Tras el pitido inicial, se cayó el estadio. Un estruendo recorrió los pasillos del entramado del Boleyn Ground y me contagió una euforia que me hizo gritar como lo hace una persona que cae al vacío desde un décimo piso. Empezamos a abrazarnos entre pintas de cerveza caliente que volaban de aquí para allá, gritos y empujones. Alguien desafinó los primeros compases del Twist and Shout de los Beatles, gesto que fue coreado e imitado por los que allí nos encontrábamos celebrando no se sabe muy bien el qué, jaleados por un inconfundible grito unánime que indicaba que algo bueno había pasado.

Sakho scored! —se escuchó por ahí. No había pasado ni un cuarto de hora y ya íbamos ganando. Buena señal.

Mi compañero de piso, un inglés llamado Ali que medía por lo menos seis metros, de ascendencia escocesa e irlandesa, y yo, seguíamos todavía arreándole lentos tragos a nuestras pintas aguadas con los últimos rezagados que no querían entrar a la grada hasta estar mínimamente tocados. Yo desde luego ya lo estaba: llevábamos bebiendo desde el desayuno y únicamente habíamos empapado el alcohol con una hamburguesa moderadamente descongelada y una tartaleta de plástico al curry. Apuramos lo que nos quedaba del culín caliente y entramos corriendo a la grada para llegar a la repetición del gol. Upton Park estaba precioso, lleno hasta la bandera, con todo el público en pie, colorido como el carnaval de Río. Un fervor eléctrico recorría cada una de las butacas del estadio; el ambiente era mágico, propicio para una tarde épica. Llegamos a nuestros asientos, donde nos aguardaban los parroquianos de siempre y dos camisetas conmemorativas del histórico partido.

Era un día especial, ya que se jugaba el último partido en el Boleyn Ground, el mítico estadio del West Ham United, club de fútbol del este de Londres del que yo era socio. El visitante para la ocasión tampoco era un cualquiera: el Manchester United de Louis van Gaal.

No sé en qué momento me enamoré del West Ham, sencillamente ocurrió. Ali había sido socio desde que era un chiquillo y poseía dos abonos; en algún momento decidió llevarme a una de esas orgías futbolísticas de euforia incontenida, apuestas de cinco libras que nunca se materializan e insultos con acento cockney, y ya nunca más quise perderme uno solo de sus partidos. Así que le compré uno de los abonos. Obviamente no era un hooligan, pero llegué a sentir verdadera devoción por el West Ham, por el ambiente de su estadio, por el barrio… Por aquel entonces yo ya había cumplido los 20 años, estaba terminando segundo de carrera y me hallaba en pleno proceso de encontrarme a mí mismo, transitando de la adolescencia a la edad adulta. Digamos que tenía las hormonas a flor de piel y un partido de fútbol me venía de perlas para canalizar mis frustraciones y miedos, y soltar todo aquello que me removía por dentro.

Aquel día, el de la penúltima jornada de la Premier League del año 2016, que será recordada eternamente como ‘la Premier del Leicester’, había sido todo él inolvidable. Un caos absoluto. Ali y yo habíamos ido con tiempo a Upton Park para disfrutar con calma de la previa del partido, pero al llegar nos encontramos con que los alrededores del estadio estaban ya a rebosar. Era un día muy especial, y nadie quería perderse la fiesta. El ambiente era vibrante, todo el mundo estaba feliz y se percibía una sensación general de placentero éxtasis. No obstante, los hinchas del West Ham no son precisamente hermanitas de la caridad, y al poco rato empezaron a liarla. A la que apareció el autobús del Manchester United a la altura de la estatua que conmemora a los Bobby Moore y compañía, jugadores del West Ham que fueron piezas clave del equipo inglés que ganó la Copa del Mundo en 1966, empezó una intensa lluvia de objetos (lo habitual: latas de cerveza, botellas, alguna que otra piedra…) contra el vehículo, que intentaba acceder al estadio por la famosa Green Street.

 

Winston Reid remató un centro colgado al área por Payet y el balón acabó en el fondo de las mallas de De Gea. 3-2. Lo siguiente que sucedió solo podría definirse como una explosión. Una explosión nuclear de júbilo y éxtasis

 

Apareció la policía a caballo y desencadenó una pequeña avalancha que nos pilló un poco por sorpresa a los que veníamos rezagados. En un segundo, me encontré como una sardina, apretujado en medio de un gentío que me asfixiaba más a cada minuto que pasaba. La policía trataba de abrir un hueco para que pasase el autobús y nos iba empujando progresivamente hacia las paredes de la calle y las verjas del estadio; el cordón policial era tan férreo y agobiante que tuvimos que levantar a los niños por encima de nuestras cabezas para que no los chafaran. Algunos policías quedaron fuera del cordón, repartidos entre los hinchas con la cabeza gacha mientras acataban con estoicismo los insultos de quienes estaban a su alrededor. Habían perdido toda autoridad sobre nosotros, a la merced de nuestra rabia.

