Radomir Antic tocó el cielo el 25 de mayo de 1996. Había culminado su obra. El Atleti de los cocodrilos, de los entrenadores fulminados, condenado cada año al fango de la Segunda División, era campeón de Liga. Un club despedazado, un caos permanente, el hazmerreir del fútbol serio, se había convertido en el mejor equipo de España. La gente del Atleti instauró el ‘Radomir te quiero’ y… ¡cómo no le iban a querer! Meses antes había ganado la Copa plantando para los restos un busto de Milinko Pantic en la historia rojiblanca. Ese serbio al que él y solo él puso en el camino atlético para siempre. En la época de los Mendes y Raiola, ¿cuánta comisión podría haberse llevado por perseguir un fichaje que lo cambió todo? Pero no, ‘Rado’ solo quería hacer a su equipo mejor.

Un Atleti que venía de coquetear con el infierno, con dos jugadores de Segunda que se habían llevado cinco de la Unión Deportiva Salamanca y otros tantos deprimidos de tantos años de líos. Antic les devolvió la alegría, les inyectó autoestima para ser lo que podían ser y ni siquiera aquel equipo admitía debates de estilo. Jugaba siempre en campo contrario, su portero vivía fuera del área en lo que parecía un suicidio; era un equipo alegre, dinámico, bonito de ver. Caminero por fin disfrutaba del fútbol, el ‘Cholo’ marcaba goles y Kiko se convertía en el jugador que parecía pero nunca era. Hizo con ellos lo que antes había hecho con Hierro, al que convirtió en un centrocampista goleador, o con Jokanovic y Prosinecki en Oviedo, o más tarde con Xavi en el Barca. Les hizo creer en sí mismos, tanto como él creía en ellos. ‘Rado’ roció de alegría el Manzanares y lo llenó de flores gracias a los claveles de Margarita.

Tocó el cielo en aquel partido frente al Albacete. Era una realidad el primer doblete de la historia rojiblanca, 20 años después de ganar la última Liga. Ese año yo iniciaba periodismo, prendado de la figura de un innovador. Seis años después pude invitarle a dar una conferencia, para la que no quiso cobrar. Irradiaba pasión por el juego, por su deporte, por comunicar, por transmitir. Así era él. Junto a Luis Aragonés y el ‘Cholo’ Simeone, el entrenador más importante de los últimos 40 años del club rojiblanco.

Porque la gente del Atleti es así. Te admiran cuando les llevas al cielo, pero si no les abandonas cuando te necesitan, ya directamente te conviertes en uno de ellos. El ‘Radomir te quiero’ retumbaba en las gradas de La Cartuja cuando el Valencia estaba a punto de ser campeón de Copa. Allí estaba yo para ver lágrimas de rojiblancos agradecidos a un entrenador que había acudido a la llamada de un club que otra vez iba camino de Segunda: habían pasado dos años del doblete.

Como las lágrimas de Tiago en Barcelona, como las de tantos atléticos cuando el descenso finalmente se consumó un año después en Oviedo. Antic de nuevo había acudido al rescate de un club hecho pedazos, intervenido por la justicia, manoseado y putrefacto. No tenía nada que ganar, más bien todo lo contrario. Y nadie recuerda que fuera el entrenador del descenso, recuerdan que cuando peor estaban las cosas ahí estaba él, que no les había dejado tirados y les dio la mano a costa de hundirse con ellos. Literalmente se subió a bordo del Titanic.

Es lo que tiene estar ‘en la salud y en la enfermedad, en el cielo y en el infierno’. Para entender lo que pasa hay que haber llorado dentro, que diría Sabina. Antic ha vuelto al cielo el 8 de abril de 2020 y hay compromisos que ya son para siempre: “Radomir, te quieren”.

 


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Fotografía de Getty Images.