“Estamos ante uno de los representantes de esa época tan reciente, pero a la vez tan lejana, de nuestra liga”. Así presenta Eduardo Casado en el pozo de nostalgia, de melancolía, que son los Qué fue de… que publica en la página web de 20 minutos a Oliverio Jesús Álvarez González (Oviedo, 02.04.1972), al mítico Oli; uno de los grandes delanteros del fútbol español de los 90, un killer, combativo e incansable, dotado de un insaciable olfato goleador, que luchaba cada pelota hasta hartar a las zagas rivales. El asturiano comenzó a asomar la cabeza en la élite del balompié nacional en el amanecer de la última década del siglo pasado, justo cuando el Oviedo vivía algunos de los días más felices de toda su historia. La carrera de Oli empezó a escribirse en la Universidad de Oviedo, pero pronto llegó la llamada del cuadro ‘carbayón’, que en aquella época se codeaba con los grandes de nuestro fútbol e incluso llegó a clasificarse para la Copa de la UEFA. El prometedor ariete ovetense acabó aterrizando en el viejo Carlos Tartiere en 1992.

Oli cumplió el sueño de debutar en Primera División con apenas 20 años, de la mano de Jabo Irureta, aunque tuvo que esperar hasta la temporada 94-95 para consolidarse definitivamente en el primer equipo, para robarle el puesto al croata Janko Janković y formar pareja con Carlos Muñoz. Hasta que lo consiguió fue alimentando su candidatura a base de goles con el filial en Segunda B, con hasta 23 tantos en dos campañas, y en la Copa del Rey, con seis dianas en sus nueve primeros encuentros en el torneo del KO. La irrupción de Oli en la máxima categoría fue ciertamente espectacular, como lo evidencian sus registros anotadores: diez goles en la 94-95; 13 en la 95-96 y hasta 22 en la 96-97, en la que fue la mejor temporada de toda su carrera. Tal fue, de hecho, el nivel que el artillero asturiano ofreció en aquella campaña en la que sus goles salvaron al Oviedo del descenso que, en 1997, el Betis, que venía de conseguir una meritoria cuarta posición y un subcampeonato en la Copa del Rey le otorgó un billete para disputar la Recopa, no dudó en desembolsar mil millones de las antiguas pesetas para abonar la cláusula de rescisión de Oli, que desembarcó en el Benito Villamarín para formar un potente tridente junto a Alfonso Pérez y a Finidi George.

Oli celebró la primera de las once dianas que firmó en su primera experiencia como bético el 6 de septiembre del 1997, en un encuentro contra el Athletic Club. Tan solo 18 días después hizo realidad otro viejo sueño: el de vestir la camiseta de la selección española absoluta. “Soy de los que piensan que los sueños hay que marcárselos a corto plazo, que no conviene pensar demasiado lejos. Pero hay que soñar. Al fin y al cabo es de lo poco por lo que no te cobran en España. Es una práctica que me gusta. Antes de cada partido, por ejemplo, me monto unas goleadas al equipo contrario del copón. La noche antes siempre ganamos por cinco o seis a cero. Pues en ese paquete de sueños a corto plazo he de confesar que desde este año había incluido llegar a la selección absoluta. Hace unos meses empezó a rondarme por la cabeza mi convocatoria. Javier Clemente habló bien de mí en una radio y me dije ‘¿por qué no?’. Es curioso. Para todos mis compañeros de selección, aunque importante, este es un partido más. Un acto rutinario. Y para mí, sin embargo, este es el encuentro más importante de toda mi carrera. Contrastes del fútbol”, escribía el propio Oli en un imprescindible texto en El País a principios del mes de junio de 1997, cuando se estrenó en una convocatoria del combinado nacional.

El atacante ovetense tan solo volvería a jugar con la selección en otra ocasión (con gol incluido, ante el equipo de las Islas Feroe; en El Molinón), pero siguió demostrando la facilidad para anotar que atesoraba en el Betis, con el que pudo disfrutar de la Recopa y de la Copa de la UEFA. Las dos primeras aventuras de Oli como verdiblanco fueron más que correctas, con once dianas por temporada, pero todo empezó a torcerse en la 99-00. No solo perdió la titularidad, sino que, contagiado de los fantasmas que atormentaron a todo el conjunto bético en aquella aciaga campaña, incluso cerró el curso con un tanto menos que el cancerbero Toni Prats (2), que en la primera parte de la temporada ejecutaba los lanzamientos de falta por orden del argentino Carlos Griguol, el primero de los tres entrenadores que aquel año desfilaron por el banquillo del Benito Villamarín. El descenso del Betis, que perdió la categoría junto al Sevilla y el Atlético de Madrid, aceleró el adiós de un Oli que deshizo el camino que había hecho tres años antes para regresar a su Oviedo natal, para recuperar las sensaciones después de vivir la peor temporada de toda su carrera. Las 15 dianas que firmó en la 00-01 acabaron de cimentar su condición de ídolo, de indiscutible referente del Oviedo, pero resultaron ser insuficientes para que el conjunto de Radomir Antić esquivara el drama del descenso a la categoría de plata, a una Segunda División que el cuadro asturiano no pisaba desde hacía 13 años, desde la 87-88.

