Fútbol europeo, el reality show más ambicioso de la historia. Luces, cámaras, acción. Debutar en primera. Hacerlo bien. Dar buena impresión. Tiene planta. No pinta mal el chico. Que se fije en él un grande. Rodearse de cracks. Pasar a serlo. Jugar los fines de semana. Volver al césped los martes, los miércoles, contra los mejores del continente. En invierno, en primavera, en verano, en otoño. Cuando sea. Que las noticias hablen de posibles fichajes, de renovaciones, de desencuentros con el entrenador, con el presidente, con la afición. De reconciliaciones. O, si no, de estados de ánimo, de estados de forma, de si esta ya es su mejor versión o si todavía estamos por verla. Fútbol europeo, El show de Truman, una vida entera delante del objetivo, en el ojo del huracán, en el centro de todas las miradas. “¿Nada de esto fue real?”, se preguntará, como Truman, el protagonista a sus treinta y pico. “Tú eras real, por eso era tan bueno verte”, responderemos el resto, creyéndonos Christof, el padre, creadores de algo incierto.

En el mundo real no te encuentras a gente que haya jugado 17 años en primera. Al bajar a comprar el pan, el que hace cola detrás de ti no presenta un currículum con nueve campeonatos de liga. Ese que sale del estanco encendiéndose un Winston no es campeón de Europa. El vecino del segundo no suma más de 500 apariciones con el equipo al que apoyas cada semana delante del televisor. Dos participaciones en Mundiales. Cuatro en Eurocopas. Dos finales de la Champions. Eso es mentira. Imposible. No puede ser real. Al menos para nosotros, los mundanos. Quizá sí para aquellos que están dos décadas enfrente de las cámaras, pisando el pasto, haciendo tackles, salvando goles, marcándolos de vez en cuando. “Parece como si todo el mundo girara en torno a mí, de algún modo”, se cuestionará cuando empiece a darse cuenta de lo sucedido. Nosotros, espectadores, tartamudearemos. Sudores fríos. Se nos va. Creamos este mundo de cartón y papel pluma para él. Decide dejarlo. Conocer lo desconocido, lejos de los focos.

Llegará el último día. Querrá despedirse. Buscará navegar hacia un mundo nuevo, más allá de las cuatro paredes del fútbol europeo. Intentaremos evitarlo. ¿Qué hay de todo lo vivido? Celebramos sus victorias como si fueran propias. Cuando lloró buscamos un clínex en el bolsillo. El metal acumulado en su palmarés lo incluimos en el nuestro. Aquella dolorosa lesión nos envió con él al hospital. Toda una vida juntos, elevándolo a protagonista principal de un circo enorme, inmenso, montado a su alrededor para disfrutar nosotros. ¿Lo hizo él? No lo sabemos. Puede que sí. Puede que no. Esperemos que sí. Quiere partir. Subir las escaleras. Saludarnos por última vez. Un último por si nos volvemos a vernos, buenos días, buenas tardes, buenas noches. Probará descubrir Estados Unidos, China, Oriente Medio o descansar en su casa de Ibiza, que viene a ser lo mismo. Alejado del teatro en el que vivió desde que un señor escribió su nombre en una pizarra. Adiós, Giorgio.

 


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Fotografía de Getty Images.