El Hernando Siles, estadio situado a 3.604 metros sobre el nivel del mar y donde la selección de Bolivia juega sus partidos oficiales, sigue generando problemas de montañas para abajo. Argentina, Brasil, y un puen puñado de combinados sudamericanos sufren de lo lindo cada vez que pisan el coliseo de La Paz. Bolivia, por su parte, no se cansa de reivindicar su denonimación de origen.

En uno de los picos más altos de la geografía boliviana se instala la ciudad de La Paz. Con una arquitectura milagrosamente adaptada al terreno, miles de casas trepan por las montañas a más de 3.000 metros de altura. Justo a los 3.604 metros sobre el nivel del mar y en medio de este peculiar paisaje se alza el estadio Hernando Siles, campo donde la selección de Bolivia celebra sus partidos internacionales. Siendo el estadio con mayor capacidad de todo el país, si es conocido mundialmente es por estar situado a una altura a la que pocos futbolistas están acostumbrados a jugar. Este hecho, al que los bolivianos están habituados desde que nacen, supone un calvario para sus visitantes.

“Donde se puede hacer el amor, se pueden praticar deportes”, defendió en su día Evo Morales, tras subir al Nevado Sajama, el pico más alto de Bolivia, para jugar a fútbol

Para los autóctonos, el estadio Hernando Siles es el lugar donde han conseguido sus mayores gestas futbolísticas, como la primera final internacional que un club boliviano jugó o la victoria frente a Brasil en las eliminatorias de 1993. Pero de montañas para abajo el coliseo de La Paz es sinónimo de problemas. Inconvenientes que tienen siempre como denominador común la altura.

Tanto es así, que el Hernando Siles ha significado constantemente una lucha contra quienes han defendido que no es posible, sano ni aconsejable jugar a una cota tan alta del altiplano. La primera ‘batalla’ que los bolivianos tuvieron que ganar fue contra la FIFA, que en 2007 declaró que no se podía disputar ningún partido en estadios que superaran una altitud de 2500 metros. Las respuestas a este veto no tardaron en llegar. La más sonada, la protagonizada por el presidente boliviano Evo Morales. Para demostrar que no es peligroso practicar deporte a tanta altura, subió hasta el pico más alto de Bolivia, el Nevado Sajama, ubicado a 6.500 metros, para jugar un partidillo de fútbol. La escena resultó un tanto graciosa y para rematarlo, al finalizar el partido el presidente aclaró “Donde se puede hacer el amor, se pueden practicar deportes” y así parecía haber zanjado el tema.

Pero la lucha de los bolivianos para poder jugar partidos internacionales en La Paz no se ha limitado a las instituciones. Todos los equipos que han visitado el estadio han denunciado las desventajas de jugar a 3.604 metros. Lo cierto es que biológicamente, a mayor altura aumentan los glóbulos rojos y eso puede generar problemas de respiración, cosa que afecta directamente al ritmo cardíaco de un deportista. Por eso, el partido disputado el pasado martes en La Paz entre Bolivia y Argentina provocó que la prensa internacional se hiciera eco durante días de las repercusiones que podía suponer jugar un partido a más de 3000 metros.

Fernando Signorini, expreparador físico de la selección Argentina puso el grito en el cielo afirmando que “Un jugador se puede morir en la altura de La Paz pero nadie hace nada“. Bien, acabado el partido todos los jugadores albicelestes siguen con vida, a pesar de que la mayoría padecieron los típicos síntomas en un partido de estas características. Di María tuvo ser asistido con pequeñas bombonas de oxígeno, muchos sintieron mareos y jaquecas y hasta Leo Messi vomitó en el descanso.

La batalla de 1997

Evidentes handicaps que todos los rivales que visitan La Paz intentan contrarrestar a base de inhaladores o cámaras hipobáricas. Pero a pesar de todo esto el partido del martes era especial. El hecho de que Argentina fuera el rival de turno removió algunos episodios entre ambas selecciones ocurridos precisamente en el Hernando Siles. El duelo de 1997 dejó marcada tanto la historia del fútbol sudamericano como la cara de Julio Ricardo Cruz. De nuevo la altura sería la excusa. En los días previos al encuentro, Daniel Passarella -técnico argentino- había afirmado que “Jugar en La Paz es inhumano“, afirmación que molestó a toda la hinchada boliviana. Tanto fue así que durante el encuentro, Ricardo Cruz fue agredido en el pómulo derecho -desencadenando una trifulca en la que tuvo que intervenir hasta la policía, como se puede observar en la fotografía de más abajo-. Fue entonces que pasó algo que nunca ha sido aclarado. Argentina hizo correr una imagen dónde aparecía el futbolista tendido en el suelo del vestuario con un profundo corte en la cara. Nadie habría dudado en penalizar el ataque si no fuera porque el corte estaba en el pómulo opuesto al que había recibido el golpe en el campo.

lapazdentro

Quedar en evidencia debió doler a los argentinos, aunque no menos les debió dañar el orgullo que, hace cuatro años, en el mismo estadio Hernando Siles, Bolivia endosara un 6-1 a la Argentina que dirigía Maradona.

Estos ejemplos son un pellizco de la cantidad de historias que ha cobijado el famoso estadio de La Paz, que tendrá que vivir siempre en lucha para convencer al resto del mundo que tienen derecho a jugar a fútbol a la altura en la que ellos han nacido y crecido. Al fin y al cabo, los bolivianos saben que en casa juegan con ese factor a favor. La teoría que siempre han sustentado es que cada campo del mundo cuenta con unas adversidades a las que el contrario debe adaptarse. El frío de Rusia, el calor y la humedad de Brasil o la altura de La Paz, son las consecuencias de que el fútbol haya llegado a cada rincón del planeta.