There are children here, you shitheads, don’t fucking push!

Al final, por obra de algún milagro, se mantuvo la calma, y gracias a eso pudo evitarse otro Hillsborough. Resultado: el partido comenzó con un retraso de 40 minutos. La tensión que se había generado no fue a menos durante el encuentro; en algún momento, le llovieron un par de botellas de agua a David de Gea, meta del United, y un hincha del West Ham llegó incluso a saltar al campo para afearle el buen partido que estaba jugando. Esperpéntico todo, pero eso era precisamente lo que más me gustaba de este equipo: lo absurdo, el caos.

Llegamos al descanso con el mismo marcador, pero nada más empezar el segundo tiempo sucedió lo previsible: gol del Manchester. Silencio sepulcral en todo el estadio, menos en la grada visitante, de la que emanaba un chorro de potente energía. Un montón de hormiguitas rojas que se movían desacompasadamente, como los muñecos hinchables que bailan en la entrada de los concesionarios de coches de segunda mano de las películas americanas.

For fuck’s sake, fuck off you wankers!

El segundo gol del Manchester fue aún peor, una losa de mármol sobre la tumba abierta de una persona que todavía respira.

No obstante, la memoria del West Ham está curtida a base de golpes y lucha, la lucha de un barrio obrero acostumbrado a un futuro sin demasiadas perspectivas, al paro, a la discriminación del Londres más elitista, a la gentrificación. El espíritu del West Ham se resume a la perfección en la letra de su himno: “Me hallo siempre haciendo pompas, lindas pompas de jabón al aire, que vuelan muy alto, rozan el cielo y, como mis sueños, se desvanecen y mueren”. Un barrio sufridor, que no se acomoda a la globalización, y que, por aquellos días, simbolizaba la quintaesencia de la modernidad; destruir un campo mítico, en un intento de lavado de cara a un club peleón y correoso, con ánimo de llevarse al equipo a jugar como local al estadio Olímpico de Stratford, mucho más nuevo y brillante.

El gol del empate del West Ham llegó inesperadamente en el momento que más falta hacía, como un bálsamo de aloe vera aplicado suavemente sobre la piel chamuscada de un turista inglés. Aunque me gusta presumir de que soy brujo, en ese momento todos presentíamos que algo más iba a ocurrir. Se notaba en el ambiente, podía olerse. Sucedió. Apenas a diez minutos del final, Winston Reid remató un centro maravillosamente colgado al área por Dimitri Payet y el balón acabó en el fondo de las mallas de De Gea. 3-2. Lo siguiente que sucedió solo podría definirse como una explosión. Una explosión nuclear de júbilo y éxtasis. En ese momento, recuerdo que reflexioné sobre lo absurdamente impredecible que era el fútbol y me acordé de haber dejado una pechuga de pollo de corral descongelándose en la mesa de la cocina. Después, todo pasó muy rápido. Le pisé el pie a mi vecino, a la vez que le agarraba la cazadora y le gritaba al oído. Ali me lanzó de un empujón dos filas más abajo, y choqué con un hombre gordo y calvo que me pidió matrimonio mientras me levantaba en volandas; le besé la calva y me abracé a un corrillo que se había formado espontáneamente cinco filas más arriba. Estoy prácticamente seguro de que se me escapó una gota de orín por la emoción. Volví a mi asiento y me encontré con que Ali había bajado corriendo hasta el césped para cantar el gol con el goleador y con los guardias de seguridad, a quienes poco les faltó para sacarse el uniforme y celebrar el gol de su equipo en pelotas por el campo. Me acordé de mi padre, de mi primer gol de crío, del gol de Valerón de cabeza al Milan de Ancelotti, de todas las frustraciones que este deporte despierta. Especulé sobre mí mismo, sobre mis emociones y mis sueños y, cuando el árbitro indicó el final del encuentro, se me ocurrió pensar que, quizás esta vez, no se desvanecerían en el aire como las lindas pompas de jabón.

 


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Fotografía de Imago.