“No sé cómo se hará, pero Italia debe ganar este campeonato”, espetó Benito Mussolini. Claro y conciso. Al presidente del Comité Olímpico Italiano, Giorgio Vaccaro, le entró el tembleque: “Haremos todo lo posible”. La respuesta no fue la esperada por ‘Il Duce’. Quería resultados, no promesas. Y para zanjar el tema, dejándolo aún más claro, le dijo: “No me ha entendido bien, Italia debe ganar el Mundial. Es una orden”.

El encargado de hacer realidad el deseo del dictador fue Vittorio Pozzo. Nacido en Turín, en 1886, el seleccionador italiano se enamoró del fútbol cuando emigró para estudiar en Inglaterra. Y tras pasar también por Francia, su carrera balompédica continuó en el Grasshoppers suizo, para poner el punto final a sus días sobre el césped en el equipo de la ciudad que le vio nacer, el Torino. Eso fue en 1911, y solo un año después, compatibilizando el fútbol con su trabajo en Pirelli, arrancaría su historia como entrenador. Aceptó el cargo de seleccionador, pero su primer paso por el banquillo de la ‘Azzurra’ no fue el esperado. Una decepcionante actuación en los Juegos Olímpicos de Estocolmo 1912 -fuera en la primera ronda- provocó que Pozzo abandonara su cargo para coger las riendas del Torino, donde permaneció durante una década -interrumpida por la Primera Guerra Mundial-, y acabó con un subcampeonato liguero bajo el brazo.

Tras su estancia en el Torino, volvió a la ‘Azzurra’. Una nueva oportunidad para él, esta vez en los Juegos de París 1924, que acabó con mejor resultado: eliminados en cuartos de final. Pese a la mejoría, volvió a dejar la selección, empezó a escribir para el diario La Stampa y se hizo con los mandos del Milan durante dos años. De ahí, de vuelta a la selección en 1929. Esta vez para quedarse, para hacer historia. Como dicen, a la tercera fue la vencida.

Solo un año después de llegar ya alzó su primer trofeo: la Copa Internacional, un campeonato entre las mejores potencias de la Europa Central que sería precursor de la actual Eurocopa. El siguiente paso era el Mundial, aunque el de 1930 no lo disputarían, como muchas otras selecciones del viejo continente, por el hecho de jugarse en Uruguay, al otro lado del Atlántico.

 

Alguien cercano a Mussolini le hizo llegar un mensaje del dictador a Pozzo: “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”

 

Cuatro años después, tras ganar a Suecia la carrera por ser la anfitriona de la Copa del Mundo, la selección italiana solo tenía una opción: ganar. No había otra porque así lo quiso Mussolini, sabedor de que una victoria en el Mundial pondría al país en el centro de todas las miradas, la jugada perfecta para catapultar su dictadura y el fascismo. Así, el primer paso fue reforzar el equipo con algunos de los mejores futbolistas de Sudamérica. Nacionalizaron a los argentinos Luis Monti, Raimundo Orsi, Attilio De María y Enrique Guaita, y también al brasileño Guarisi; convirtiéndose en la Italia de los oriundos. Algo que despertó muchas críticas más allá de las fronteras italianas y que Vittorio Pozzo zanjó alegando que “si pueden morir por Italia, pueden jugar con Italia”.

El siguiente paso corría a cargo del seleccionador Pozzo: armar un equipo campeón. Para ello, hizo de la preparación para el Mundial casi un entrenamiento militar, quizá por su experiencia al participar en la Primera Guerra Mundial, en la que formó parte de los Alpini, el cuerpo de élite de montaña del Ejército italiano. Y a la preparación física también se le unió la revolución táctica, a la que le pusieron el nombre de ‘El Método’. Pozzo se olvidó de la clásica WM del fútbol inglés e hizo una primera aproximación al catenaccio que popularizarían Gianni Brera y Nereo Rocco décadas después. Creía que el sistema inglés no se adaptaba bien al estilo de los italianos, más pesado, más lento, más robusto, y lo cambió por una WW. Es decir, un 2-3-2-3 en el que la figura de Luis Monti se tornó esencial entre los centrales, como hombre escoba que repartía estopa en Italia, pese a ser un futbolista dotadísimo y hábil cuando vestía la ‘Albiceleste’. “Pozzo hizo de mí un verdugo”, reconocería el propio Monti años después. Además de él, la selección contaba también con otros nombres ilustres, como Schiavio, en la punta de ataque, o Giuseppe Meazza, de quien decía Pozzo que “tenerlo en el equipo significaba empezar 1-0”.

