A día de hoy he encontrado dos cosas emocionantes en el Reino Unido. La primera es la salsa tártara como acompañamiento del fish and chips. La segunda, las compañías de taxi de precio más que razonable. El desplazamiento en dicho medio de transporte es bastante común aquí, así que me uní a la tendencia con el objetivo de contrarrestar mis inoportunas demoras. Otro tema ya es saber como comportarte dentro de un taxi. Qué actitud proponer ante el hombre que te desplaza en un coche es siempre motivo de cierto estudio. En mi caso me di cuenta de la angustia que me insuflaban los viajes en absoluto silencio, sin intercambio de palabras alguno con el taxista, y establecí una inamovible política de comunicación en cada uno de mis trayectos. En puro vacío sonoro, sin contexto alguno, suelto con urgencia “¿Y a usted le gusta el futbol?”.

En la contestación más inquietante que he recibido, el taxista se volvió hacía mí al escuchar la pregunta. “Definitivamente no, porque soy del Bolton y estamos en la mierda”, emitió tajantemente. Dejé la frase flotando en el aire mientras me tragaba la tensión de un viaje en silencio, imaginándome que, si me interesaba más sobre el tema, quizás me condujera a un callejón angosto y me destripara sus traumas llorando con una navaja en mi cuello. Salí del taxi, saqué mi móvil del bolsillo y miré en internet el último resultado del Bolton en el Championship. Desde entonces, era diciembre, y movido por cierta inquietud hacía el taxista, lo he hecho cada semana.

La primera noticia que leí sobre ellos desde mi marcaje al hombre fue dramática. Jugadores y cuerpo técnico del equipo eran citados en una reunión de urgencia, mediada por la PFA (Asociación de Futbolistas Profesionales). Hacía un mes que nadie cobraba sus sueldos y los empleados fueron informados de la delicada situación de la economía del club, con una deuda cercana a los 180 millones de libras y la posibilidad de entrar en administración concursal.

 

En noviembre de 2007, el Bolton empataba a dos contra el Bayern de Múnich en el Allianz Arena, en partido de Copa de la UEFA

 

Para llegar hasta aquí el Bolton ha seguido un proceso de degradación progresiva, que como los buenos fracasos va de cimas históricas a pozos sin fondo. Empezaremos por el final. El pasado mes de abril, con un mes de competición liguera aún por delante, los ‘Trotters’ consumaron su descenso a League One en una derrota por 4-1 en Derby. La última vez que jugaron en la tercera división del sistema inglés fue hace 23 años. El principio de este relato, por su parte, se sitúa solo nueve años atrás, pero en un momento deportivo diametralmente distinto: En noviembre de 2007, el Bolton empataba a dos contra el Bayern de Múnich en el Allianz Arena, en partido de Copa de la UEFA.

El célebre partido en Múnich fue uno de los momentos cumbre en la historia de la entidad, que nunca antes de 2007 logró clasificarse para competiciones europeas. La ciudad de Bolton está al noroeste de Inglaterra, a menos de 20 kilómetros de Mánchester. Su club, los ‘Wanderers’, son un histórico del país con 142 años de historia y siendo uno de los fundadores del campeonato inglés en 1888. A principios de siglo encadenaron cuatro temporadas consecutivas acabando entre los ocho primeros de la Premier League. Comandados por Sam Allardyce desde el banquillo y Jay-Jay Okocha en el verde, se consolidaron en la máxima categoría. En todos estos años pasaron por el club jugadores como Nicolas Anelka, Yuri Djorkaeff o Fernando Hierro. La gestación de ese proyecto deportivo tuvo dos nombres en la junta directiva. Uno es el de Phil Gartside, histórico presidente del club. Más arriba, como propietario, estaba Eddy Davies, un multimillonario inglés y seguidor del Bolton que hizo fortuna en el sector de las teteras. Davies, Gartside y Allardyce formaron un tridente exitoso en el noroeste inglés. Hasta que llegaron a la UEFA.

Después de la temporada europea, en la que cayeron en octavos de la competición, Allardyce decidió finalizar con su ciclo de ocho años en los ‘Wanderers’. Se truncó uno de los pilares dónde se sustentaba el club, mientras los dos restantes le buscaron un sustituto para mantener el Bolton al mismo nivel. El equipo, sin embargo, dio un paso atrás sobre el césped. Pasó de meter la nariz en plazas europeas, a merodear por la ninguneada mitad baja de la tabla. Invirtió más dinero que nunca en mejorar la plantilla (Johan Elmander fue el fichaje más caro de su historia, por una cifra de 8 millones de libras), pero las incorporaciones no daban el rédito estimado. Tuvieron cuatro técnicos en las cinco siguientes temporadas y se esfumó la estabilidad que Big Sam dio al club. La regresión culminó en un descenso dramático en 2012. Desde entonces, Davies y Gartside se entestaron en devolver el Bolton a lo más alto lo antes posible. Mal asunto.

 

En todos estos años pasaron por el club jugadores como Nicolas Anelka, Yuri Djorkaeff o Fernando Hierro

 

“Así, básicamente, es como el Bolton desperdició su dinero: malos fichajes, salarios desorbitados y una visión de club equivocada”, publicó The Guardian. Ejemplifica esa definición Keith Andrews. El centrocampista irlandés llegó al club en 2012. Andrews era un tipo de 31 años que pasó las dos anteriores campañas cedido, y sin momentos de grandeza, al contrario. Pues trincó un cuantioso contrato de tres años a razón de 25.000 libras semanales. Para algunos, el Bolton no estaba tan mal, supongo, y la entidad se armó en una mentalidad claramente cortoplacista. El Financial Times dedicó un artículo a lo de los ‘Wanderers’. “Es la historia de un club que prueba el gusto de la Premier League e invierte más de lo que tiene para mantenerse allí, pero fracasa y lucha para sobrevivir mientras los ingresos de televisión son superados por los salarios”.

La oficialización del desastre trotter llegó este mismo curso. El Daily Mail publicó a principios de noviembre que la salud económica del Bolton era deficiente. El club lo desmintió. Un mes y medio después, Eddy Davies admitía públicamente la deuda de 175 millones de libras que no era capaz de afrontar, y que se buscaba un nuevo comprador para la entidad. Al mismo tiempo, el presidente Phil Gartside tenía que abandonar su cargo debido a una grave enfermedad. Falleció el pasado febrero. Vendieron las oficinas del club en el estadio para pagar parte de los sueldos, así como el campo de entrenamiento que pertenece ahora al Wigan Athletic, y la corte inglesa les citó en enero para subsanar unos impagos, previo paso a la entrada del club en administración concursal. En el último momento, cuando pasan las mejores y las peores cosas, llegó una vía de escape en forma de nuevo inversor. Se trató de Dean Holdsworth, antiguo delantero del club y actual propietario de un grupo empresarial llamado Sports Shield, que junto a otro empresario de nombre Ken Anderson tomaron las riendas del club, asumieron los gastos más urgentes y expusieron sus intenciones de recomponer el destrozo, argumentos suficientes para calmar un poco el ambiente.

Ahora, en los alrededores del Macron Stadium, los aficionados revisan sí, por quedar, aún les quedan pelusillas de ropa en los bolsillos de los pantalones, que uno ya ni sabe. A veces pienso que si vuelvo a subir con aquel taxista le diré que algo siempre nos queda. Que supongo que hay cosas peores que la League One. Que ir a Fleetwood o a Doncaster no está tan mal. Que de “la mierda”, como de la droga, también se sale. Que en 2002 hubo un equipo que entró en administración concursal. Y que se llamaba Leicester City.