¿Puede el Real Madrid barcelonizarse? Hace un tiempo Pellegrini aseguró que ese fútbol no gusta en el Bernabéu. Es difícil hablar por 80.000 personas y esas son únicamente las que van al campo, no te digo nada si pretendemos ser portavoces de millones de madridistas del mundo entero. Hoy resucita esta cuestión delante de la era Lopetegui, que pretende darle sus matices a un proyecto revolucionario. Les parecerá una exageración el adjetivo si miramos el número de bajas, pero no se trata del número sino del efecto cráter que ha provocado la mera ausencia de Cristiano Ronaldo.

Lo primero es quitarse el miedo a decirlo alto, claro y sin rodeos. El portugués determinaba de manera definitiva el juego del equipo y las posiciones de varios de sus miembros. Su adiós lo ha cambiado todo, y no especialmente para bien. Era de esperar ante una figura tan alargada. Muchos madridistas me decían el año pasado que se habían cansado de sus pataletas y que le querían fuera. Mi respuesta siempre era la misma: “lo entiendo, pero no hay otro como él”. Y no lo hay, no hay uno que ni siquiera se le acerque. Es inevitable que genere una sensación de orfandad y cuando se te va el que golpea, el que va a la yugular, el que dispara con bazoca, queda el resto, y el resto está más cerca de ser gato que perro (parafraseando a Mourinho).

Los goles de Cristiano hacían buenos los movimientos de Benzema, la calidad del francés entre líneas ayudaba como factor de distracción para la ocupación definitiva del portugués. Sí, he sido crítico con Benzema desde hace tiempo. No discuto su calidad, técnicamente es brillante, pero el tiempo ha acabado por diagnosticarle alergia a las áreas. Ese juego sin porterías tenía un pase porque servía para los goles de Cristiano, pero ahora verle asociarse con los centrocampistas se antoja casi innecesario porque miras hacia delante y solo ves camisetas del rival sin enemigo al que marcar. Una labor de distracción no sirve si no hay a quien distraer.

Y como Benzema hay otra serie de brillantes jugadores que están encantados de recibir el balón al pie y pasear su calidad técnica por el verde. Son una colección de violinistas que harían de cualquier orquesta un sonido plano y sin matices, de no haber otros que completen el conjunto. ¿De qué sirve que jueguen todos a lo mismo? Kroos, Modric, Isco, Ceballos. Son virtuosismo técnico, malabaristas del balón, amasadores del esférico y capaces de dejarte en evidencia y sacarte los colores. Sí, pero ¿dónde están los que tienen que llevar eso al marcador, al rótulo de goles que sale en la tele? El talento de todos ellos luce cuando hay verdaderos cazadores sin piedad que convierten su trabajo en orfebrería. Lo que de verdad da miedo es el ladrido, el maullido te resulta hasta tierno.

 

Hasta ahora, el equipo de Lopetegui es un boxeador que baila sin puños, es un “queremos tenerla” como un fin, no como una vía para llegar a algo

 

Y ese es el Madrid que estamos viendo este año. Un equipo que toca, que mueve, que manda, que consume posesiones de balonmano, que disfruta con el balón y hace disfrutar hasta que levanta la vista, ve una portería y no hay fuego amigo para que termine en algo de provecho. Y se produce el efecto contrario, desespera y ya no hace disfrutar. Se convierte en esa versión peyorativa del toque de Guardiola que yo no comparto. Aquello era una herramienta para un fin, una distracción y un somnífero previo a la dentellada. Lo del Madrid de Lopetegui, hasta ahora, es un boxeador que baila sin puños, es un “queremos tenerla” como un fin, no como una vía para llegar a algo.

