Ian Rush, exfutbolista galés del Liverpool, dijo una vez que no pudo acostumbrarse a vivir en Italia porque era como estar en un país extranjero. Un genio. Algo parecido le ocurrió a Lineker en 1993, cuando llegó al aeropuerto de Tokio con el asombro del niño que entra en el Imaginarium por la puerta pequeña. Pasó de estar en un mundo convencional donde hacía goles casi por inercia y recibía alabanzas de forma rutinaria, a montarse en un taxi y “no saber ni a dónde ir”, como él mismo explicó. No fue suficiente con el curso intensivo de japonés que había completado meses antes junto a su mujer. Sus inicios en el país asiático estuvieron marcados por continuas peripecias.

No solo tuvo que lidiar con cambiar el fish and chips por el sushi con wasabi y wakame, también llegó a un vestuario donde tenía que explicar quién era Gary Lineker, uno de los mejores delanteros del mundo, autor de más de 200 goles y que, tan solo unos meses antes, había sido segundo en la tabla de máximos anotadores de la First Division con 28 tantos. Precisamente por eso se le criticó en Inglaterra. Porque decidió irse a jugar a un país en el que el fútbol había sido un deporte minoritario hasta que apareció la serie Oliver y Benji. El anime salió a principios de los 80 y la J1 League no llegó a profesionalizarse hasta 1993, coincidiendo con la llegada del delantero inglés.

 

“El efecto Lineker en los demás jugadores es realmente impresionante”

 

Lineker, junto a Zico, que había aterrizado dos años antes, fue clave para que el fútbol nipón entrara en otra dimensión. Fichó por el Nagoya Grampus, un club situado en la ciudad de Toyota, que se fundó en 1939 bajo el nombre de Toyota Motor SC, cuyo propietario es la empresa de vehículos Toyota y juega en un estadio que se llama Toyota. Un ejecutivo de marketing de la compañía, dijo que “su imagen de deportista amable es una buena mezcla de software y hardware. Queremos utilizarlo en general para la imagen corporativa de Toyota”. Crearon un logotipo de Lineker y lo presentaron en los periódicos a toda página. Hizo anuncios publicitarios y las tiendas se llenaron de artículos como la ‘camiseta de Lineker’, la ‘toalla de Lineker’ o la ‘chapa de Lineker’. En las libretas escolares, las pegatinas de Oliver Atom se sustituyeron por la cara del delantero inglés. Su imagen estaba en todas partes.

Fuera del campo ya era una auténtica estrella, pero tenía el difícil reto de transformar toda esa expectación en goles. En su primer partido de pretemporada Lineker realizó una actuación prometedora. Se le vio conectado con los nuevos compañeros y la afición estaba entusiasmada. Aunque no consiguió anotar en los primeros choques, su calidad era palpable y sobresalía por encima del resto. “El efecto Lineker en los demás jugadores es realmente impresionante”, decía su entrenador Hiraki en una entrevista pospartido. Sus primeros pasos fueron efervescentes, subió de forma abrumadora y se estrenó incluso como goleador, pero cayó fulgurante tras una rotura en el hallux –dedo gordo del pie–. Justo cuando iba a regresar después de tres meses fuera de combate, volvió a sufrir otra fractura. Otro dedo del pie. Llegó entonces a plantearse la retirada con 33 años, pero prefirió cumplir con el segundo año de contrato que le quedaba. Su primera temporada se saldó con el pobre registro de un gol en siete partidos. Al menos le sirvió para engordar el récord de las tarjetas amarillas. Tampoco fue amonestado en el país asiático. Ni una sola vez en toda su carrera. Para que luego digan que es un tipo polémico.

 


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