“Hemos llorado, ahora toca reír”. Cuando Fabian Taborda pronunció estas palabras lo hizo a consciencia. Antes de convertirse en la revolución de Canadá’15 y ganar a la tercera mejor selección del mundo, Colombia encadenó años y años de incertidumbre, altos y bajos y fútbol en la sombra mediática. Durante este tiempo, en realidad, lo que ocurría es que empezaba a cocinarse una revolución en las raíces del fútbol ‘cafetero’ femenino que no vería la luz hasta pasados unos años. Entonces, sin recoger más frutos que la gratitud del trabajo bien hecho, aquellos que creyeron que en Colombia había calidad e ímpetu suficiente para soñar, echaron el balón a rodar.

Ante el dominio de Brasil sobre las demás selecciones sudamericanas, de las cuales solo Argentina lograba competirle en alguna que otra Copa América, a Taborda, un profesor de educación física, se le ocurrió que, trabajando de la manera idónea sobre las categorías inferiores femeninas de su país, podían conseguirse cosas por entonces inimaginables. Tanto fue el empeño que le puso para inculcar una idea de fútbol, trabajo y disciplina que consiguió clasificar a la selección sub-17 para el primer Mundial de su historia. Algo más tarde lograba para la absoluta el subcampeonato americano, hace algo más de un año. Este último éxito le aseguró la presencia en la presente Copa del Mundo, un torneo que el técnico no se ha tomado a la ligera. “Tres tardes, solo pedimos tres tardes buenas”, había deseado Taborda a un medio colombiano justo antes de estrenarse en Canadá. Pues bien, el pasado sábado el técnico vivió una de las mejores jornadas de su vida: la tricolor venció a la gigante Francia y saboreó el triunfo como si de un título se tratara. Y no solo eso, sino que las ‘cafeteras’, con solo dos partidos disputados en el presente Mundial, ya han sorprendido a propios y extraños con un juego pasional, efectivo y solidario.

Lo de pasional es indiscutible. Solo hace falta analizar todas y cada una de las celebraciones de sus protagonistas cada vez que la ‘fiebre amarilla’ perfora la portería contraria. Y no es para menos, porque las palabras de Taborda, aquellas en las que reivindica su derecho a reír después de tanto llanto, evocaban todos los contratiempos a los que su selección ha tenido que hacer frente antes de saborear esta pizca de gloria. Se acordó de todos los años que la sección femenina de su país ha pasado en blanco, de los pocos recursos con los que se ha contado y cómo la vocación ha suplido siempre todo lo anterior. Se acordó de Sepúlveda, la portera que firmó una actuación pletórica contra Francia, y de su longeva lesión que la apartó de la titularidad durante un tiempo. También de Lady Andrade, la mejor jugadora del partido designada por la FIFA, y su lucha por hacerse un hueco en el fútbol mundial lejos de casa. Y se acordó, por supuesto, de Melissa Ortiz, una de las piezas más importantes de esta selección, a quien una lesión una semana antes de partir hacia Canadá le dejó sin la cita más importante de su carrera.

El calificativo efectivo resulta, visto lo visto hasta ahora, la principal arma de una selección consciente de que sus limitaciones pueden convertirse en oportunidades. Así lo demuestra el encuentro ante Francia, en el que las europeas avasallaron la portería ‘cafetera’ que sus zagueras defendieron con cuerpo y alma. Y una estelar Sepúlveda, por supuesto. Dos aproximaciones al área rival fueron dos goles, dos estallidos de euforia propios de un combinado que no se cree lo que le está sucediendo.

Y solidario. Colombia no sería la sorpresa de esta Copa del Mundo sin el sacrificio que sus jugadoras regalan a su país en cada ‘batalla’. No se gana a Francia sin sufrir durante 90 minutos en área propia, sin multiplicar esfuerzos o correr por una misma y el resto. Vimos ese compañerismo cuando Daniela Montoya, nada más anotar el gol que empataba contra México en el 82’, corrió hacia la banda y mostró a la cámara una camiseta con el nombre y el número de Melissa Ortiz, que veía la escena desde casa sin poder contener las lágrimas. Y también lo vemos en Taborda que, a sus 36 años y tras media carrera dedicada al fútbol femenino de Colombia, bendice el día que cambió a sus alumnos por un grupo de chicas en el que creía firmemente.