Oli fue uno de los principales protagonistas de los tensos derbis entre el Oviedo y el Sporting de Gijón de aquellos años.

El delantero se quedó en el Carlos Tartiere para intentar devolver el equipo a Primera, pero la situación no hizo más que empeorar. Tanto que en la 02-03 se acabó consumando la caída del Oviedo a la Segunda División B, el triste desenlace a un curso que estuvo condicionado por la grave crisis económica que padecía el conjunto ovetense. Los jugadores, liderados por Oli, su capitán, denunciaron a la entidad por los impagos, una realidad que, al no alcanzarse ningún acuerdo sobre los avales que debían garantizar el cobro de las nóminas, le acabó costando al Oviedo un descenso administrativo a Tercera. El club, que desde finales de la década de los 20 siempre había competido en las dos máximas categorías del fútbol español, más allá de un breve via crucis en Segunda B (78-79), incluso bordeó la desaparición. Y una parte significativa de la afición jamás se lo ha perdonado, ni se lo perdonará, a Oli, a quien, a día de hoy, continúa considerando una persona non grata, uno de los principales responsables de la triste situación que vivió la entidad, que no consiguió regresar a la categoría de plata hasta hace cuatro años.

Condenado a salir del club en el que creció por la puerta de atrás, el atacante asturiano recaló en un Cádiz que anhelaba revivir aquellas grandes tardes de gloria, ya demasiado lejanas, que antaño había protagonizado en Primera División. El sueño acabó haciéndose realidad el 18 de junio del 2005, el día en el que Oli se erigió en un héroe inmortal del cadismo al certificar, con un gol extraordinario, el tan deseado ascenso a la élite. “‘Mágico’ Oli convirtió el derbi con el Xerez, durísimo, como una batalla entre bandas sedientas por un pozo de agua, en un festival cadista. Lo hizo con un golazo desde más de treinta metros que retumbó hasta en la Bahía, haciendo temblar el puente de Carranza y hasta las Puertas de Tierra, allí adonde todo Cádiz se fue anoche con su equipo a celebrar no solo el ascenso a Primera sino el primer título nacional de su museo. Qué subidón acabar con el título en el bolsillo de vuelta a Cádiz en el más maravilloso atardecer en tantos años”, aseveraba la crónica de Mundo Deportivo, deshaciéndose en elogios hacia un futbolista que es recordado con mucho cariño, con una sonrisa, en el Ramón de Carranza. El equipo acabó regresando a Segunda División la campaña siguiente, pero aquel grupo ya se había ganado para siempre el corazón de la afición ‘cadista’; que nunca olvidará los nombres de Armando Ribeiro, Alejandro Varela, Raúl López, Ramon de Quintana, Abraham Paz, Andrés Fleurquin, Matías Pavoni, Jonathan Sesma, Enrique Ortiz o el propio Oli, que aquel mismo verano colgó las botas para hacerse cargo del banquillo del Cádiz.

La carrera del ovetense como técnico del cuadro andaluz, sin embargo, fue ciertamente fugaz, ya que fue destituido el 5 de noviembre, justo después de perder por 5-4 contra el Sporting de Gijón. Poco después pasaría por el Marbella y el Écija, a los que salvó de caer a Tercera, y por el filial del Betis, del que se despidió en 2011. Oli no volvió a ejercer hasta que en 2017 recibió la propuesta del Club Marino de Luanco, un modesto equipo asturiano, “nacido de la mar”, como destaca en su web, que ahora se encuentra en la tercera ronda del play-off de ascenso a Segunda B. Oli ha hecho soñar al Municipal de Miramar, a la pequeña localidad marinera de Luanco, de la misma forma que, a base de goles, lo había hecho con las hinchadas del Oviedo, el Betis y el Cádiz; los conjuntos que vieron pasar a uno de los clásicos de nuestro balompié.