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66 puntos en los últimos ocho encuentros de liga. El Biwenger, para todos los que cada día vemos menos balompié porque cada año nos cuesta más convivir con todo lo que lo rodea, es, seguramente, uno de los mejores barómetros de la realidad futbolística. De una realidad en la que ha irrumpido con fuerza, derribando la puerta, Federico Santiago Valverde Dippeta (Montevideo, Uruguay; 22.07.1998). Detrás de la musicalidad de su nombre, etéreo, más de escritor, de artista, que de centrocampista, detrás del discreto ’15’ que viste, mucho menos majestuoso que el ‘8’, el ’10’ o el ’14’ de sus compañeros en la zona ancha, e ídolos, a la vez, se esconde una de las grandes revelaciones, una de las principales sorpresas positivas, de la presente temporada; sobre todo en el contexto de un Madrid necesitado de buenas noticias.

El actual tenía que ser el curso de la consolidación del jugador uruguayo en el primer equipo blanco. Pero, superando cualquier expectativa, incluso las más optimistas, está siendo el de su explosión, el de su consagración como futbolista tanto de futuro como de presente. A sus 21 años, Valverde, que ya ha superado los 50 encuentros en Primera, se ha desabrochado el apretado corsé de la timidez para pasar del segundo al primerísimo plano. Ha pasado de ser un recurso de garantías, un suplente que aguarda con ansias la llegada de la Copa del Rey, a convertirse en una pieza clave, esencial, fundamental; ahora ya imprescindible, irremplazable, venerado, adorado, por un Bernabéu que le ha elevado a la categoría de ídolo. Ha pasado de ser solo un recurso más en el fondo del armario a vestirse con el traje de los domingos en los partidos trascendentales. De jugar los duelos sin historia, sin nada en juego, los minutos de la basura, a ser titular. Del final de la fila a ser una de las primeras elecciones de Zinédine Zidane; al que, ya al final de la temporada pasada, convenció para quedarse un curso más en el feudo blanco, birlándoles así el puesto a Dani Ceballos o Marcos Llorente, mucho más contrastados.

 

“Valverde, ahora ya imprescindible, irremplazable, representa la cara más rebelde, más ambiciosa, de este Madrid tan poliédrico, tan indescifrable”

 

“No existen palabras para describir a Zidane. Solamente que venga a saludarte ya te hace aprender. Es increíble que te diga que confía en ti”, afirmaba, enormemente agradecido, feliz de estar viviendo un sueño, el propio centrocampista ‘charrúa’; que ha respondido a la confianza que en él ha depositado el entrenador francés del Madrid haciéndose un hueco en un once que hacía demasiado tiempo que se podía recitar de carrerilla, revitalizándolo; amenazando, primero, rompiendo, después, el sagrado e intocable triunvirato Casemiro-Modric-Kroos; insuflándole aire fresco a un bloque que, tras hacer historia al enlazar tres Champions, no había sabido renovarse ni reinventarse. En este Real Madrid tan poliédrico, tan indescifrable; Valverde representa la cara rebelde, ambiciosa, del vestuario merengue; la que sueña, la que rechaza rendirse o enarbolar la bandera blanca a pesar de que quizás no parecía el mejor curso para volver a conquistar la gloria. “Uno lucha para este momento. Trabajé toda mi vida para estar viviendo todo esto. Vivo por y para el fútbol”, añadía el jugador suramericano, convencido, en las páginas de la revista Túnel.

La consolidación del ’15’ blanco, el único de los futbolistas de menos de 24 años de la plantilla que esta campaña ya supera 850 minutos (1.320) en las alineaciones de Zidane, recuerda, con todo, a una frase de Antonio Gramsci, tan antigua como actual: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. En ese claroscuro surgen los monstruos”. A la espera de que los Vinícius, Rodrygo, Jović, Mendy, Militão o Brahim empiecen a responder a las altas expectativas creadas a su alrededor, Fede, un monstruo competitivo, ha dado un paso al frente para reclamar su derecho a liderar, a abanderar, el cambio de época que más pronto que tarde se vivirá en el Bernabéu. Las estadísticas certifican el brillante inicio de curso de un Valverde que, con 15, ya ha superado las diez titularidades de la 18-19; aunque entonces cinco de ellas se dieron en las últimas ocho jornadas de liga, con el cuadro merengue ya desahuciado de la lucha por el título y en pleno casting de Zidane. El Madrid, además, no ha caído en ninguno de los 15 encuentros en los que el joven centrocampista uruguayo, que desembarcó en Chamartín en el año 2016, a cambio de unos cinco millones de euros, ha salido de inicio. Los números todavía resultan más ilustrativos al analizar los goles marcados (53) y los encajados (21, de los cuales nueve llegaron en los cinco primeros partidos, justo antes de que Valverde irrumpiera en el once) por el cuadro merengue en los 27 partidos jugados. Con Valverde sobre el césped, 34 y cinco. Sin él, 19 y 16.

