El fútbol nos condena a construir héroes. Empujamos al trono de hierro a aquel que marca el gol en el último minuto, al regateador impasible ante los defensas, al delantero que se viste con las redes de la portería rival. Les servimos unas escaleras mecánicas hasta las puertas del cielo en lugar de dejarles caer por la cuesta, les obligamos a seguir el camino que les marcamos. Y los dejamos arriba, bañados de nuestra ilusión como diciendo: vamos, mantén ahí mis expectativas, brilla. Pero cuando su fútbol empieza a mostrarnos que no era el futbolista que habíamos imaginado, cae a un pozo sin fondo. Al saco de los sueños rotos.

No todo siempre es lo que parecía. Nos lo contaron la primera cerveza y Marko Marin. Lo malo de ilusionarse tan rápido es que la caída lo es incluso más. Y por ello la frontera entre el éxito y el fracaso es tan difusa como relativa. A veces, incluso, llega antes el futbolista que la historia. A partir de la proeza construimos, endulzamos su camino y embellecemos sus inicios. La de Philippe Coutinho es la crónica de una caída, de un desvanecimiento.

Coutinho puso la primera piedra del Liverpool de Klopp. El brasileño era el contrapunto de un equipo feroz y salvaje, un guiño al fútbol más natural: no ganaba por defender mejor o dominar la pizarra, ganaba porque metía más goles que el rival. Coutinho maduró en un conjunto de excesos que vivía constantemente en un sábado noche, se tatuaba carpe diem en el pecho y desatendía a las resacas del domingo. Llegaron Sadio Mané y Mohamed Salah, pero el único que tenía el visto bueno de Klopp para sentir todas las zonas del campo era Philippe. Anfield se parecía cada vez más a The Cavern. Pero hubo algo en Coutinho que le empujó a saltar -como a John Lennon y Paul McCartney-, a buscar otro reto cuando el proyecto de Klopp justo comenzaba a matizarse.

 

Algún día se celebrarán los Juicios de Nüremberg del fútbol y muchos futbolistas tendrán que contarnos la verdad: la renuncia de Ronaldinho, el apagón de Kaka en Madrid o si el bueno del Espanyol era Coutinho o Vladimir Weiss

 

En Barcelona le vieron trazos de Iniesta, aunque en los primeros actos Ernesto Valverde lo empujara a banda derecha para no desmontar el escenario. Coutinho empezó a conocer las ataduras, que los límites de su zona que chocaban con el verso libre de Messi y que, junto a Dembélé, tendría que disimular el prematuro adiós de Neymar. Aquellos primeros disparos desde la frontal de Coutinho, las roscas al palo largo del portero, parecían explicarnos que hacerle vivir cerca del área aseguraba goles y asistencias, dobles dígitos cada temporada. A cada disparo saltaba una gota de esperanza, como quien sigue esperando el retorno de Oasis u otra temporada de los Peaky Blinders. Con uno de aquellos tiros, ante el Manchester United y bajo los focos que más alumbran, los de la Champions, celebró el gol tapándose los oídos, haciéndose pequeño, aislándose. Firmó su despedida, se disparó en el pie. Aquel diez con tintes de ocho, rebelde mediapunta que huía de la definición posicional, se olvidó del rock and roll de Klopp y perdió lo que ningún brasileño puede perder: la alegría.

Coutinho escapó de Anfield para volver a morir año y medio después. Salió del Camp Nou para renacer y se reencontró con el Barça para enterrarlo. De hacer sonreír al balón a ponerle lápidas, jugando con La noche de los Muertos Vivientes de Carolina Durante sonando en su cabeza. Y en su último acto en el Camp Nou, terminó viendo cómo Pedri, con la L de novato a su espalda, se llevaba el balón a su patio. Algún día se celebrarán los Juicios de Nüremberg del fútbol y muchos futbolistas tendrán que contarnos la verdad: la renuncia de Ronaldinho, el apagón de Kaka en Madrid o si el bueno del Espanyol era Coutinho o Vladimir Weiss. Ídolos, referentes que se fueron tan rápido como llegaron. Coutinho, a sus 28 años, regresa a la casilla de salida. Con tanto por jugar como olvidar, en medio de la crisis existencial del héroe que espera terminar su crónica.

 


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Fotografía de Imago.