Nicolò Zaniolo lleva el hype cosido a su bota izquierda como cuando conduce vertiginosamente hacia la portería rival. Desde la banda derecha hacia dentro. Cuchillo en mantequilla. No sería honesto ni preciso describir a este classe 1999 sin acudir tarde o temprano al “entusiasmo y expectativas desmesuradas” a los que alude el término, una reducción coloquial de hyperbole. Esto es, exageración de las cualidades de alguien. Así que queda dicho ya en el primer párrafo, con Nicolò no hay tiempo que perder.

Su carrera va de quemar etapas. Fue convocado por la selección absoluta italiana sin haberse estrenado con el primer equipo de la Roma y debutó antes en la Champions —de titular en el Bernabéu, supera eso— que en la Serie A. El mérito de su irrupción se reparte entre Di Francesco y Mancini, a quienes imagino en unos años rememorando una y otra vez en entrevistas la intuición táctica que supuso apostar sin titubeos por Zaniolo, primer Balón de Oro italiano tras Fabio Cannavaro. En efecto, su techo está por las nubes.

A propósito de estrenos, también el fútbol regresará bajo los parámetros de una nueva normalidad en la que tendremos la sensación de las primeras veces incluso haciendo cosas por las que ya hemos pasado. Un ejemplo perfecto de ilusión renovada es Zaniolo, a quien esta pausa ha beneficiado (¡deportivamente!) tras una antipática lesión en enero. De ver finalizada su temporada y perderse la Eurocopa a contar con una inesperada segunda oportunidad el verano que viene. Algunos lo llaman destino y Nicolò quiere escribirlo.

 

Su carrera va de quemar etapas. Fue convocado por la selección sin haberse estrenado con el primer equipo de la Roma y debutó antes en la Champions que en la Serie A

 

Apunta Juan Tallón que “hacer las cosas por primera vez siempre suscita cierto asombro, y en el preciso momento que pasan empiezan a volverse inolvidables”. La frase encaja como un guante al describir el magnético primer tanto de Zaniolo en Serie A, asombroso e indeleble a partes iguales. Sucede cada cierto tiempo y no hay regla escrita que delimite el fenómeno: un gol logra raptarte y se erige como momento entre momentos en la sucesión temporal de partidos, que ante genialidades así se vuelven meros cofres del tesoro.

Ocurrió con el memorable gol de Cassano al Inter en su debut, con la vaselina-presagio de Messi al Albacete o, más recientemente, con la definición majestuosa de Özil bailando a y con la defensa del Ludogorets: Zaniolo detuvo el tiempo a su antojo el 26 de diciembre de 2018 mostrando a todo el mundo lo que puede y quiere llegar a ser. Por eso no hemos de sentirnos culpables de caer en las redes de la hipérbole con la que arranca este texto. Debemos, como mucho, ser conscientes de que el camino es largo e imprevisible. 

Las enormes ganas de recobrar sensaciones y volver a pisar el verde contrastan —se complementan— con el carácter sensato del joven giallorosso, que con más lucidez que algunos ministros declaró hace poco que “es mejor esperar un día más que un día menos”. Afilar el hacha antes de talar el árbol. Nicolò cumplirá 21 años en julio y, con el fútbol parado a la fuerza durante meses, saldrá del parón con más tiempo invertido que perdido.

Aunque haya confesado que su número ’22’ le gusta y que no tiene ninguna intención de heredar el sagrado ’10’ de Totti, las comparaciones con ‘Il Capitano’ no se han hecho esperar. Daniele Manusia recopiló en un artículo en Ultimo Uomo varios ejemplos gráficos en los que “es como si Zaniolo hubiera estudiado la iconografía tottiana. Gestos, goles, señales del destino, casualidades y causalidades romanistas: nadie se atreve a decirlo, pero…

Como todo talento precoz, el italiano ha mostrado tanto en tan poco tiempo que parece que lleve años en la élite. A su frescura sobre el campo incorpora una versatilidad táctica —le hemos visto de trequartista, de interior y hasta de falso 9— que es a la vez oportunidad y amenaza. Si por un lado prueba su capacidad de adaptación a varios roles, un regalo para cualquier técnico de mentalidad moderna, por otro anticipa el riesgo de que Zaniolo habite esa tierra de nadie que son los comodines. Pero niente paura, Nicolò es carta ganadora.

Con toda su carrera por delante, el de Massa debe aún encontrar su posición ideal. El analista de fútbol internacional Tomàs Martínez explica en un artículo que Zaniolo “detecta muy bien los espacios libres, lee de maravilla cuándo debe incorporarse en ataque para sorprender al rival y aparece donde no se le espera”. ¿Y si estuviéramos ante un moderno investigador de espacios, más refinado y agraciado que Thomas Müller? Nicolò bien pudiera convertirse en el raumdeuter de la Roma y de la selección italiana.

Más allá del flechazo que supusieron el sutil bautizo goleador ante el Sassuolo y la confirmación europea en forma de doblete ante al Oporto, Zaniolo ha ido dejando pistas sobre lo que quiere ser de mayor: un futbolista de último tercio, un privilegiado híbrido de cualidades físicas y técnicas, un llegador que se siente más cómodo acelerando la jugada que pausándola, un zurdo con energía y capacidad goleadora que se aleja del actual prototipo de centrocampista prometedor europeo. Un ejemplar único, en suma.

Como dice la canción, dejarse llevar suena demasiado bien. Permitir que el corazón gane alguna vez terreno a la cabeza con figuras hiperbólicas y zurdos italianos con llegada debe ser esa sana excepción que nos prescriba de tanto en tanto nuestro mejor médico de cabecera posible: el balón. Entonces ¿qué me pasa, Doctor Fútbol? ¿es para tanto lo de Zaniolo? Si aún no lo has visto jugar, la respuesta breve es que sí. Si ya lo has hecho, no necesitas que te lo confirme.