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Allá por 1938, España estaba sumida en una Guerra Civil que no acabaría hasta un año más tarde. Muchas ciudades sufrieron de manera contundente las consecuencias del conflicto bélico que se materializó en la historia negra del país. El 29 de noviembre de ese mismo año nacía en Zaragoza Carlos Lapetra, aunque su familia era natural de Huesca. El cambio de una población a otra se debió a que la ciudad oscense vivía una situación desastrosa. Procedentes de una familia pudiente terrateniente, Carlos y su hermano Ricardo se beneficiarían de las ventajas de tener unos padres como los suyos. Tras sus estudios de secundaria se marcharon a Madrid, donde Carlos cursaría los estudios de Derecho. Ya de niño destacaba en el campo por encima de los demás chavales pero su padre, que no veía con buenos ojos que sus hijos se dedicasen al fútbol, no le permitió desarrollar su talento. Fue en la capital, con la independencia que ganaron al estar tan lejos del seno parental, cuando los hermanos Lapetra comenzaron a jugar regularmente. Primero con el equipo de la universidad, y más tarde con el Guadalajara, que militaba en Tercera. Este fue el punto de inflexión para los Lapetra ya que un amigo de la familia, Emilio Ara, convenció a su progenitor para que les dejase fichar por el Zaragoza. La mejor decisión para el devenir del conjunto ‘blanquillo’ en la década de los 60.

Carlos aterrizó en la plantilla maña en la temporada 1959-60, pero no tuvo una buena participación en su primera competición liguera. En los siguientes años comenzarían a desembarcar en tierras mañas los demás integrantes de los ‘Cinco Magníficos’. Marcelino llegaría junto con Carlos Lapetra; Villa y Santos en la temporada 1962-63; y Canario en la 1963-64. Fue en esa misma campaña cuando el Zaragoza consiguió uno de los mayores hitos de su historia. En unas dos semanas, el equipo ganaría la Copa de Ferias frente al Valencia, con un resultado de 2-1 y goles de Marcelino y Villa, y la Copa del Generalísimo, con tantos de Lapetra y Villa. Y tres días antes de alcanzar la gloria en esa Copa de Ferias, la selección española jugó la final de la Eurocopa que se celebrada en su territorio y se llevó el torneo. Tanto en el equipo nacional como en su club, los ‘Cinco Magníficos’ marcaron un antes y un después. De hecho, su irrupción dejó fuera de la selección al mismísmo Gento.

Pero, ¿qué hace de Carlos Lapetra alguien tan especial? Desde sus inicios, su pie izquierdo gozaba de una exquisitez que en España no se había visto antes. Un jugador adelantado a su época. En un momento en el que en las pizarras de los vestuarios predominaba el 4-2-4, este maravilloso delantero fue capaz de introducir, para que se explotaran mejor sus condiciones en el verde, el 4-3-3. Los espectadores, al igual que su entrenador y sus compañeros, no se creían como un ‘11’ no corría por la banda izquierda. Carlos, tal y como explicaba su hermano Ricardo años más tarde en una entrevista a El País, “odiaba eso de jugar pegado a la línea de cal”. Prefería retrasar su posición, a zonas medias, para organizar al equipo y hacerlo jugar. Dejaba vía libre en la izquierda para Canario, mientras que él le filtraba balones.

Con su pelo rubio largo, brincando acompasadamente mientras corría, en un momento en el que los Beatles empezaban a asomar sus melenas, parecía que Lapetra siempre se estuviese adelantando a lo que estaba por venir. Un niño de bien, pero en el buen sentido, porque correspondía con su excelente fútbol. Mientras jugó en el Zaragoza, no renunció a vivir en su querida Huesca. Bajaba siempre que tenía que entrenar y comía en casa antes de los partidos, llegando a tiempo de cambiarse. En la época se hablaba que la carretera entre las dos ciudades se mejoró en parte porque todos sabían que la frecuentaba el querido futbolista.

El faro, la luz que guió a ese Zaragoza, se retiró de forma prematura, cuando solo tenía 29 años. Una entrada aparatosa de un defensa del Everton le rompió la tibia. Intentó volver, con varias operaciones, pero sin suerte. Tras su retirada, el que fuese un ídolo de masas, se desmarcó de la vida pública, sin causar mucho revuelo. Aunque todo cambió con su muerte. Al igual que su retirada, su fallecimiento se produjo antes de tiempo. Con solo 57 años, Carlos Lapetra moría en la Nochebuena de 1995 por un melanoma. Se apagaba una de las estrellas que más brillaron en La Romareda. Unos meses antes presenció, en un estudio de la COPE

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con sus amigos magníficos, la final de la Recopa que se llevaría el Real Zaragoza con un agónico gol de Nayim. Un último instante de felicidad antes de que se marcharan él y su fútbol mágico para siempre.