 

“Con Fede Valverde sobre el césped, el Real Madrid ha anotado 34 tantos y apenas ha encajado cinco. Sin él, 19 y 16. Pero su impacto trasciende el mundo de los números”

 

Pero su impacto trasciende el mundo de las estadísticas, de lo cuantitativo, para adentrarse en el universo de las sensaciones. Porque con Valverde, que esta temporada, además, ha anotado sus dos primeros goles con la camiseta del club de sus sueños, en el terreno de juego el equipo gana mucho en equilibrio, en solidez; en tranquilidad, como casi se adivina en el rostro de un Casemiro que juega mucho más abrigado, más protegido, menos desnudo, menos expuesto. Fede sostiene al conjunto madridista con su trabajo oscuro; tan imperceptible como valioso. “El míster me pide que presione. Y voy a hacerlo siempre que pueda. Hasta que me revienten las piernas voy a hacerlo”, apuntaba hace unas semanas el propio jugador de Montevideo, tan flaco como rocoso, férreo, omnipresente, agotador, cansino, en la presión, generoso en el esfuerzo, en las ayudas, en las coberturas, rápido en el repliegue, sacrificado e incansable, infatigable; siempre consciente de las palabras que, según recogía El País a mediados de octubre, un día le dijo el exjugador ‘charrúa’ José Perdomo, que por aquel entonces ejercía como entrenador del equipo sub-15 de Peñarol: “Mirá, si querés jugar a nivel mundial tenés que marcar [defender] y jugar, las dos cosas”.

Pero sería injusto hablar de Valverde, también vital en Uruguay, solo como un jugador exuberante a nivel físico; fuerte, intenso. “Es un futbolista con mucha llegada al que le gusta pisar área y sorprender desde segunda línea. Técnico, elegante, buen lanzador de faltas y muy fino para jugar. En definitiva, una aparición distinta a lo que nos tiene acostumbrados últimamente el balompié uruguayo con jugadores más rústicos, más capacitados para el marcaje que para dar el pase”, afirmaba Andrea Orts en MarcadorInt hace algo más de tres años, justo al arranque de la primera experiencia del ‘charrúa’ en el fútbol europeo; glosando, enumerando, las virtudes de una promesa que ahora ya es una realidad. Dando cuatro pasos hacia atrás en el césped para dar más de mil hacia adelante, reconvirtiéndose, el ’15’ blanco, que en la 17-18 aprendió a sufrir de la mano de un Deportivo de La Coruña que acabó bajando a la categoría de plata, ha cristalizado en un centrocampista versátil, polivalente; tan útil en la parcela ofensiva como fiable defensivamente. Tan habilidoso e inteligente como luchador. Tan fino como brutal. “Elegante, pero callejero”

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, que cantan Natos y Waor. Voraz, vertical, Fede se ha erigido en un 4×4, en un box to box que corre de área a área, de orilla a orilla, que acelera el pulso del cuadro blanco, que ignora el pedal del freno; en un nómada sin residencia fija sobre el césped, más que notable tanto con el balón como sin él; en el hombre en el que mejor se personifica la metamorfosis experimentada por un Madrid que ha recuperado la sonrisa en los últimos meses.

El completísimo jugador ‘charrúa’, que, juntando lo mejor del balompié europeo y el suramericano, y aderezando el plato con el carácter competitivo, hambriento, que Uruguay inocula en todos sus futbolistas, ha madurado hasta convertirse en uno de los más claros ejemplos de lo que se define como centrocampista moderno, vuela por el verde; haciendo honor al bello apodo que le pusieron cuando solo era un crío que correteaba por las calles de su Montevideo natal. “De pequeño un entrenador decía que cuando jugaba al fútbol volaba. Por eso me llaman ‘Pajarito'”, admitía hace unos meses el propio Fede Valverde; un futbolista, sin miedo a las alturas, sin vértigo, que, sin mover los pies del suelo, cada día vuela más alto.