Hay quien defiende la planificación del club y para ello niegan la mayor sobre la incidencia del adiós de Cristiano. Argumentan que hay partidos donde ni siquiera se tira a puerta y sin tiros Cristiano no podría intervenir ni marcar. No puedo estar más en desacuerdo. La amenaza en las áreas genera vigilancias, y como tal estira al equipo (al tuyo y al rival), eso abre espacios a tus mediocampistas de toque, otorga líneas de pase vertical, ofrece referencias a laterales que llegan como Carvajal y Marcelo… Es decir: hace que todo fluya como un acordeón y las piezas encajen. Salvo Bale, nadie busca desmarques de ruptura, prefieren poseerla y conducirla. La traslación facilita la basculación y acaba tupiendo el embudo.

El Madrid actual hace de Mariano un protagonista principal, es peor técnicamente que el resto pero es todo lo agresivo y voraz que no hay en la plantilla. Hoy en día pasa de ser aquel suplente del suplente (Benzema-Morata-Mariano) que empezó a mostrar cosas a ser casi imprescindible. Descargar esto en un chico tan joven, que jugó bien en Francia en su única temporada en la élite, revela un problema muy importante de planificación. No puede ser que el campeón de Europa no tape como pueda parte del hueco del jugador que lo ha centralizado todo en la última década. Decir que no hay otro igual en el mercado es una simpleza tal como que el Barca se hubiera negado a fichar a nadie en el medio campo porque nunca habrá más Iniestas ni Xavis. No hay otra que rastrear el mercado y fichar la mejor opción de las que quieras y puedas. Ya sé que muchas son inaccesibles, toca continuar hasta que haya una que no lo sea. Mejor eso que nada. Barca y Atlético también han fichado en este mercado dominado por los cataríes, ¿es que el Madrid no puede? Y si no, bloqueas la marcha de Cristiano. Se quería ir, lo sé, también otros y sus clubes no les dejan. O se queda o fichas, esta vez en el término medio no ha estado la virtud.

 

El Madrid actual hace de Mariano un protagonista principal: es todo lo agresivo y voraz que no hay en la plantilla

 

Se ha gastado un dinero importante en un gran portero que viene a competir con otro gran arquero en el puesto que menos cambios admite en una plantilla. Acabas por disgustar a los dos, a parte del núcleo duro del vestuario que se siente íntimamente cerca, el capitán sin ir más lejos, del que les defendió la portería en los títulos y a un entrenador que se encuentra con una situación que no deseaba y que intenta capear sin éxito. Miras a los ojos a tu plantilla y ves una colección de futbolistas brillantísimos sin redondez, un edificio hermoso sin cúpula, sin terminar, y les quieres dar ese toque permanente que les gusta hasta que se les hace bola, una presión alta y frenética que al principio apetece y después no mola tanto porque los que deberían correr son los que juegan peor que nosotros. Y los jugadores te miran y no ven a uno de los mejores jugadores de la historia, a una estrella mundial que está por encima de todo y encima sonríe, al que nunca ven preocupado porque lo torea todo y al que te cuesta mirarle mal porque lo tenías en los cromos. No, lo que ven es a alguien preocupado, a veces sudoroso, que grita y maldice, que te insiste, que te aprieta, que te habla de táctica, de movimientos, de estilo porque tiene conocimientos pero tú de conocimientos ya tienes tres Copas de Europa seguidas. Y no es fácil mirarle con los mismos ojos.

Este es el Madrid contracultural de hoy, a quien la pegada brutal que en los últimos diez años ha dejado un reguero de cadáveres le ha abandonado. Ecos nostálgicos de Gales intentan sujetarlo con la etiqueta de ‘muy frágil’. No parece la mejor pegatina para un duro fajador. Dicho esto siempre he creído que este equipo cuanto peor está es más peligroso porque tiene mucho orgullo, no soporta que le menosprecien, que le degraden, le gusta poner las cosas en su sitio, lo saborea. Lo van a intentar, seguro, otra cosa es que esta vez no sé si va a ser suficiente con el orgullo, por lo menos hasta que sepamos qué pasa en diciembre. Cautivos de un listón casi inalcanzable.