En el fútbol, la actitud jamás es la causa del problema, es un síntoma. Si acudimos a ella tan a menudo es porque preferimos eso a tener que enfrentarnos a la difícil tarea de encontrar respuesta a preguntas complejas. Cuando nuestro equipo pierde, o se muestra incapaz de competir, o simplemente deja de jugar bien, se abre ante nosotros un gran misterio. No es sencillo orientarse en el fracaso. Lo único reconocible es una impecable sensación de amargura.

Perder es lo normal, en efecto, eso ya lo anunciaba Axel Torres, pero le faltó añadir que además es complicadísimo. En el sentido que, por más que se pierda, uno nunca termina de saber muy bien por qué se pierde.

Y es por eso que sacamos la actitud a debate. ¿Por qué hemos perdido? Pues porque no se ha corrido lo suficiente. Esa es la escapatoria más cómoda. Nuestro ibuprofeno. Seguramente la debacle admita otras interpretaciones, un planteamiento desafortunado, una elección equivocada de los jugadores, un desajuste en alguna de las líneas, una ocupación errónea de los espacios, un buen partido del rival, pero todas ellas, a ojos del perdedor, adquieren una espesor y una ambigüedad que no son compatibles con su maltrecho estado de ánimo. Es más asequible, y más reparador, hablar de la poca motivación con la que los futbolistas han saltado al césped, de su autocomplacencia, de la falta de intensidad, porque antes de nada, sobre todo, tened presente: “no se puede ganar andando”.

Yo vi a Pirlo ganar bastantes partidos andando. También perdió unos cuantos de la misma manera, es cierto. Pero, en cualquier caso, con él ese matiz del análisis sobraba, había que descartarlo, porque de la misma forma que en la derrota apenas había trotado un poco, tres días antes, moviéndose aún menos, se había pulido un encuentro él solo.

Cuando Pirlo perdía, entonces, había que retorcer algo más la mente y buscar otras justificaciones. En la misma línea, Jorge Valdano, preocupado por esta tendencia al juicio cuantitativo, reflexionaba el otro día en El País: “Ya nos están contando, con gran admiración general, los kilómetros que hacen los jugadores en cada partido. Luego vemos que el jugador que menos corre en el campeonato es Messi y deducimos que el juego es algo más complejo que una carrera de fondo”.

 

El fútbol no tiene explicación, o al menos no una sola. Sin saber cómo, ni por qué, a veces se cierra como un puño

 

Se suele decir que un buen jugador es aquel que no tiene que pensar demasiado para hacer lo correcto en el campo; un espectador con un mínimo interés por comprender lo que sucede ante él, en cambio, no está tan claro que deba dejarse guiar por ese primer impulso, porque correrá el riesgo de acabar atrapado en la superficie, escupiendo las mismas frases vacías de siempre.

“Faltan huevos”. Cada vez que le escucho esa expresión a alguien, que no son pocas, termino por pensar que en realidad sobran, porque, en el caso de que los acabáramos teniendo, ya me dirás tú qué hacemos con tantos huevos, dónde los metemos.

Quizá lo que faltan son neuronas.

A fin de cuentas, puede que lo más coherente sea admitir que el fútbol es un enigma de dimensiones cósmicas. Un proceso enrevesadísimo en el que cada nuevo detalle cuenta y contradice el anterior. Una suma de perfectas confusiones. El fútbol no tiene explicación, o al menos no una sola. Sin saber cómo, ni por qué, a veces se cierra como un puño, malhumorado, y se resiste a complacernos; pero lo más acojonante es que luego, sin que logremos abandonar ese mismo desconcierto, alguien tira del hilo, el nudo se deshace, y de repente todo encaja. El lateral hace el amago de marcharse y toca para el interior, que tras un control orientado envía el balón hacia el centro, donde ha llegado el extremo arrastrando a su marca; este devuelve de primeras al lateral, quien, tras haberle ganado la espalda a su par, centra con precisión al segundo palo; por ahí se ha dejado caer el delantero centro, que haciendo bueno el movimiento del extremo, recibe desmarcado y remata duro a la red. Ah, qué cosa.