El Valencia CF entró en la era moderna por accidente. Un accidente múltiple. Protagonista de la mayor derrota sufrida por un equipo español en Europa, aquel aciago 7-0 encajado en Karlsruhe estuvo precedido de otro percance: el que hizo volar por los aires a Edgar Schmitt con su Seat Toledo. El desconocido ariete alemán se recuperaría de forma milagrosa para endosar cuatro goles a los blanquinegros.


Son las 7.50 horas del jueves 28 de octubre de 1993. Dos agentes de tráfico toman nota de un accidente en la autovía 427, a la altura de Pirmasens, una población alemana fronteriza con Francia, célebre durante décadas por su producción de zapatos a escala industrial. De repente, ante sus ojos, entre la lluvia, aparece un Seat Toledo a 160 kilómetros por hora, derrapando y fuera de control. El vehículo da cuatro vueltas de campana antes de salir literalmente volando por encima de las cabezas de los policías. Entre el amasijo de hierros rescatan a un joven que afirma ser, una vez superado el shock, Edgar Schmitt, delantero del Karlsruher. El jugador sale milagrosamente ileso, sin apenas rasguños. Pide que avisen a su club de que no podrá acudir esa mañana a entrenar, pero que está bien. Que podrá jugar contra el Leipzig el fin de semana y, por supuesto, el martes siguiente contra el Valencia, en la vuelta de la segunda ronda de la Copa de la UEFA, donde toca levantar el 3-1 de Mestalla. Un gol, precisamente suyo, en el tramo final, da algo de esperanza contra el equipo de Hiddink, líder de la liga española.

Schmitt no es un delantero al uso. Tiene 30 años y sólo lleva dos temporadas en el fútbol profesional. Su carrera ha transcurrido en la discreción amateur del Bitburg, Salmrohr, Saarbrücken y el Eintracht Trier, donde casi sale a gol por partido y llama la atención del Eintracht de Frankfurt. No desentona en el Waldstadion y llega a ampliar un contrato que queda nulo después de asegurar que lo firmó “en pleno estado de embriaguez”. Así, con ese perfil bajo, de brega y remate sin alardes, llega en el verano del ’93 al Karlsruher, donde los honores de estrella corresponden a otro atacante, el pelirrojo ruso Kiriakov, un jugador que copa los informes de seguimiento del Valencia.

La tormenta perfecta

El ambiente en el Karlsruher no es nada bueno. El equipo ha caído de forma temprana en la copa, y esa misma semana el centrocampista Manfred Bender y el técnico Winfried Schäffer casi llegan a las manos en un entrenamiento. En Mestalla, una falta al larguero de Mijatovic, dos posibles penaltis sin infracción y las paradas voladoras de Oliver Kahn, con un preacuerdo con el Bayern, evitan una goleada de escándalo. En la ciudad solo creen en la remontada el joven meta, a quien la leyenda atribuirá una arenga motivadora tras la derrota en Valencia, y el entrenador, que ha pedido informes del rival a Jupp Heynckes, preparador del Athletic y viejo conocido suyo (fueron compañeros en el potente Borussia Mönchengladbach de los 70).

En el Valencia, por contra, la atmósfera es más distendida. Con una plácida goleada contra el Celta por 3-0, el conjunto blanco se ha aupado al liderato. El gran inicio, el buen tono europeo con la eliminación en primera ronda del Nantes de Makélélé y Karembeu, han silenciado las primeras convulsiones institucionales internas. Arturo Tuzón, el presidente que salvó al club de su desaparición tras el descenso de 1986 con un equipo de canteranos que ahora ha llegado a su madurez estética, intuye que la conversión en sociedad anónima deportiva, un año antes, ha cambiado las reglas del juego. El Valencia ha dejado de ser un “club de fútbol”. Don Arturo sabe que la memoria es fugaz y meses antes, en abril, el público le pedía, al son de Guantanamera, que ‘soltase los duros’ para fichar a Romario, estrella con tres goles del partido de despedida de Mario Kempes contra el PSV. Un amistoso en el que Hiddink, aliado con el díscolo exdirectivo Paco Roig en su intento de fichar al delantero, ordenó un marcaje tibio sobre el brasileño. La más mínima crisis puede hacer estallar una paz frágil, que no se advierte en el aterrizaje valencianista, el 1 de noviembre, en Alemania. Todo es relax. En el aeropuerto de Stuttgart, Pepe Serer intenta tirar al imberbe delantero Gálvez a la cinta transportadora de las maletas. Llegados al hotel de concentración, el consejero José Peris Frígola saca, de dos maletas, grandes piezas de jamón, lomo y chorizo, junto a un rosco de pan de 25 kilos y caras botellas de Rioja, cosecha del 82. El directivo pide un delantal y cuchillo en la cocina y empieza a preparar bocadillos para los periodistas desplazados, el resto del consejo de administración y personal del hotel. Los jugadores descansan mientras en el comedor resuenan discursos, carcajadas y ovaciones.

