Hubo un tiempo en el que todo lo que vemos hoy a nuestro alrededor era campo. Los edificios imperantes que le susurran cosas al oído a los cielos no eran más que pasto. Las inacabables carreteras por las que circulamos, sus arcenes, sus líneas pintadas, sus guardarraíles, hace poco solo eran caminos de tierra, de piedra, o, con suerte, como mucho tenían forma de camino. Donde las urbes hoy ofrecen parques infantiles, campitos de fútbol, ocio, antes las ciudades solo proyectaban pastores, ganado, vacas, ovejas. Otros tiempos, otra vida, diferentes maneras de pasar por este mundo. Como en el fútbol. Porque las celebraciones de gol mirando a la cámara, dedicando bailes, guiños, gestos, mensajes, corazones dibujados con las manos, no existían. Pequeño salto, puño en alto y un abrazo sincero con el compañero, que toca ir a por el siguiente gol. Ni se conocía el pasamanos inicial, ni los goles fuera de casa con doble valor, ni las acumulaciones de tarjetas, ni la invalidez en la cesión al portero, ni un sinfín de leyes, normas, reglamentos, que han convertido en debates y discusiones eternas lo que solo era once contra once sobre un rectángulo verde, y puede que incluso ni diera para que el campo fuera verde.

De todo aquello, de la época en la que todo esto era campo, pocas cosas quedan por saborear. Una de ellas, un reducto de pureza, nostalgia, esencia balompédica. Un pueblo de apenas tres millones de habitantes enclavado entre argentinos, brasileños y el Atlántico. Una camiseta celeste (como el cielo que antes solo se veía desde el suelo y hoy también puede observarse desde más cerca) con cuatro estrellas bordadas en su pecho lo prueba. Una para recordar al mundo que nadie antes que ellos fue capaz de retar con un balón de por medio a todo el globo y salir campeón. Otra que sirve para demostrar que once hombres pueden vencer ante 200.000, aunque sea en casa de estos últimos, favoritos para ganar, y callarlos como solo lo harían Frank Sinatra o el Papa. Y las dos restantes, por si no era suficiente con las dos primeras, como manifiesto de que ya eran los mejores previamente a que Jules Rimet inventara un torneo cada cuatro años para definir qué país dominaba el fútbol mundial. Evocando los oros de 1924 y 1928, en los Juegos de París y Ámsterdam, que, aunque no hubiera una etiqueta que les acompañara con la denominación de Copa del Mundo, hacían sus veces. Así, si a alguien se le ocurre preguntar por qué hay una selección que defiende su historia con cuatro estrellas en la camiseta, los uruguayos podrán presumir de que ellos ya conocían la victoria en tiempos en los que todo esto solo era campo.

 


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Fotografía de Imago.