En esos hermosos días en los que los álbumes de cromos de Primera División, junto con el teletexto y las guías de la liga y de los campeonatos del mundo y de Europa, les ofrecían a nuestros inquietos ojos infantiles un universo inabarcable; éramos muchos, espero, los niños que, además de repasar todos los cromos uno a uno para ver con qué jugadores compartíamos fecha de nacimiento –un abrazo gigante desde aquí a Igor Gabilondo–, nos pasábamos horas ordenándolos en función de la edad, de la estatura o del peso de los dioses humanos que aparecían en ellos. Recuerdo que, además de aprenderme los así juega cual poema de navidad, también le hacía revisar las más de 500 estampillas a mi hermana para tener, también, una lista con los futbolistas más guapos y con los futbolistas más feos de la colección, de ese álbum que en los recreos constituía el bien más preciado de todo niño.

Recuerdo que los ordenaba, también, en función de la valoración. Y, según he comprobado ahora, en la 05-06, el Cádiz era el único equipo, junto al Racing de Santander de Manolo Preciado, que no tenía ni un futbolista de cuatro estrellas. El Alavés tenía al insaciable Rodolfo Bodipo; el Málaga, al genial Duda; y el Mallorca, al francotirador Juan Arango; pero el Cádiz no tenía a ninguno. Armando Ribeiro, Abraham Paz, Ramón de Quintana, Alejandro Varela, Roberto Suárez, Jonathan Sesma, Matías Pavoni, ‘Oli’ Álvarez, Alexander Medina, Nenad Mirosavljević, Eduardo Berizzo y Benjamín Zarandona tenían tres de las cinco estrellas posibles, y Jesús Velázquez, Mário Silva, Raúl López, José Julián de la Cuesta, Juan José Bezares, Andrés Fleurquín, Manolo Pérez, Dani Navarrete, Enrique Ortiz e Iván Ania apenas tenían dos, pero ningún jugador del cuadro andaluz tenía ni cuatro ni cinco estrellas; y recuerdo que aquello, junto con el hecho de que casi todos lucieran botas negras, me parecía la expresión máxima de la humildad, de la modestia.

Me encantaba ese equipo, también, porque vestía de amarillo, como si quisiera avisar al mundo de su predilección por ir siempre a contracorriente. Que el cuadro del uruguayo Víctor Espárrago consiguiera la permanencia era, a ojos de ese niño, más difícil que pasarse el último nivel del modo campaña del Age of Empires o que te saliera bien alguno de los miles de intentos de emular los lanzamientos de falta de Ronaldinho con el Roteiro, pero ahí estaban ellos; y recuerdo que me enamoró su insistencia en rebelarse, en alzarse, contra un futuro que, a mi inocente entender, parecía escrito; al igual que me fascinó la mística del Ramón de Carranza, con cada rincón y cada escalón siempre llenos de esperanza y de sonrisas.

Todos, incluso todos aquellos a los que el destino nos privó de ver al mágico ‘Mágico’ González, somos un poco del Cádiz, y por esto el tan anhelado y peleado ascenso del conjunto de Álvaro Cervera ha sembrado sonrisas por todo el territorio. Porque es un triunfo que todos sentimos nuestro. Porque con el Cádiz hemos subido todos a Primera División; comenzando por todos aquellos chavales que en las calurosas noches de agosto nos quedábamos pegados al televisor para ver el enésimo Trofeo Ramón de Carranza.

Hoy los niños ya no coleccionan cromos, ya no ven el Carranza porque hemos llegado a un punto en el que ni siquiera las ligas importan y son pocos los que prefieren a los Sesma, Bezares o Abraham Paz antes que a los Pogba de turno. Y las botas negras han desaparecido. Pero, con el Cádiz de nuevo en Primera, muchos sonreímos, y la Tacita de Plata lo hace, también, más que nunca en los últimos tiempos. El Cádiz ya era de Primera, aunque no jugara en ella. Y el próximo curso volverá a hacerlo por decimotercera vez; y, con la ilusión de que la aventura no resulte tan efímera como en la temporada 77-78, en la 81-82, en la 83-84 o en la 05-06, el “me han dicho que el amarillo está maldito para los artistas, pero, sin embargo, es gloria bendita para los cadistas” del gran Manolo Santander resonará con fuerza en los mejores teatros de este país. Porque el amarillo del Cádiz, libre ya de todo gris y de toda sombra, vuelve a brillar. Por fin.