 

Con el 6-0 y un rival reducido a escombros, la hemorragia parece detenerse, hasta que Bilic anota el séptimo al meta Sempere en el 90

 

El aire festivo invade los prolegómenos del partido, amenizados, en las pistas de atletismo, por un espectáculo flamenco kitsch a cargo de un cantaor, dos guitarristas y cuatro bailaoras. El Valencia comparece con el segundo uniforme que estrena aquel curso, azul marino con pantalón blanco, tan escocés, tan elegante y a la postre tan gafe, que ya solo lo volvería a utilizar en el partido siguiente, un desplazamiento a El Molinón. En los primeros 25 minutos el Karlsruher es un manojo de nervios, con un inmenso agujero en el centro de su zaga en el que percute insistentemente Mijatovic con pases hacia Pizzi, sustituto del sancionado Penev. El hispano-argentino goza hasta de tres ‘mano a mano’ con Kahn, que desvía dos de ellos con sus manoplas de ogro. En la tercera, ya con desventaja en el marcador, el balón rebota en los dos postes, paseándose por la línea de gol con la rectitud de un equilibrista sin red, con la azarosa energía que evitó un mayor tanteo en Mestalla, con la milagrosa ventura con la que el Seat Toledo de Schmitt voló para caer, como la pelota de tenis del film Match ball de Woody Allen, en la parte victoriosa del destino.

El protagonismo correría en las botas de Schmitt, autor material de la tormenta perfecta, del ‘Wunder vom Wildpark‘ que titularía unánime la prensa germana. En ocho minutos, del 29 al 37, se desata la primera ventisca con tres goles, dos de Schmitt y uno de Schutterle. Un gol provoca la prórroga, es el mantra repetido en el descanso en la caseta visitante. Pero al minuto de la reanudación, Schmarov anota el cuarto. En mitad de la carnicería, la retransmisión española -en el primer partido oficial en Europa de Telecinco- la voz del periodista JJ Santos avisa de continuas interrupciones publicitarias en mitad del juego: “Volvemos en siete segundos”. Siete. Una advertencia premonitoria de la magnitud de la tragedia. En otra oleada rematadora, Schmitt redondea con la vieja rabia del fútbol diletante su póquer en los minutos 59 y 63. Con el 6-0 y un rival reducido a escombros, la hemorragia parece detenerse, hasta que Bilic anota el séptimo al meta Sempere en el 90.

Peligro existencial

Fernando, uno de los líderes de aquel Valencia, no olvida los detalles del partido. Por el resultado “y por el mordisco en la cabeza que me dio el central Bilic, el que fue seleccionador croata. No pude acabar el partido porque me pusieron ocho puntos de sutura y él perdió dos dientes”. La motivación del conjunto alemán fue de “una intensidad exagerada” y aumentó con la permisividad del árbitro polaco Zbigniew Przesmycki. “Recuerdo una entrada a Mijatovic, en la banda, nada más empezar el partido, que era de roja directa. Además, el terreno de juego, para ser un estadio alemán, estaba llamativamente mal”, prosigue Fernando, el jugador con más partidos en la historia del club de Mestalla. Todo se alió en contra: “Veníamos de ser líderes en la liga. Ganamos con comodidad en la ida, fallando muchas ocasiones. Pese al gol de Schmitt, íbamos muy tranquilos y nuestra primera media hora en Alemania fue fantástica. Pizzi pudo sentenciar”. Después, el desastre: “En diez minutos nos meten tres goles. En el descanso ya estábamos eliminados. Después, cada balón parado suyo fue un gol”, resume un Fernando todavía “incrédulo” por un partido que “debió acotarse como un accidente muy sonoro pero puntual” y que sin embargo “acabó cambiando nuestra historia”.

 

“En diez minutos nos meten tres goles. En el descanso ya estábamos eliminados. Después, cada balón parado suyo fue un gol”, resume Fernando

 

“La semana pasada llegué a verme en el ataúd. He marcado un gol por cada vuelta que di con el coche”, declaró un exultante Schmitt tras la exhibición. En aquella eliminatoria, el atacante, apodado desde entonces y para siempre ‘EuroEddy’, anotó cinco de los 21 goles totales en sus tres años en el Karlsruher. Los periódicos sensacionalistas indagaron en el fenómeno del héroe desconocido, consultando a psiquiatras que explicaron su arrebato goleador como una “reacción típica de personas que acaban de vivir una situación de peligro existencial”. Pero el pico de gloria de Schmitt fue efímero. Su carrera se recondujo en las estadísticas humildes de siempre. Se retiró a la edad de 36 años, en el Fortuna Colonia. Llegó tarde al fútbol profesional y no le sedujo el negocio. Trabajó en una tienda de deportes y luego probó suerte en los banquillos. Una buena experiencia en el VfR Aalen, y otras más decepcionantes, adentrándose en las categorías subterráneas en las que emergió como jugador, en el Stuttgarter Kickers, el Uerdingen 05 y el Essingen, su último equipo, en 2012.

Aquel 7-0 era, y sigue siendo, el peor correctivo sufrido por un equipo español en Europa. En el Valencia el resultado fue el mayor impacto social desde el descenso, y provocó una crisis que aceleró la entrada del club en la era moderna. Cambió el rumbo del murciélago. Hiddink fue destituido, Tuzón no tardó en dimitir, el ídolo Penev causó baja por tiempo indefinido a causa de un tumor testicular. El Valencia, en barrena en la liga, había perdido su inocencia. En marzo de 1994 Roig accede a la presidencia y el club se instala en la montaña rusa emocional, sin solución de continuidad, entre grandes expectativas, fracasos sonoros, finales perdidas con Kahn refrescando estigmas, títulos y derroche financiero que han acabado por desembocar en su encrucijada societaria actual, hija del trauma del 2 de noviembre de 1993.