 

“Pese a la derrota es el mejor partido de mi vida, porque se salvaron once vidas”

 

Llegó el verano y con él, el Mundial. Italia no era favorita, ni mucho menos. Pero el hecho de jugarse casi literalmente la vida en cada partido, bajo las amenazas de Mussolini, y el plus de disputar el torneo en casa, le dieron alas a la ‘Azzurra’ para ir superando escollos. En cada ronda, el mismo procedimiento: brazo en alto de los futbolistas italianos en el centro del campo y un paso más de los transalpinos hacia el éxito. Primero, en los octavos de final ante Estados Unidos. Después, contra la España de Zamora y Lángara, “un equipo formidable”, en boca de Pozzo, en uno de los partidos más violentos y polémicos de la historia de los Mundiales, conocido como ‘La Batalla de Florencia’, que necesitó de un encuentro de desempate para desigualar el 1-1 inicial. “Sin jugadores de temperamento especial, fuertes y confiables como solo el fascismo puede crear, no los vencíamos”, apuntaría años después el seleccionador italiano. Y a las puertas de la final, frente a Austria, Italia gozó de nuevo de vía libre por parte del colegiado -el sueco Ivan Eklind, el mismo árbitro de la final- para frenar a Matthias Sindelar y compañía. En la final, Checoslovaquia delante. Antes de ella, en los vestuarios, alguien cercano a Mussolini le hizo llegar un mensaje del dictador a Pozzo. “Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”. Y a falta de diez minutos para el final el resultado era favorable a Checoslovaquia, 0-1. Por suerte para los italianos, Raimundo Orsi empató en el 81’ y, ya en la prórroga, Angelo Schavio puso el 2-1 definitivo que salvó las cabezas de todos ellos.

Cuatro años después, en Francia, la selección italiana, después de lograr el Oro en los Juegos de Berlín’36, tendría la oportunidad de hacerse con el bicampeonato en un ambiente cada vez más hostil, a las puertas de una Segunda Guerra Mundial que ya asomaba a la vuelta de la esquina con hechos como la anexión de Austria a Alemania. Con el fútbol de por medio, la Copa del Mundo se convirtió en el escaparate de Mussolini para divulgar su propaganda fascista. Contra Noruega, en octavos de final, ante miles de franceses, los italianos hicieron el saludo fascista solo entrar en el campo y el país anfitrión les recibió con un sonoro abucheo. Una ronda después, tras las victorias de Francia e Italia, las dos selecciones se veían las caras en la lucha por un lugar en las semifinales. Desde el régimen fascista escogieron aquel día, aquel encuentro, para que los futbolistas transalpinos dejaran la camiseta ‘azzurra’ colgada del perchero y saltasen al césped vestidos de negro, como tributo a los ‘camisas negras’ fascistas. Una escena con la que, dicen, Vittorio Pozzo se mantuvo a un costado. “Había logrado dirigir la selección nacional, que el régimen también quería utilizar como herramienta de propaganda, manteniéndola lo suficientemente alejada de las presiones y desórdenes de los jerarcas. Pozzo no era antifascista, ni pretendió serlo nunca, pero las autoridades no lo explotaron demasiado. Quizás esa era la única forma de evitar que su equipo se convirtiera en la selección nacional de Mussolini”, explica Gian Paolo Ormezzano en Il calcio: una storia mondiale, mientras otro periodista italiano, Antonio Ghirelli, apunta que era “conservador y nacionalista, pero no fascista”.

Tras aquel acontecimiento, Italia tumbó a la anfitriona y se plantó en las semifinales, donde se las vería ante una Brasil tocada después de unos pesados, intensos, cuartos de final contra Checoslovaquia. Ganaron los italianos, y en la final, ante Hungría, volvieron a lucir los colores negros. Aunque no sin antes recibir el mensaje previo de Mussolini. “Vencer o morir”, decía su telegrama. Y vencieron por 4-2. Salvaron sus vidas otra vez, como también recordaría el guardameta húngaro Antal Szabó: “Pese a la derrota es el mejor partido de mi vida, porque se salvaron once vidas”. Así, Italia pasó a la historia como la primera selección que ganaba dos Copas del Mundo de manera consecutiva; algo que igualó Brasil 24 años después. Y, de este modo, Vittorio Pozzo se convirtió en el único hombre que ha llevado a un país a salir campeón del mundo en dos ocasiones. Además, jugándose la vida en ambas.

 


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Fotografía de Getty Images.