso en la Avenida Camelias, el mismo en el que se instaló cuando llegó a Vigo, hace ya media vida.

*Este texto está extraído del interior del #Panenka26, que todavía puedes conseguir aquí